Rocío
Nueve cincuenta de la noche en el Hipercor. La voz en off de una señorita avisó del cierre inminente mientras yo corría desquiciado por los pasillos.
─Setas, por favor –le dije sin resuello a una clienta que encontré en uno de los pocos pasillos no desiertos-. ¿Sabe dónde están las setas deshidratadas?
Con un gesto indicó mi derecha. Me dirigí allí y comencé a revisar una a una todas las estanterías. El efluvio de un perfume femenino anunció la entrada de una mujer en ese mismo pasillo y no pude evitar contemplarla con curiosidad.
Era una chica joven, de melena oscura, no especialmente bonita. Iba caminando al tiempo que repasaba cada producto con aire dubitativo. Cuando llegó a mi altura, pude aspirar con plenitud el aroma frutal que emanaba de su cuerpo. Era delicioso. La vi ponerse de puntillas para alcanzar un bote de cristal y, galante, adelanté mi mano para ofrecérselo.
─ ¡Que suerte! Era el último –sonrió ella, mientras me enseñaba la etiqueta. Se me hizo un nudo en la garganta. Era un tarro de 200 gramos de boletus edulis deshidratadas. Las mismas que Laura me había enviado a buscar con urgencia.
─Qué casualidad –intenté no parecer demasiado ansioso-. Yo buscaba ésas mismas.
─Oh.
Me miró con sus grandes ojos oscuros y me pareció que valoraba si aquél no sería un torpe intento por mi parte de ligar con ella.
─Mi novia está preparando un risotto de setas –me apresuré a añadir-. He corrido como un loco para que no me cerraran el hiper.
Entonces sonrió divertida y supe que aquello iba a arreglarse. Con un gesto mecánico despejó hacia atrás su cabello y me llegó una nueva vaharada de su perfume. Me encontré aspirándolo como si fuera oxígeno.
─Supongo que podemos compartirlas. Pero antes habrá que pagarlas –dijo con sorna, dirigiéndose a la caja. Le seguí sin rechistar pero ella rechazó los ocho euros por la mitad del tarro.
─Ah, no. Invito a esta parte del risotto de setas.
Una vez fuera del Hipercor, hechas ya las presentaciones (soy Nacho, yo Rebeca), se negó a darme mi parte vaciándola en una bolsa. En su piso tenía muchos tarros de cristal y podía ofrecerme uno a medida.
Durante el camino a pie no pude evitar la pregunta:
─Rebeca, ¿qué perfume usas?
─¿Te gusta?
─Creo que sí.
─¿Crees? ¿No estás seguro?
─Es que…
No sabía muy bien cómo explicar que Laura me había desacostumbrado a los olores intensos. Le parecía chabacano que mi presencia se anunciase con una fuerte colonia y no había parado hasta conseguir una marca que me perfumase con discreción. En cuanto a la propia Laura, sólo podía aspirar su aroma si pegaba, literalmente, la nariz a su cuello.
Por fortuna, Rebeca no aguardó mi respuesta y llegamos a su apartamento, que también fue un asalto a la pituitaria. Nada más entrar, nos envolvió el intenso olor del búcaro de flores en la entrada y, en la cocina, los fruteros y las bandejas de verduras aportaron la guinda al festín olfativo.
Mientras Rebeca iba seleccionando botes, me encontré haciendo una comparativa con la aséptica cocina de Laura, donde todos los alimentos estaban herméticamente conservados en táper, sellados al vacío o habían sido adquiridos en su versión liofilizada o deshidratada.
─¿Por qué has comprado los boletus deshidratados?
Rebeca se detuvo un instante en su búsqueda y giró para enfrentar mis ojos.
─Bueno, se conservan durante más tiempo y tienen un sabor más intenso cuando los rehidratas.
─Entonces, ¿no lo haces para que no huelan?
─¿Perdón?
─Olvídalo.
Dos minutos más tarde estaba en la calle, con mi ración de boletus edulis. Comprobé la hora: eran las diez y veinte. Laura debía estar histérica. Contemplé el tarro en mi mano y, ya a salvo de la mirada de Rebeca, lo olisqueé; no fuese a ser que antes hubiese conservado pepinillos en vinagre y mi novia se enfadara por la mezcla de olores.
No, no olía a pepinillos. Olía a ella, a Rebeca. Su perfume acariciaba el tarro que había manipulado y, caí en la cuenta, también a mí. Acerqué la manga de mi abrigo a la nariz y tuve que rendirme a la evidencia. Ése era el aroma de Rebeca, mezcla de flores y frutas.
─Y ahora, ¿qué hago? –me lamenté en voz alta.
Marqué un número de móvil.
─Cariño, no he encontrado los boletus. Se llevaron el último tarro que quedaba delante de mis narices. Lo siento. Oye, otra cosa. No me encuentro bien. Estoy un poco mareado, debe ser por la carrera. Tranquila, seguro que después de echarme un rato se me pasa. Mañana hablamos. Sí, que no pasa nada. Mañana te veo.
Colgué y seguí caminando. En la primera papelera del camino dejé caer el tarro de boletus. Ahora empezaba a entender por qué Laura tenía tanto miedo a los perfumes poderosos.
lunes, 1 de febrero de 2010
viernes, 1 de enero de 2010
Naturaleza muerta
Rocío
Rosas devoradas por hormigas. Margaritas llorando lágrimas negras. Tulipanes atacados por escorpiones.
Uno a uno, la profesora le fue mostrando los dibujos a la mujer que se encontraba sentada frente a ella, en su despacho.
—Señora Dávalos…
—Marta, por favor –interrumpió con suavidad su interlocutora—. Llámeme sólo Marta.
