domingo, 15 de noviembre de 2009

Inocente (ejercicio)

Pedro Conde

      —No sé por qué decidieron eso. En aquellos tiempos era mi padre el dueño del circo. No está bien hablar mal de los muertos, comisario, pero por lo que conocí a mi viejo, seguro que decidió quedárselo por tener mano de obra barata. Tener un hombre para todo por lo que costaba darle de comer, poco más, eso era un buen negocio. La ropa la conseguía de la que iban dejando por vieja, y de pedir favores a los curas con sus letanías de penurias en cada pueblo al que íbamos. Claro que eso de un hombre para todo… hombre completo no era. No sé si me entiende. Tenía la mente de un niño. Era retrasado, vamos. Sé que no está bien hablar mal de los muertos, pero era así, inocente. Ya de críos, sólo me llevaba tres años con él, ¿sabe?, pues eso, que nos burlábamos un poco y le hacíamos algunas bromas, cosas de chavales, ya sabe, no había mala intención. Pero él siempre detrás nuestra, parecía que le gustara. Creo que fue por eso, por su retraso, por lo que sus padres le abandonaron. Yo no los conocí, vi una vez una foto de ellos en un cartel antiguo. Ella era contorsionista y él domador. Eran jóvenes y seguro que se asustaron por la responsabilidad que supone tener un hijo así. Él no tenía culpa, pero eso un castigo, una responsabilidad para toda la vida, porque si de aquí de la cabeza, no crece, cómo le vas a exigir nada. Pero era bueno, nunca se quejaba, y mire que trabajaba. No le explotábamos, ¿eh?, no me malinterprete, a él le gustaba. Cuanto más trabajaba más se reía. Y disfrutaba como nunca cuando salía de abanderado en los desfiles haciendo girar la bandera como si quisiera formar un ciclón, miraba para arriba embobado, quiero soplarle a las nubes me dijo un día. Pobre. Y cuidaba de los animales muy bien. Tenía las jaulas más limpias que haya tenido nunca un circo. Una tontería, imagínese, pero tampoco se le podía exigir más, y con eso no hacía daño a nadie. Aquí se le quería mucho, era uno más de la familia. Cierto es que era un mozo de pista un poco torpe. Los días que cambiábamos el orden de los números, o quitábamos alguno por cualquier problema, el pobre no daba pie con bola. Ya estaba el resto de la función indeciso, perdido entre el atrezo. Luis, el mago, no le tenía mucha paciencia. Le gritaba más de la cuenta, pero es que él, durante la actuación del mago, se quedaba paralizado, con la boca abierta como un subnormal… bueno, perdón, quise decir… es una forma de hablar, ya me entiende, no hay desprecio ni nada de eso. La cosa es que le gustaban los números de magia, y mire que los vio veces, pero para él, cada día, como si fuera la primera. Yo creo que idolatraba a Luis, por eso le aguantaba el mal trato. Bueno, maltrato no era, era un poco duro con él, no le tenía la paciencia necesaria, pero de ahí a maltratarlo, pues no.
      Con quien sí hizo buenas migas desde siempre fue con ella, con la niña. Con Isabel quiero decir. Ya no era tan niña, la pobre. Es una desgracia. Era una mujercita. Se llevaban bien. La vida del circo no es lo mejor para un chval, ¿sabe?, de aquí para allá todo el tiempo, sin amigos. Por eso hicieron buenas migas, porque eran los dos unos críos. La una por la edad y el otro porque de aquí, de la cabeza, ya sabe, no creció. Estaban todo el día juntos. Hace un mes tuvimos un problema porque arrancó un montón de flores de un jardín para hacerle un collar y una corona. Faltó poco para que nos denunciaran, tuve que rogarle a la dueña de la casa de rodillas que tuviera compasión, que el pobre no tenía luces. Y luego es cierto que le abronqué, a Ernesto. Estaba muy nervioso y me dejé llevar, no recuerdo bien, pero puede que me pasara un poquito. No había mala intención, entiéndame, eran los nervios. El caso es que Isabel intercedió por él, y se lo llevó. Se fue llorando mientras ella le acariciaba la cara y le iba diciendo pobre Ernesto, nadie te quiere. No quiero pensar que fuera eso lo que… pero claro, quién sabe lo que pasa por la cabeza de nadie, y mucho menos por una como la suya que no funciona igual. Porque el cerebro es el de un niño, pero el cuerpo no. Y el cuerpo tiene sus necesidades, ¿sabe? Cuando era más joven, de chavales, sí que tuvimos algunos problemas, es que se… tocaba en cualquier parte, ya me entiende, se masturbaba, sin problemas, donde le apetecía. Mi padre le quitó esa costumbre, y conociéndolo, no fue precisamente charlando que lo consiguió. Yo creo que fue eso lo que pasó, que el cuerpo le pudo a la cabeza, o que esta no pudo dominar el cuerpo, que viene a ser lo mismo. Y ya ha visto el tiarrón que estaba hecho, un toro, y no solo por grande, que con el trabajo que hacía buenos músculos criaba. Yo no creo que la matara para luego violarla, nunca le vi mala intención en nada, era un alma de dios, pero claro, ella, en sus manos, una pluma. Imagino que en el forcejeo pudo ahogarla. No me lo puedo imaginar. Pensará usted que es una locura, pero al encontrar el cuerpo de ella en el baúl del mago, a mí se me ha ocurrido que… Ese baúl se utiliza en el número final, ¿sabe?, se van metiendo, uno tras otro, las dos ayudantes y por último Luis, el mago, y desaparecen. Pues se me ha ocurrido que metió allí a Isabel para hacerla desaparecer, o esperando que surgiera de nuevo tras las gradas, en la entrada principal de la carpa que es por donde aparecen, en la actuación, como si nada hubiera pasado. Eso entra dentro de las cosas que solía decir. Decía de su madre que no tenía huesos o que las nubes eran humo del cielo que se estaba quemando. Cosas que se le ocurrían, ya le digo. Y otras que le decían los demás, como bromas, sin mala intención, para reírse un rato con él, como que las mariposas eran dibujos que se habían escapado de los libros o que las estrellas eran agujeros en la carpa con que guardaba dios el mundo por la noche.
      Yo escuché el trote del caballo, claro, a esa hora y con este calor está todo tan inmóvil que era imposible no hacerlo, pero creí que estaban ensayando, no le di mayor importancia. Fue luego de media hora de cabalgada que la curiosidad me pudo y entré a ver. Entonces lo vi, daba vueltas y vueltas por la pista. Le llamé la atención, claro, el caballo estaba sudando y él tenía cara como de ido. Me miró asustado y se bajó del animal. Subió por la escalera hasta el trapecio sin atender a mis llamadas. No quiero pensar que fueron mis gritos los que lo asustaron tanto, es una tontería, ya lo sé, pero me pareció entender, que cuando se soltó del trapecio tras ese impulso, pretendía volar. Una estupidez de esas que se le ocurren a uno cuando no encuentra explicación más sencilla a lo que pasa. Pero a riesgo de parecer loco, yo estoy seguro que lo que pretendía con la cabalgada y el salto, era escapar.

Inocente hasta ahí (ejercicio)

Norberto Zuretti


      Y una vez más, seguía estando ahí su historia detenida, repitiéndose eternamente como esa cantidad inesperada de palomas que surgen de las galeras de los magos. Nunca se debería confiar en los magos, muchísimo menos intentar ejecutar sus trucos.
      Ernesto era hijo de un domador de leones, el Gran Insaurralde, y de una contorsionista a quién llamaban Luciérnaga, que se atrevía a cruzar por el aire meciéndose boca abajo desde una hamaca mientras su marido metía la cabeza dentro de la inmensa boca de un león. Al principio se ataron a una mínima esperanza, pero cuando se hizo evidente que su mente no crecería, el domador y su madre le abandonaron, y él quedó al amparo de los otros artistas en aquella fábrica de ilusiones y payasos. Eso sí, el Gran Insaurralde no quiso que Luciérnaga continuara hamacándose sobre el león durante su acto. Más adelante, también dejó el carromato conyugal y por un tiempo durmió con la Mujer Barbuda, ya que las únicas opciones eran ella, o el Puercoespín, quien parece que, además de las espinas, ronca demasiado fuerte. Luciérnaga, en uno de sus saltos acrobáticos, se fue volando al circo de la competencia, ahora tiene un papel principal, la estrella de la noche, es la Mujer Bala, y sale disparada de un cañón hasta lo más alto de la carpa.
      Así, prácticamente dejado de lado por todos, Ernesto se pasaba las horas en el establo, daba de comer a los animales, bañaba a los caballos, jugaba con la jirafa y se enroscaba con las serpientes. Lo buscaban siempre para exhibirlo en los desfiles de presentación del circo y para convertirlo en mozo de pista durante las funciones. Y lo llamaban urgente cada vez que se enfurecía el tigre o el elefante hacía sus necesidades en lugares inapropiados. Eterno recadero, al crecer, se convirtió en un mueble en el que nadie reparaba.
      Isabel, la menor de los acróbatas con sus ojazos azules y sus manos chiquitas, la niña que coronaba las torres con una malla negra llena de estrellitas y era lanzada sobre los hombros de su padre o hermanos desde la palanca, fue su amiga adorable desde siempre. La única que tenía caricias para él. «Pobre Ernesto», le acunaba la cara, «nadie te quiere». Y a veces, cuando Isabel abría la ventana del tráiler, encontraba medio alfajor de chocolate, y una sonrisa intensa le inundaba el rostro, ella adivinaba quién pudo comer la otra mitad.
      Una vez, él entró en su remolque sin avisar, como siempre. Y ella, que se estaba cambiando, se tapó los pequeños pechos y le gritó: «¡Eh, sal de aquí! ¡Vete!». Pero esta vez, Ernesto no pudo, algo le abrasó el estómago, una fuerza nueva le empujaba quemándole las entrañas, células dormidas se despertaron de repente provocándole sensaciones desconocidas y poderosas. Avanzó hasta alcanzar a Isabel y, en el forcejeo entre ella y sus recientes fantasmas que ahora lo dominaban en una aureola de placer, en medio de algún gesto inusual, ligero e incontrolable, sus enormes manos le cortaron el aire. Hubo entonces un chisporroteo de colores, un olor dulce, un silencio triste. Cuando el fuego de la locura se disipó, el cuerpo de ella yacía desnudo, en una postura imposible sobre la cama, tal vez quebrado en su vuelo al no encontrar los hombros del padre al final de la caída. También se apagaron las estrellitas y sus ojos azules.
      Acercó la oreja a sus labios prietos. La llamó susurrando. Le suplicó. Buscó en los bolsillos y le colocó el papel arrugado de un alfajor en la mano chiquita. Se puso una nariz de payaso y le hizo musarañas. Le daba golpecitos en la cara, le empujaba suavemente el hombro, pero ella no volvía. Isabel, cada vez más pálida, cada vez más lejana, ya le pertenecía a la muerte.
      Arrastró el abandonado cuerpo hasta el antiguo baúl del mago, olvidado en el carromato que usaban de depósito. Todos los días regresaba a escondidas, y abría lentamente la pesada tapa, con un dejo de esperanza, de que salieran volando palomas o pañuelos de colores entrelazados, de que la magia por fin hubiera hecho de las suyas. Pero no. Isabel seguía estando allí acurrucada sin sus ojos grandes ni sus estrellitas, cada vez más rígida, más ausente. Asustado, huyó, cabalgó desenfrenado sobre un caballo blanco dando cien vueltas por la pista de arena rodeada de butacas vacías y, como última etapa de su escapada, subió a los trapecios y quiso volar. Pero una vez más se materializó en su memoria la dulce acróbata que le acunaba la cara con sus manitos de muñeca. Y entonces descendió lentamente por una de las sogas. Y caminó otra vez, cabizbajo, hasta el arcón del mago.
      Desde entonces, igual que si se tratara de un íntimo e inevitable rito religioso en medio de la solitaria noche, cuando ya todos los habitantes del circo están dormidos, regresa metódico al baúl para comprobar irremediablemente que la magia no existe, y que nunca habría que confiar en los magos, muchísimo menos intentar ejecutar sus trucos.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Inocente (modelo para ejercicio del 15 Noviembre)