—Marta, la he hecho venir porque Pablo me preocupa.
La madre dejó de observar los dibujos para enfrentar la mirada de la profesora.
—¿En qué sentido le preocupa mi hijo?
La otra se rebulló en el asiento.
—Usted ha visto lo que Pablo dibuja. Es monstruoso, totalmente impropio de un niño de diez años.
Se detuvo un instante y prosiguió, con un tono más suave:
—Pablo tiene talento para dibujar, de eso no hay duda. Ha debido heredarlo de usted, por lo que me cuenta. Señora Da.., quiero decir, Marta, ¿usted qué pinta?
—Naturalezas muertas.
La profesora animó el rostro.
—Usted mejor que nadie puede encauzar la afición de su hijo. Sinceramente, no sé de dónde saca esas visiones de pesadilla. No hay nada parecido en la televisión, lo sé porque tengo una hija de su edad.
La madre de Pablo había vuelto a tomar los dibujos en sus manos y los contemplaba pensativa.
—¿Puedo llevármelos?
—Supongo. Sí, lléveselos, por favor.
Al ver que hacía ademán de levantarse, la detuvo con un gesto.
—Sólo una cosa más, Marta.
La madre se sentó nuevamente y sus ojos grises volvieron a clavarse en la profesora.
—Es un poco violento para mí hacerle esta sugerencia, pero pienso en el bien de Pablo. Yo… estoy al corriente de lo que sucedió con su marido, Marta. Me preguntaba si Pablo llegó a ir a la consulta de un psicólogo.
—No.
La profesora se revolvió en el asiento, carraspeó y dijo:
—Quizá podría ser una buena idea. Todo ese talento desperdiciado… Sí, creo que podría ayudarle.
—¿Alguna cosa más?
La madre de Pablo ya se había levantado sin aguardar respuesta y la profesora no la retuvo.
—Puede irse, Marta. Le agradezco que haya venido. Por favor, piense en lo que le he dicho.
En casa olía a aguarrás. Pablo debía haber estado limpiando los pinceles sin abrir las ventanas. Marta atravesó el zaguán.
—Pablo, he llegado.
El niño apareció en el pasillo, el pelo zanahoria completamente alborotado, la cara pecosa enrojecida.
—¡Ya era hora! No encuentro la llave del estudio.
—La tengo en el bolso. Mira lo que traigo.
Marta le entregó a Pablo los tres dibujos que le había requisado la profesora.
—¿Te los dio “La Pelos”?
—Pablo, no llames así a tu tutora. Sí, acabo de estar con ella.
Se dirigió a la cocina y Pablo la siguió.
—¿Qué te dijo?
Marta dejó el abrigo y el bolso sobre una silla y se puso el delantal que colgaba de un gancho de la espetera. Seleccionó unos pepinos del cajón de verduras del frigorífico, tomó un cuchillo y empezó a trocearlos sobre la mesa.
—Dijo que tenías talento.
—¿En serio?
Las rodajas de pepino eran finas como láminas. Pablo sacó un plato y empezó a colocarlas dentro, formando el dibujo de una flor.
—Pero me temo que no le gustan mucho los temas que eliges. Dice que deberías probar con las naturalezas muertas.
—¿Naturalezas muertas?
La madre se detuvo un instante y alzó la vista.
—Sí, ya sabes. Bodegones, mesas donde aparecen pepinos, piezas de caza, una jarra de agua, flores.
Pablo dejó de colocar las rodajas y se limpió las manos en el pantalón.
—Dame la llave, mamá. No pude entrar esta tarde al estudio, y he tenido que ponerme a limpiar pinceles.
—¿Te gustaría hablar?
—¿De qué?
Retomó el cuchillo y troceó cuatro rodajas más antes de proseguir.
—Podrías hablar con alguien que no fuera yo, ¿sabes? Hablarle de tus dibujos, del colegio, de mí, de tu padre.
La última palabra fue un susurro.
—Por favor, mamá, déjame la llave. Prometo que no tocaré nada. Quiero ver el último cuadro. ¡Por favor!
Marta se limpió los dedos en el delantal, y luego se lo quitó.
—¿Has oído lo que te he dicho?
—Sí, mamá. ¡La llave!
—Iré contigo. Eres capaz de arrancar la tela de un tirón.
La madre abrió el bolso que descansaba en la silla, buscó en su interior, y sacó la llave. Luego cruzó la cocina, acompañada de los saltos de Pablo, avanzó por el pasillo y se detuvo al llegar a la habitación del fondo.
Al abrir la puerta les llegó un fuerte olor a pintura y aguarrás. Las ventanas estaban opacadas, pero aún dejaban pasar suficiente claridad como para distinguir los bultos rectangulares apoyados contra la pared y el caballete en el centro, cubierto con una sábana blanca.
Pablo la retiró con impaciencia y luego retrocedió para observar el cuadro desde lejos.
—¿Qué flores son ésas, mamá?
—Moradas, son lilas.
—Hay unas tijeras en la mesa.
—Sí.
—¿Manchadas de sangre y llenas de moscas?
—Sí.
Pablo se acercó de nuevo, inspeccionó los detalles y volvió junto a su madre, que contemplaba el cuadro sin variar el gesto.
—Mamá, no voy a pintar naturalezas muertas. Me gustan mucho más tus cuadros, ¿sabes?
—Pero hijo –replicó Marta, mientras le guiaba fuera del estudio y cerraba de nuevo la puerta con llave—. No hay tanta diferencia, ¿sabes?
Y mientras se alejaba por el pasillo de regreso a la cocina, repitió:
—No hay tanta diferencia.
Rosas devoradas por hormigas. Margaritas llorando lágrimas negras. Tulipanes atacados por escorpiones.