Pedro Conde

      Era hijo de un domador de leones y una contorsionista. Cuando se hizo evidente que su mente no crecería, sus padres le abandonaron, y él se quedó al amparo de los otros artistas en aquella fábrica de ilusiones.
Daba de comer a los animales, era abanderado en los desfiles de presentación del circo y mozo de pista en las funciones. Eterno recadero, al crecer, se convirtió en un mueble en el que nadie reparaba.
      Isabel, la menor de los acróbatas, la niña que coronaba las torres y era lanzada sobre los hombros de su padre o hermanos desde la palanca, fue su amiga. La única que tenía caricias para él. «Pobre Ernesto» le acunaba la cara, «Nadie te quiere».
      Él entró en su caravana, sin avisar, como siempre. Y ella, que se estaba cambiando, se tapó los pequeños pechos y le gritó: «¡Eh, sal de aquí! ¡Vete! ». Pero no pudo, algo le abrasó el estómago. Avanzó hasta donde estaba Isabel y en el forcejeo sus enormes manos le cortaron el aire. Cuando el fuego de la locura se disipó, el cuerpo de ella yacía desnudo en una postura imposible sobre la cama.
La llamó susurrando su nombre. Le suplicó, Se puso una nariz de payaso y le hizo musarañas. Le daba golpecitos en la cara, pero ella no volvía. Isabel ya le pertenecía a la muerte.
      Metió su cuerpo en el baúl del mago, pero seguía estando allí cada vez que lo abría. Asustado, huyó, cabalgó sobre un caballo blanco dando cien vueltas por la pista de arena y, como última etapa de su escapada, subió a los trapecios y quiso volar

jueves, 15 de octubre de 2009

La carretera que te dije (ejercicio)

Pilar Dublé

      —¡Es que nunca me oye cuando le hablo! —chilló una histérica Cristina al teléfono— Siempre hace lo mismo, está funcionalmente incapacitado para hacerme caso porque ni oye. ¡Se le cierran los oídos no más me ve venir!
      —¿… no será que siempre le gritas? Espérame que voy para allá —contestó Reinaldo.
      Cristina depositó el teléfono suavemente y le dio la razón a su esposo en silencio. Se sentó en la cocina a pensar mientras se roía las uñas. Sin encontrar una solución, llenó de agua el depósito de la cafetera eléctrica y abrió la lata de café.
      En ese momento sonó la llave de Reinaldo en la cerradura. Ella terminó de montar el café y salió a recibirlo. Él la abrazó para que pudiera desahogar su rabia. Siempre daba resultado: un abrazo mutaba la furia de Cristina en llanto de criatura.
      —Se lo expliqué mil veces, pero, igual, sucedió lo que me temía. Se metieron por la autopista para regresar, en lugar de por la carretera vieja, la que les dije. Ahí no ponen alcabalas. Pero, es que a tu hijo, a Reinaldito, como le pusiste cuando te aprovechaste de que estaba medio tonta con la anestesia, lo que le gusta es ir a toda mecha por la autopista. Los agarraron en la rampa de acceso de Morón.
      —Déjame hablar con Nelson, a ver si puede hacer algo desde la Alcaldía.
      —¡Qué Alcaldía ni qué carrizo! Se lo llevaron, ¿entiendes? Los militares se lo llevaron y está en el cuartel. Me llamó desde su celular, pero se cortó la llamada; se quedó sin batería y ya no nos puede llamar ni nosotros a él, porque obviamente no llevaba el cargador cuando se fueron a la playa.
—      Y los demás muchachos, Jorge, Enrique, ¿también cayeron en la redada?
       —Sólo Enrique. Jorge fue más vivo, salió corriendo.
      —¡Está loco!, le hubieran podido disparar. Corrijo: es loco. ¿Y el carro?
      —Lo fue a buscar el padre de Enrique.
      Reinaldo se levantó y se fue al estudio, desde donde Cristina lo escuchó hacer varias llamadas. El casi inaudible murmullo no le facilitaba escuchar la conversación, pero el tono era desesperanzado. Después él se quedó en el estudio.
      No hacía falta decir nada.
      Así que Cristina resolvió ser realista. A ver, ¿qué necesita un muchacho a quien han reclutado a la fuerza? Ropa interior, desodorante, hojilla de afeitar y la espuma carísima esa, la de marca, en la que se había gastado una fortuna, también. Medias, unas mudas de civil, “porque el uniforme se lo dan los bestias, ¿no?”, pensó con furia y cerró de golpe la gaveta.
      “¿Y su libro, el que está leyendo ahora? ¿Tendrá tiempo de leer en el cuartel?”, siguió pensando Cristina. Y siguió pensando, y pensando, y se acordó de Monchi.
      Monchi, su chofer cuando estuvo enferma, ahora trabajaba para una empresa. Era de esas personas dispuesta a cualquier cosa para ayudar a los demás; fue un apoyo invaluable cuando estaba casi inválida. Además tenía un don esencial en este momento: el espíritu de aventura.


      Cristina esa tarde acudió a la casa de Monchi, ubicada en un barrio pobre pero bastante limpio, no como otros donde campeaba la basura. Por el calor, nadie cerraba las puertas en las tardes y lo encontró sentado en la sala, frente al televisor.
      —¿Señora Cristina? ¿Y esa sorpresota? ¿Cómo se ha sentido?
      —Muy bien, muchas gracias. ¡Curada por completo! Pero vengo a hablar de otra cosa… ¿usted sigue manejando ese camión de reparto de pollo congelado? —Monchi le señaló una silla, apagó el receptor, gritó a su esposa para que trajera unos juguitos y se dispuso a escuchar. Cristina estuvo hablando largo rato, mientras él asentía. La esposa de Monchi aportó un par de preguntas y sus soluciones. La conspiración tomó vida y cuerpo. Ya era de noche cuando Cristina salió del barrio.

      Al día siguiente Reinaldo temía entrar a su casa y ver la cama se su hijo vacía. Le aterraba el silencio que lo esperaba en la cena, la ausencia del tecleo en el computador, la bulla desvanecida. Se quedó un rato sentado en el carro hasta que el hambre lo obligó a entrar. Cristina lucía una sonrisa radiante.
      —¿Porqué tan contenta?
      —Anda a ver a tu hijo. Está durmiendo, agotado porque los pusieron a marchar, los desgraciado ésos. No te acerques mucho: va a oler a pollo varios días.



Pilar Dublé
Caracas, 12 Octubre 2009

La carretera 109 (ejercicio)