Uno a uno, la profesora le fue mostrando los dibujos a la mujer que se encontraba sentada frente a ella, en su despacho.
—Señora Dávalos…
—Marta, por favor –interrumpió con suavidad su interlocutora—. Llámeme sólo Marta.
—Marta, la he hecho venir porque Pablo me preocupa.
La madre dejó de observar los dibujos para enfrentar la mirada de la profesora.
—¿En qué sentido le preocupa mi hijo?
La otra se rebulló en el asiento.
—Usted ha visto lo que Pablo dibuja. Es monstruoso, totalmente impropio de un niño de diez años.
Se detuvo un instante y prosiguió, con un tono más suave:
—Pablo tiene talento para dibujar, de eso no hay duda. Ha debido heredarlo de usted, por lo que me cuenta. Señora Da.., quiero decir, Marta, ¿usted qué pinta?
—Naturalezas muertas.
La profesora animó el rostro.
—Usted mejor que nadie puede encauzar la afición de su hijo. Sinceramente, no sé de dónde saca esas visiones de pesadilla. No hay nada parecido en la televisión, lo sé porque tengo una hija de su edad.
La madre de Pablo había vuelto a tomar los dibujos en sus manos y los contemplaba pensativa.
—¿Puedo llevármelos?
—Supongo. Sí, lléveselos, por favor.
Al ver que hacía ademán de levantarse, la detuvo con un gesto.
—Sólo una cosa más, Marta.
La madre se sentó nuevamente y sus ojos grises volvieron a clavarse en la profesora.
—Es un poco violento para mí hacerle esta sugerencia, pero pienso en el bien de Pablo. Yo… estoy al corriente de lo que sucedió con su marido, Marta. Me preguntaba si Pablo llegó a ir a la consulta de un psicólogo.
—No.
La profesora se revolvió en el asiento, carraspeó y dijo:
—Quizá podría ser una buena idea. Todo ese talento desperdiciado… Sí, creo que podría ayudarle.
—¿Alguna cosa más?
La madre de Pablo ya se había levantado sin aguardar respuesta y la profesora no la retuvo.
—Puede irse, Marta. Le agradezco que haya venido. Por favor, piense en lo que le he dicho.
En casa olía a aguarrás. Pablo debía haber estado limpiando los pinceles sin abrir las ventanas. Marta atravesó el zaguán.
—Pablo, he llegado.
El niño apareció en el pasillo, el pelo zanahoria completamente alborotado, la cara pecosa enrojecida.
—¡Ya era hora! No encuentro la llave del estudio.
—La tengo en el bolso. Mira lo que traigo.
Marta le entregó a Pablo los tres dibujos que le había requisado la profesora.
—¿Te los dio “La Pelos”?
—Pablo, no llames así a tu tutora. Sí, acabo de estar con ella.
Se dirigió a la cocina y Pablo la siguió.
—¿Qué te dijo?
Marta dejó el abrigo y el bolso sobre una silla y se puso el delantal que colgaba de un gancho de la espetera. Seleccionó unos pepinos del cajón de verduras del frigorífico, tomó un cuchillo y empezó a trocearlos sobre la mesa.
—Dijo que tenías talento.
—¿En serio?
Las rodajas de pepino eran finas como láminas. Pablo sacó un plato y empezó a colocarlas dentro, formando el dibujo de una flor.
—Pero me temo que no le gustan mucho los temas que eliges. Dice que deberías probar con las naturalezas muertas.
—¿Naturalezas muertas?
La madre se detuvo un instante y alzó la vista.
—Sí, ya sabes. Bodegones, mesas donde aparecen pepinos, piezas de caza, una jarra de agua, flores.
Pablo dejó de colocar las rodajas y se limpió las manos en el pantalón.
—Dame la llave, mamá. No pude entrar esta tarde al estudio, y he tenido que ponerme a limpiar pinceles.
—¿Te gustaría hablar?
—¿De qué?
Retomó el cuchillo y troceó cuatro rodajas más antes de proseguir.
—Podrías hablar con alguien que no fuera yo, ¿sabes? Hablarle de tus dibujos, del colegio, de mí, de tu padre.
La última palabra fue un susurro.
—Por favor, mamá, déjame la llave. Prometo que no tocaré nada. Quiero ver el último cuadro. ¡Por favor!
Marta se limpió los dedos en el delantal, y luego se lo quitó.
—¿Has oído lo que te he dicho?
—Sí, mamá. ¡La llave!
—Iré contigo. Eres capaz de arrancar la tela de un tirón.
La madre abrió el bolso que descansaba en la silla, buscó en su interior, y sacó la llave. Luego cruzó la cocina, acompañada de los saltos de Pablo, avanzó por el pasillo y se detuvo al llegar a la habitación del fondo.
Al abrir la puerta les llegó un fuerte olor a pintura y aguarrás. Las ventanas estaban opacadas, pero aún dejaban pasar suficiente claridad como para distinguir los bultos rectangulares apoyados contra la pared y el caballete en el centro, cubierto con una sábana blanca.
Pablo la retiró con impaciencia y luego retrocedió para observar el cuadro desde lejos.
—¿Qué flores son ésas, mamá?
—Moradas, son lilas.
—Hay unas tijeras en la mesa.
—Sí.
—¿Manchadas de sangre y llenas de moscas?
—Sí.
Pablo se acercó de nuevo, inspeccionó los detalles y volvió junto a su madre, que contemplaba el cuadro sin variar el gesto.
—Mamá, no voy a pintar naturalezas muertas. Me gustan mucho más tus cuadros, ¿sabes?