Pedro Conde

      Cuando se dio cuenta de que equivocó la ruta eran las siete y media de la tarde y se encontraba casi a trescientos kilómetros de su destino. Tomó un sándwich en la gasolinera y compró un mapa actualizado. El empleado le indicó sobre él la ruta que debería de seguir desde allí. Incluso le dibujó con un lápiz un par de comarcales que no aparecían en el trazado dada su escasa importancia. Estiró las piernas un poco, fue al baño y acabó la parada con un café cargado. Tras el breve descanso se dirigió al coche sin reparar apenas en el cielo gris. Se sentía con fuerzas para hacer el resto del viaje de un tirón y así se propuso hacerlo.
      Empezó a llover unos minutos antes de las nueve, hasta ese momento sólo había caído un chirimiri que apenas mojó la calzada y la hizo resbaladiza en las interminables curvas de aquella carretera de montaña. La intensidad ahora era otra, la suficiente como para que los limpiaparabrisas actuaran de forma continua y el repiqueteo de las gotas en el techo tomara la consistencia de una aplastante amenaza a su cabeza. La oscuridad era total. Condujo mucho rato apretando con fuerza el volante, la rigidez subía por sus brazos, le llegaba hasta los hombros y se perdía en la espalda. Echaba la cabeza adelante y entornaba los ojos tratando de ver mejor la carretera que se perdía en la noche o en los brillos de los charcos iluminados por los faros. En el rato que condujo con tensión, gastó las energías que había repuesto hacía un rato. Cada tanto, maldecía en voz alta su mala suerte.
      Las curvas empezaron a suavizarse y a distanciarse. Llevaba media hora de ligera bajada cuando vio las luces del pueblo. Una sutil euforia le poseyó al comprobar en los carteles de la entrada del casco urbano que aquello era Renes, el sitio en el que el empleado de la gasolinera le dijo que estaba la carretera que le llevaría directo a su destino. El pueblo era pequeño y no se veía nadie en la calle. La lluvia volvía a ser apenas un exceso de humedad. Gotas tan pequeñas que se entretenían en los caprichos del aire. En algunos sitios del cielo se iban formando claros que destapaban la luz de la luna. Casi al final de la travesía un letrero anunciaba un bar-restaurante. Aparcó en el terreno de grava que había al lado y decidió que además de informarse, si tenían comida, cenaría allí.
      En el restaurante no vio nada fuera de lo común. Era un antro como tantos otros a los que su trabajo le había llevado. Las baldosas no hacían juego con las paredes y éstas, desentonaban con el mobiliario, el techo y las reproducciones de bucólicos paisajes al óleo que, enmarcados en un dorado viejo por la suciedad, colgaban ligeramente torcidos de enormes alcayatas. La luz era amarilla y pobre, y sobre todo lo que la vista alcanzaba, una capa, mezcla de polvo y grasa ocultaba sus colores y texturas originales.
      Detrás de la barra, un camarero desganado pasaba sobre las neveras un paño húmedo con el olor ácido de la inminente putrefacción. Acordó con él lo que sería su cena, le pidió permiso para sentarse en la mesa más próxima a la chimenea, cuyo fuego por estar desatendido, no pasaba de ser un montón pobre de ascuas grises. Atizó el fuego y la luz de la llama conseguida alivió un poco la penumbra.
      El camarero dejó caer el plato con la chuleta, los huevos fritos y las patatas sobre la mesa con la apatía de la noche avanzada, aprovechó ese momento y le preguntó:
      —Por aquí cerca se coge el desvío de la 109, ¿Verdad? Voy a Saint-Michael, y me han dicho que es el camino más corto.
      —Un poco más adelante, en el primer cruce al salir del pueblo, a la derecha. Es mas corto, pero nadie va por ahí. Como a cincuenta kilómetros más adelante puede coger la autovía —le contestó, y con las últimas palabras le dio la espalda y regresó por el mismo camino, seguramente a pasar el mugriento paño sobre las neveras.