—Pero hijo –replicó Marta, mientras le guiaba fuera del estudio y cerraba de nuevo la puerta con llave—. No hay tanta diferencia, ¿sabes?
Y mientras se alejaba por el pasillo de regreso a la cocina, repitió:
—No hay tanta diferencia.
sábado, 19 de diciembre de 2009
La sombra de Babel (ejercicio sobre "La sombra", de Poe
Mirta Leis
Diciembre se refleja en el rostro de los transeúntes. Los niños llenan las calles con sus risas acompañando las canciones navideñas que brotan de cada una de las vidrieras. Un ramillete intermitente impregna todo con brillantes colores y los árboles de las plazas se ponen el traje de luces para imitar a las estrellas. El mundo se apresta a cambiar de milenio y las más variadas formas de esperar su arribo se suceden en todas partes.
En la zona vieja de la ciudad de Ptolemáis, un grupo de amigos se reúne en un noble palacio. Los siete se sientan silenciosos en torno a una mesa de ébano de gruesas patas torneadas. Candelabros encendidos, cortinas de pana, poltronas sobre un piso de mayólicas y algún cuadro de dudoso estilo adornan la sala. A un costado del salón, Zoilo, el más joven de todos, yace en un lujoso ataúd, sobre una alfombra púrpura, justo debajo del acceso. La única puerta del lugar, es de bronce fundido, fue construida hace tiempo por Corinnos, el artesano.
El silencio es uno más de los participantes de aquella singular reunión. Los oscuros cortinados impiden el paso de las luces de la calle. La música, el destello de colores, la luna y las estrellas tampoco han sido invitados, en su lugar penden negras colgaduras desde el techo, que dibujan un escenario barroco y tétrico a la vez.
Oínos, el dueño de casa, y sus amigos beben el rojo vino de Chíos, y entre cada sorbo sienten sobre sí el peso de los tiempos de peste y de miseria plagados de señales.
El milenio toca a su fin, y tal vez, cada uno de ellos deba rendir cuentas de su paso por la vida, tal como seguramente lo hace Zoilo en este mismo momento.
La penumbra pesa sobre sus cabezas tanto como sus pensamientos. Los rostros preocupados se reflejan en el brillo del ébano donde se apoyan las copas del elixir de uvas.
Afuera, el bullicio evoca miles de festejos, adentro del salón, en cambio, el silencio reina y la atmósfera es pesada e indescifrable. El Mal palpita y se teme, la ansiedad y la angustia compiten como oscuros designios, que se presienten , escondidos, en aquella vigilia de cuerpos laxos y agudizados sentidos. El imperio del vino se opaca en el reinado absoluto del miedo.
De pronto, aquellos colgajos parecen pesar sobre cada una de las cabezas de los amigos, y la palidez de sus rostros asustados se refleja insidiosa en el brillo de la mesa.
Nadie dice palabra, todos sienten el miedo del otro. Entonces, con la locura y la histeria en dominio, lanzan una interminable seguidilla de canciones y de risas cual vano intento de alejar el Mal que les acecha.
Desde su ataúd, Zoilo parece acompañarlos con aquella expresión indefinida que denota en sus facciones demacradas por la peste. Oínos cree por un momento que los ojos del muerto están fijos en él, y huye del miedo canturreando a viva voz las canciones del hijo de Teos.
El cansancio que vence al guerrero fue acabando con las voces de los amigos, que poco a poco fueron entonando melodías inaudibles, mientras el vino, rojo como la sangre, se secaba en las copas.
Fue entonces cuando la vieron.
Parecía escurrirse lentamente hacia abajo cubriéndolo todo con su enorme presencia.
Ella, majestuosa e impertérrita, descendió de entre los colgajos oscuros del techo y se posó justamente, delante de la puerta, frente al ataúd de Zoilo.
Fue tomando forma casi humana, pero densa y oscura, terrible e indescifrable. No era un hombre ni un Dios, no era nada conocido, pero estaba allí, imponiéndose, aterrándolos.
— ¿Cuál es tu nombre?, ¿Dónde está tu morada?— pregunta Oínos, y ella, cadenciosa le responde: — Me llamo Sombra y las catacumbas de Ptolemais , que bordean el impuro canal de Caronte , son mi morada.
Y se queda allí, divertida al verlos levantarse acuciados por el terror. Los ojos de los siete amigos se abren desmesurados y se tiñen de rojo, el sonido de sus corazones retumba en el salón y el sudor se hiela en sus pálidas pieles.
Advierten que la sombra no tiene una sola voz, sino todas las voces de sus muertos. En su figura ven, como en un tétrico film, a su amigo, su madre, sus hermanos, con sus voces y su pasado, con sus miserias y sus miedos, con el horror y el sarcasmo…ellos comprenden por fin, que su hora ha llegado.
Diciembre se refleja en el rostro de los transeúntes. Los niños llenan las calles con sus risas acompañando las canciones navideñas que brotan de cada una de las vidrieras. Un ramillete intermitente impregna todo con brillantes colores y los árboles de las plazas se ponen el traje de luces para imitar a las estrellas. El mundo se apresta a cambiar de milenio y las más variadas formas de esperar su arribo se suceden en todas partes.
En la zona vieja de la ciudad de Ptolemáis, un grupo de amigos se reúne en un noble palacio. Los siete se sientan silenciosos en torno a una mesa de ébano de gruesas patas torneadas. Candelabros encendidos, cortinas de pana, poltronas sobre un piso de mayólicas y algún cuadro de dudoso estilo adornan la sala. A un costado del salón, Zoilo, el más joven de todos, yace en un lujoso ataúd, sobre una alfombra púrpura, justo debajo del acceso. La única puerta del lugar, es de bronce fundido, fue construida hace tiempo por Corinnos, el artesano.
El silencio es uno más de los participantes de aquella singular reunión. Los oscuros cortinados impiden el paso de las luces de la calle. La música, el destello de colores, la luna y las estrellas tampoco han sido invitados, en su lugar penden negras colgaduras desde el techo, que dibujan un escenario barroco y tétrico a la vez.
Oínos, el dueño de casa, y sus amigos beben el rojo vino de Chíos, y entre cada sorbo sienten sobre sí el peso de los tiempos de peste y de miseria plagados de señales.
El milenio toca a su fin, y tal vez, cada uno de ellos deba rendir cuentas de su paso por la vida, tal como seguramente lo hace Zoilo en este mismo momento.
La penumbra pesa sobre sus cabezas tanto como sus pensamientos. Los rostros preocupados se reflejan en el brillo del ébano donde se apoyan las copas del elixir de uvas.
Afuera, el bullicio evoca miles de festejos, adentro del salón, en cambio, el silencio reina y la atmósfera es pesada e indescifrable. El Mal palpita y se teme, la ansiedad y la angustia compiten como oscuros designios, que se presienten , escondidos, en aquella vigilia de cuerpos laxos y agudizados sentidos. El imperio del vino se opaca en el reinado absoluto del miedo.
De pronto, aquellos colgajos parecen pesar sobre cada una de las cabezas de los amigos, y la palidez de sus rostros asustados se refleja insidiosa en el brillo de la mesa.
Nadie dice palabra, todos sienten el miedo del otro. Entonces, con la locura y la histeria en dominio, lanzan una interminable seguidilla de canciones y de risas cual vano intento de alejar el Mal que les acecha.
Desde su ataúd, Zoilo parece acompañarlos con aquella expresión indefinida que denota en sus facciones demacradas por la peste. Oínos cree por un momento que los ojos del muerto están fijos en él, y huye del miedo canturreando a viva voz las canciones del hijo de Teos.
El cansancio que vence al guerrero fue acabando con las voces de los amigos, que poco a poco fueron entonando melodías inaudibles, mientras el vino, rojo como la sangre, se secaba en las copas.
Fue entonces cuando la vieron.
Parecía escurrirse lentamente hacia abajo cubriéndolo todo con su enorme presencia.
Ella, majestuosa e impertérrita, descendió de entre los colgajos oscuros del techo y se posó justamente, delante de la puerta, frente al ataúd de Zoilo.
Fue tomando forma casi humana, pero densa y oscura, terrible e indescifrable. No era un hombre ni un Dios, no era nada conocido, pero estaba allí, imponiéndose, aterrándolos.
— ¿Cuál es tu nombre?, ¿Dónde está tu morada?— pregunta Oínos, y ella, cadenciosa le responde: — Me llamo Sombra y las catacumbas de Ptolemais , que bordean el impuro canal de Caronte , son mi morada.
Y se queda allí, divertida al verlos levantarse acuciados por el terror. Los ojos de los siete amigos se abren desmesurados y se tiñen de rojo, el sonido de sus corazones retumba en el salón y el sudor se hiela en sus pálidas pieles.
Advierten que la sombra no tiene una sola voz, sino todas las voces de sus muertos. En su figura ven, como en un tétrico film, a su amigo, su madre, sus hermanos, con sus voces y su pasado, con sus miserias y sus miedos, con el horror y el sarcasmo…ellos comprenden por fin, que su hora ha llegado.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Un cuento de Poe como modelo para desarmar
Sombra
Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.
El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.
En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.
Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»
Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.
Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.
El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.
En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.
Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»
Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Inocente (ejercicio)
Mirta Leis
Era hijo de un domador de leones y una contorsionista.
Se les parecía en cierto modo: tenía la melena rojiza como su madre y los ojos claros y pequeños como su padre.
Pasó sus primeros años prendiéndose con insistencia a las faldas de su mamá. Mario, el domador, apenas podía acercársele, ya que el niño gritaba asustado al ver los látigos en sus manos.
Fue creciendo robusto y callado, casi sin jugar con los otros pequeños, pendiente siempre de los ensayos y las funciones del circo, sentado muy quieto en un apartado rincón.
Al llegar el tiempo de ir a la escuela, supieron lo mucho que le costaba aprender. Cuando se hizo evidente que su mente no crecería, simplemente, le abandonaron. Partieron una tarde en la caravana de otro circo sin dejar más noticia que la carita triste de Ernesto, que quedó al amparo de los otros artistas en aquella fábrica de ilusiones.
Celia, la ayudante del mago, le brindó un lugarcito en su tráiler; delicada y cariñosa, siempre tuvo un plato de comida y algún buen consejo. Le enseñó que la vida había que ganársela con el trabajo de todos los días, que debía respetar a sus mayores y ayudar en todo lo que fuese necesario para poder vivir en ese pequeño mundo de vida nómade.
Con el tiempo, daba de comer a los animales, era abanderado en los desfiles de presentación del circo y mozo de pista en las funciones.
Eterno recadero, al crecer, se convirtió en un mueble en el que nadie reparaba pero que siempre estaba al servicio de todos.
A veces, se sentaba largas horas con la mirada fija en la gran puerta de entrada, donde los carteles de colores anunciaban la próxima función.
Isabel, la menor de los acróbatas, la niña que coronaba las torres y era lanzada sobre los hombros de su padre o hermanos desde la palanca, fue su amiga. La única que tenía caricias para él. «Pobre Ernesto» le acunaba la cara, «Nadie te quiere», y él le miraba con ojos ingenuos mientas la niña peinaba con sus dedos, aquella mata de cabellos rojizos y rebeldes.