      —Esa carretera está maldita —le sobresaltó la voz ajada del anciano que desde una mesa al otro lado de la chimenea, entre los espacios turbiamente iluminados, demostraba así su presencia.
      Con una sonrisa nerviosa se disculpó.
      —Perdone el sobresalto, no le había visto. ¿Cómo dice?
      —Esa carretera, la 109, está maldita. Por las noches suelen vagar por ella muchos espíritus.
      —Ya —dijo condescendiente ante lo que supuso otra superstición. No quiso parecer descortés y preguntó— ¿Y qué pasó allí?
      El viejo, con parsimonia, empezó a narrar.
      —Una simulación del infierno —dijo—. Fue durante la guerra. La carretera cruza el valle casi en línea recta. El resto de los caminos son de montaña, demasiado angostos o empinados para hacerlos útiles en el transporte pesado o movimientos de tropa. Por eso, los jefes —revistió estas últimas palabras con un deje entre desprecio y burla—, decidieron que por su alto valor estratégico deberíamos tomar la 109. Pero los alemanes pensaron lo mismo, y parece que al mismo tiempo. El resultado es que nos tropezamos frente a frente con la carretera haciendo de frontera. Los alemanes a un lado, nosotros al otro. No había planes concretos para ese paso, su posesión era para un posible uso futuro. No merecía la pena un enfrentamiento abierto, nos limitamos a mantener las posiciones. Si bien la carretera no era nuestra, tampoco la podía utilizar el enemigo. Con eso ya era bastante.
      —Dice siempre nosotros ¿Estuvo usted allí? —preguntó algo interesado.
      —Sí, allí estuve. Era muy joven entonces. Como lo éramos todos. Jóvenes con ideales, con ganas de luchar contra los alemanes y salvar al mundo de la plaga de los nazis —levantó las cejas y habló como quien exalta unos ideales sin creer en ellos, con un poquito de sorna—. Jóvenes llenos de la poesía de la lucha por la libertad, investidos prematuramente con los laureles del éxito, pues creíamos que con una causa justa, la victoria sería nuestra sin duda. Inocentes —movió la cabeza de lado a lado como si no pudiera admitir tanta ingenuidad. Siguió contando—. Tomamos posesión del lado norte y empezamos a cavar las trincheras. El verano acababa de empezar y el calor era cada día más intenso. Trabajábamos de noche, al alba o al ocaso. Manteníamos la posición, nada más. Por eso, en un par de semanas vivíamos con cierta relajación en nuestro mundo por debajo del ras del suelo. Jugábamos a las cartas o las escribíamos —sonrió el juego de palabras—, hacíamos planes para el futuro… Y lo mismo que llegó, el verano se fue, despacio, sin que tuviéramos conciencia de ello. Las noches se hicieron largas, frías y una de ellas a mediados de septiembre, nos visitó la lluvia. Los primeros días a ratos y luego de forma continua. No recuerdo otro año más lluvioso que aquel año. La tierra se saturó en menos de una semana y ya no podía tragar más agua, en las trincheras empezamos a caminar siempre sobre un par de palmos de un barro clarito. Todo se humedeció: El pelo, la ropa, las camas…
      Llegó la orden de avanzar. Pero era imposible, el terreno era tan llano… y había que pasar sobre el asfalto, allí, hasta reptando eras un blanco perfecto. Los disparos se hicieron dueños del aire y lo sacudían con desacompasada locura a todas horas. Luego fueron los morteros. Tanto ellos como nosotros nos dedicamos a castigar, a ciegas, el campo enemigo con nuestras granadas. Y seguía lloviendo. El nivel del agua ascendía y como el fuego nos amenazaba las cabezas, caminábamos agachados, sin poder sentarnos. El barro se nos metía por todos sitios. El que no salpicaba lo llevábamos nosotros con las manos a los ojos, a la boca, a la comida. Ya no jugábamos ni escribíamos. Hasta dejamos de fumar, el tabaco estaba mojado y era imposible liar un cigarrillo.