Cuando ella salía a la pista, una oración temblaba en los labios del muchacho. Lo angustiaba el temor de que cayera, pero Isabel, con la agilidad de un felino, subía veloz sobre los hombros de sus hermanos y desde allí le dedicaba la mejor de sus sonrisas mientras saludaba feliz al público.
Alguna veces, después de ensayar su número le pedía que la acompañara hasta el trapecio, ella soñaba con trabajar allí. Sentada en ello alto le animaba a subir, pero Ernesto sudaba frío al poner sus pies en la escalerilla y daba marcha atrás con el intento.
Después de la cena, caminaban antes de dormir. Por las siestas se refugiaban detrás de las jaulas de los leones y él la escuchaba contar sus sueños; en las mañanas siempre la ayudaba a limpiar el tráiler: su vida toda giraba en torno a Isabel.
Ernesto apenas podía leer de corrido algunas frases, fue muy poco lo que aprovechó de la escuela, pero ella todos lo días le leía las noticias o algún poema, o simplemente le enseñaba a cantar alguna canción.
Cada vez que Celia se los permitía jugaban con los cubos, los manteles y las galeras del mago. Siempre terminaban el día juntos y riendo.
Una tarde él entró en su caravana, sin avisar, como siempre. Y ella, que se estaba cambiando, se tapó los pequeños pechos y le gritó: «¡Eh, sal de aquí! ¡Vete! ».
Pero no pudo, algo le abrasó el estómago: un fuego quemaba sus entrañas y crecía hasta acelerarle el corazón. Una urgencia extraña, inexplicable lo invadía impidiendo obedecerla.
Avanzó hasta donde estaba Isabel y en el forcejeo sus enormes manos le cortaron el aire. La garganta de nácar se ahogaba entre aquellos dedos largos y fuertes. En un increíble esfuerzo ella intentaba gritar, pero Ernesto no podía dejarla. Esa fiebre desconocida lo hacía temblar y necesitaba apretarla, dominarla, sentirla rendida entre sus manos hasta que su mundo alterado recobrase la estabilidad.
Cuando el fuego de la locura se disipó, el cuerpo de ella yacía desnudo en una postura imposible sobre la cama.
La llamó susurrando su nombre. Le suplicó, besó sus manos inertes, pero ella no lo miraba. Se puso una nariz de payaso y le hizo musarañas: ni una sonrisa. Le daba golpecitos en la cara, pero ella no volvía. Isabel ya le pertenecía a la muerte.
Puso su cabeza sobre la almohada, le cubrió la desnudez con una manta y se acostó a su lado llorando amargamente.
Estaba oscuro cuando se levantó. Metió su cuerpo en el baúl del mago esperando que desapareciera, pero seguía estando allí cada vez que lo abría.
Asustado, huyó. Cabalgó sobre un caballo blanco dando cien vueltas por la pista de arena y, como última etapa de su escapada, subió a los trapecios, cerró los ojos y quiso volar.
Era hijo de un domador de leones y una contorsionista.
Se les parecía en cierto modo: tenía la melena rojiza como su madre y los ojos claros y pequeños como su padre.
Pasó sus primeros años prendiéndose con insistencia a las faldas de su mamá. Mario, el domador, apenas podía acercársele, ya que el niño gritaba asustado al ver los látigos en sus manos.
Fue creciendo robusto y callado, casi sin jugar con los otros pequeños, pendiente siempre de los ensayos y las funciones del circo, sentado muy quieto en un apartado rincón.
Al llegar el tiempo de ir a la escuela, supieron lo mucho que le costaba aprender. Cuando se hizo evidente que su mente no crecería, simplemente, le abandonaron. Partieron una tarde en la caravana de otro circo sin dejar más noticia que la carita triste de Ernesto, que quedó al amparo de los otros artistas en aquella fábrica de ilusiones.
Celia, la ayudante del mago, le brindó un lugarcito en su tráiler; delicada y cariñosa, siempre tuvo un plato de comida y algún buen consejo. Le enseñó que la vida había que ganársela con el trabajo de todos los días, que debía respetar a sus mayores y ayudar en todo lo que fuese necesario para poder vivir en ese pequeño mundo de vida nómade.
Con el tiempo, daba de comer a los animales, era abanderado en los desfiles de presentación del circo y mozo de pista en las funciones.
Eterno recadero, al crecer, se convirtió en un mueble en el que nadie reparaba pero que siempre estaba al servicio de todos.
A veces, se sentaba largas horas con la mirada fija en la gran puerta de entrada, donde los carteles de colores anunciaban la próxima función.
Isabel, la menor de los acróbatas, la niña que coronaba las torres y era lanzada sobre los hombros de su padre o hermanos desde la palanca, fue su amiga. La única que tenía caricias para él. «Pobre Ernesto» le acunaba la cara, «Nadie te quiere», y él le miraba con ojos ingenuos mientas la niña peinaba con sus dedos, aquella mata de cabellos rojizos y rebeldes.
Cuando ella salía a la pista, una oración temblaba en los labios del muchacho. Lo angustiaba el temor de que cayera, pero Isabel, con la agilidad de un felino, subía veloz sobre los hombros de sus hermanos y desde allí le dedicaba la mejor de sus sonrisas mientras saludaba feliz al público.
Alguna veces, después de ensayar su número le pedía que la acompañara hasta el trapecio, ella soñaba con trabajar allí. Sentada en ello alto le animaba a subir, pero Ernesto sudaba frío al poner sus pies en la escalerilla y daba marcha atrás con el intento.
Después de la cena, caminaban antes de dormir. Por las siestas se refugiaban detrás de las jaulas de los leones y él la escuchaba contar sus sueños; en las mañanas siempre la ayudaba a limpiar el tráiler: su vida toda giraba en torno a Isabel.