      En cada incursión descendía nuestro número, aunque seguían llegando soldados nuevos a nuestro eterno mundo marrón. Poco más tarde llegaron las sanguijuelas, y trajeron todo tipo de infecciones. Empezaron a escasear las provisiones. Se rumoreaba sobre cientos de supuestos que hacían que a la intendencia le fuera imposible atendernos. ″Se han olvidado de nosotros″ era una sentencia que todos repetíamos a diario. Adelgazábamos y pasamos a ser cuerpos hambrientos y doloridos. El agua se llevó la alegría. Y como todos éramos rivales para el trozo de pan duro que a días era lo único que teníamos para comer, el hambre se llevó la amistad. La humedad constante empezó a disolver nuestra piel, que se arrugó y cambió al color blanco azulado. El olor a podrido invadió las trincheras y no hubo forma de acabar con él. Algunos cortes de las sanguijuelas se infectaron y gangrenaron. Hubo quien perdió así un pie —exclamó, como si quisiera transmitir una sorpresa antigua—. La disentería espesó el barro con sus deshechos. Y los muertos aumentaron en número. Ya era difícil recordar una vida anterior, algunas palabras rescatadas de la memoria: Sol, novia, risas… pasaron a ser sonidos sin significado alguno. Los llantos escondidos aumentaron el nivel del agua. Los gritos de dolor de los heridos crecían en el vano intento de llamar la atención de alguien que pudiera calmarlo. Dejó de haber días y noches, el marrón del barro lo ocupó todo. Algunos de los que no perdieron la memoria de una vida anterior, desertaron. Otros, que no tenían arraigados recuerdos, sueños, fotos u objetos que utilizar como salvavidas, cayeron derrotados por las balas de sus propios fusiles. Y nosotros, los más, aprendimos a sobrevivir en un mundo subterráneo, caminando sobre cadáveres con la frialdad del que ya no siente. La lluvia se lo había llevado todo.
      La carretera no llegó a utilizarse nunca, habían encontrado caminos alternativos, y conscientemente nos olvidaron, nos convirtieron en un señuelo, una simple distracción para el enemigo.
      Es por la inutilidad de tanto sufrimiento, que los muertos se levantan en las noches húmedas y claras, preguntando a los viajeros con voz cavernosa por el camino de vuelta a casa, mientras muestran las encías desnudas y las lenguas supurantes y podridas. Vagan, algunos buscando sus miembros cercenados, otros deseando encontrar su vida o respuestas a su muerte. Muchos se arrastran por el suelo en su ataque eterno a las trincheras enemigas. No son pocos los que siguen llorando escondidos tras los troncos de los escasos árboles, al abrigo de los matorrales o en las sombras de las piedras. Varias noches al año, sin saber por qué, se escuchan los cantos guerreros y el ritmo acompasado de las botas sobre el asfalto en un macabro desfile que se disuelve en el círculo de luz de las farolas a la entrada del pueblo.
      Hay noches en las que se oyen con toda claridad la respiración asustada de los que eran jóvenes para morir y las retahílas monótonas de los que perdieron la cordura. Y de vez en cuando una ráfaga de metralleta o un solitario disparo de fusil rasga la noche, pero los fogonazos de las balas pierden la batalla por acabar con la negrura. Sea lo que sea, la gente ya no quiere utilizar esa carretera. Huye de ella y de sus fantasmas.
      —Debió ser duro, lo siento mucho. Las guerras son terribles —contestó con empatía hacia el viejo—. Pero yo no creo en fantasmas, y tengo mucha prisa como para dar un rodeo tan grande por la autopista. Ha sido un placer hablar con usted. Buenas noches.
      Abandonó la mesa y se dirigió a la barra, pidió la cuenta y como gesto de buena voluntad, le dijo al camarero.
      —Si no lo ha pagado, cóbrese del vaso de vino del anciano.
      — ¿Cómo dice?
      — Sí, digo que…— y se volvió a señalar las sillas vacías de al lado de la chimenea.