Ernesto apenas podía leer de corrido algunas frases, fue muy poco lo que aprovechó de la escuela, pero ella todos lo días le leía las noticias o algún poema, o simplemente le enseñaba a cantar alguna canción.
Cada vez que Celia se los permitía jugaban con los cubos, los manteles y las galeras del mago. Siempre terminaban el día juntos y riendo.
Una tarde él entró en su caravana, sin avisar, como siempre. Y ella, que se estaba cambiando, se tapó los pequeños pechos y le gritó: «¡Eh, sal de aquí! ¡Vete! ».
Pero no pudo, algo le abrasó el estómago: un fuego quemaba sus entrañas y crecía hasta acelerarle el corazón. Una urgencia extraña, inexplicable lo invadía impidiendo obedecerla.
Avanzó hasta donde estaba Isabel y en el forcejeo sus enormes manos le cortaron el aire. La garganta de nácar se ahogaba entre aquellos dedos largos y fuertes. En un increíble esfuerzo ella intentaba gritar, pero Ernesto no podía dejarla. Esa fiebre desconocida lo hacía temblar y necesitaba apretarla, dominarla, sentirla rendida entre sus manos hasta que su mundo alterado recobrase la estabilidad.
Cuando el fuego de la locura se disipó, el cuerpo de ella yacía desnudo en una postura imposible sobre la cama.
La llamó susurrando su nombre. Le suplicó, besó sus manos inertes, pero ella no lo miraba. Se puso una nariz de payaso y le hizo musarañas: ni una sonrisa. Le daba golpecitos en la cara, pero ella no volvía. Isabel ya le pertenecía a la muerte.
Puso su cabeza sobre la almohada, le cubrió la desnudez con una manta y se acostó a su lado llorando amargamente.
Estaba oscuro cuando se levantó. Metió su cuerpo en el baúl del mago esperando que desapareciera, pero seguía estando allí cada vez que lo abría.
Asustado, huyó. Cabalgó sobre un caballo blanco dando cien vueltas por la pista de arena y, como última etapa de su escapada, subió a los trapecios, cerró los ojos y quiso volar.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Robert “la Torre” Taylor
Carlos Lara
—Freddy..., llevo casi un año viniendo por aquí y la curiosidad me muerde como un lobo hambriento. Por qué no me cuentas la historia de “la Torre” de una puta vez; creo que ya me he ganado el derecho a saberla.
Freddy dirigió la mirada hacia el fondo del local. Allí, en un claroscuro, se encontraba Robert “la Torre” Taylor, una mole negra de dos metros diez, siempre envuelta en una nube de humo, como si de una aparición fantasmal se tratase. Estaba sentado, como siempre, ante un tablero de ajedrez, absorto en las piezas desplegadas en él.
—Está bien, Louis, creo que ya es hora que conozcas quién es la Torre, sobre todo teniendo en cuenta que eres nuestro principal cliente y que habrá que incluirte en el próximo inventario.— Esbozó una media sonrisa, colocó dos vasos y una botella de bourbon sobre la barra, brillante como un espejo, y se encendió un cigarrillo.
“Allá por los 70, Robert era jugador de baloncesto con una prometedora carrera. En su segundo año de pívot con los Cavaliers, fue convocado para jugar el all star por la conferencia este, para enfrentarse al equipo del mítico Abdul Jabbar. Fue precisamente en esa época cuando el sobrenombre de “la Torre” se fue consolidando, debido a la potencia defensiva que desplegaba y que traía de cabeza a jugadores y entrenadores contrarios. Aquel partido fue decisivo: a los cinco minutos de juego, al intentar parar un mate de Kareem, su rodilla no resistió el apoyo en la caída y quedó hecha añicos, echando al traste todos los sueños de gloria de la Torre.”
—Joder tío, eso ya lo has contado mil veces. Ofréceme algo más suculento o te juro que me mudo al tugurio de la esquina. ¿Cómo vino a parar aquí?
—La impaciencia va a acabar contigo, Louis. Bebe y escucha, que la historia lo merece.
“Leo, el jefe de todo este tinglado, era y sigue siendo un apasionado del baloncesto. Tras la lesión, contrató a la Torre como guardaespaldas personal y lo adoptó como a un hijo. El trabajo le venía que ni pintado; ponía el mismo celo en la protección de Leo que el que desplegaba en la cancha para evitar que los contrarios entraran en su zona. Aprendió a usar un arma que tuvo que utilizar muy pocas veces ya que su imponente envergadura actuaba como argumento disuasorio en la mayoría de las ocasiones. Todo marchaba bien hasta que entró en escena Lisa.”
Rellenó los vasos y se encendió otro pitillo, dibujando una sugerente espiral de humo.
“Lisa era una rubia alucinante. Ya te puedes imaginar: en este bar de negros, esa chica desprendía luz propia y concentraba las miradas de cualquiera que tuviera una mínima gota de sangre en las venas. Además, poseía un carácter indomable y un encanto irresistible. Sólo había un problema: era la novia de Leo y la Torre cometió el grave error de enamorarse perdidamente de Lisa. Pero Leo no era hombre de una sola mujer y las discusiones y escenas de celos se iban sucediendo cada vez con más frecuencia e intensidad. Los acontecimientos se precipitaron la noche en que Leo pidió a la Torre que acompañara a Lisa a casa. Aquel ángel rubio no tuvo piedad de su víctima: se abalanzó sobre la Torre, que ya tenía las defensas bastante maltrechas tras meses de conflicto interno, e hizo con él lo que quiso. Hubiera pagado por presenciar aquel polvo. Tuvo que ser memorable.”