      Cuando cogió el desvío había escampado, y por los cada vez más abundantes claros que dejaban las nubes, una inmensa luna llena iluminaba con su luz las gotas de agua que lo cubrían todo convirtiendo el paisaje en un entorno irreal, frío e inhóspito. La niebla que empezaba a hacer su aparición en pequeños jirones, iba haciendo desaparecer el suelo a la vez que creaba en él la sensación de un suave vértigo, una promesa difusa de una caída libre a una zanja o trinchera abandonada. Las sombras de las piedras, de los matorrales que se movían con la brisa, quizá por la fuerza de su imaginación tomaron la forma de cuerpos emboscados que se arrastraban. La noche se llenó de ojos escrutadores, y el viento le trajo olores de cieno, moho y de corrupción. La carretera se hizo larga, casi infinita. La luz que se reflejaba en la bruma, hacía su mundo más pequeño y le acercaba cada vez más a los fantasmas que esperaban justo ahí detrás y que se deshacían por la magia de los faros del coche. Mantuvo su mirada fija en la carretera y no la desvió, temió encontrarse cara a cara con la muerte, ni siquiera miró por el espejo retrovisor, no quiso confirmar la sospecha de que un hombre, casi un niño de ojos amarillos y perdidos le miraban suplicantes, haciendo mudas preguntas, pues sintió con toda seguridad cómo su aliento le erizaba el bello de la nuca.
       No escuchó los disparos, sus oídos fueron durante muchos kilómetros sordos a otra cosa que no fuera el fuerte y rápido golpear en el pecho de los latidos de su corazón.