—¿Leo se enteró de aquello?—dijo Louis con un tono de expectación en la voz.
—¡Joder si se enteró! Ya se encargó Lisa de que lo supiera. A ella le importaba una mierda la Torre. Su único objetivo era vengarse de las continuas infidelidades de Leo y había elegido la víctima propiciatoria ideal.
“La Torre pasó toda la noche en vela, atormentado por la culpa. ¿Cómo no vio venir la diagonal del ataque de la reina blanca? Demasiado acostumbrado a proteger los ataques frontales y directos de los enemigos, cayó en la trampa... Debería haber enrocado antes, debería haber enrocado...Apareció en el local al día siguiente como un zombi, la mirada ausente y una sombra en el rostro. Sin saludar, se encaminó decidido hacia las escaleras que daban al despacho de Leo, en el primer piso. Abrió la puerta y se quedó paralizado durante un instante. Lisa sostenía, con mano temblorosa, una pequeña pistola plateada apuntando a Leo. Todo sucedió muy rápido: la Torre se abalanzó hacia Lisa, en un movimiento instintivo y, en un solo paso, se plantó en la trayectoria de fuego a la vez que embestía con sus ciento treinta quilos de músculo la breve y frágil figura de la mujer. Sonó un disparo en el mismo momento en que el cuerpo de Lisa salía despedido por la ventana con un estruendo de cristales rotos. Leo se acercó a la Torre, le cogió la cara apartándola de la imagen del cuerpo de Lisa tendido en la calle, y llamándole por su nombre le dijo, Robert, hiciste lo que tenías que hacer, ese ángel era una zorra, con unas tetas deliciosas, pero una zorra”
—Desde entonces, la Torre se sumió en un mutismo casi absoluto y ahora pasa las horas muertas delante de ese tablero, siempre la misma partida, siempre la misma jugada. De vez en cuando, si alguien le dirige la palabra, levanta su mirada sombría y, con una voz rota por los cigarrillos y el desuso, exclama: ¡debería haber enrocado antes...!
—Freddy..., llevo casi un año viniendo por aquí y la curiosidad me muerde como un lobo hambriento. Por qué no me cuentas la historia de “la Torre” de una puta vez; creo que ya me he ganado el derecho a saberla.
Freddy dirigió la mirada hacia el fondo del local. Allí, en un claroscuro, se encontraba Robert “la Torre” Taylor, una mole negra de dos metros diez, siempre envuelta en una nube de humo, como si de una aparición fantasmal se tratase. Estaba sentado, como siempre, ante un tablero de ajedrez, absorto en las piezas desplegadas en él.
—Está bien, Louis, creo que ya es hora que conozcas quién es la Torre, sobre todo teniendo en cuenta que eres nuestro principal cliente y que habrá que incluirte en el próximo inventario.— Esbozó una media sonrisa, colocó dos vasos y una botella de bourbon sobre la barra, brillante como un espejo, y se encendió un cigarrillo.
“Allá por los 70, Robert era jugador de baloncesto con una prometedora carrera. En su segundo año de pívot con los Cavaliers, fue convocado para jugar el all star por la conferencia este, para enfrentarse al equipo del mítico Abdul Jabbar. Fue precisamente en esa época cuando el sobrenombre de “la Torre” se fue consolidando, debido a la potencia defensiva que desplegaba y que traía de cabeza a jugadores y entrenadores contrarios. Aquel partido fue decisivo: a los cinco minutos de juego, al intentar parar un mate de Kareem, su rodilla no resistió el apoyo en la caída y quedó hecha añicos, echando al traste todos los sueños de gloria de la Torre.”
—Joder tío, eso ya lo has contado mil veces. Ofréceme algo más suculento o te juro que me mudo al tugurio de la esquina. ¿Cómo vino a parar aquí?
—La impaciencia va a acabar contigo, Louis. Bebe y escucha, que la historia lo merece.
“Leo, el jefe de todo este tinglado, era y sigue siendo un apasionado del baloncesto. Tras la lesión, contrató a la Torre como guardaespaldas personal y lo adoptó como a un hijo. El trabajo le venía que ni pintado; ponía el mismo celo en la protección de Leo que el que desplegaba en la cancha para evitar que los contrarios entraran en su zona. Aprendió a usar un arma que tuvo que utilizar muy pocas veces ya que su imponente envergadura actuaba como argumento disuasorio en la mayoría de las ocasiones. Todo marchaba bien hasta que entró en escena Lisa.”
Rellenó los vasos y se encendió otro pitillo, dibujando una sugerente espiral de humo.
“Lisa era una rubia alucinante. Ya te puedes imaginar: en este bar de negros, esa chica desprendía luz propia y concentraba las miradas de cualquiera que tuviera una mínima gota de sangre en las venas. Además, poseía un carácter indomable y un encanto irresistible. Sólo había un problema: era la novia de Leo y la Torre cometió el grave error de enamorarse perdidamente de Lisa. Pero Leo no era hombre de una sola mujer y las discusiones y escenas de celos se iban sucediendo cada vez con más frecuencia e intensidad. Los acontecimientos se precipitaron la noche en que Leo pidió a la Torre que acompañara a Lisa a casa. Aquel ángel rubio no tuvo piedad de su víctima: se abalanzó sobre la Torre, que ya tenía las defensas bastante maltrechas tras meses de conflicto interno, e hizo con él lo que quiso. Hubiera pagado por presenciar aquel polvo. Tuvo que ser memorable.”
—¿Leo se enteró de aquello?—dijo Louis con un tono de expectación en la voz.
—¡Joder si se enteró! Ya se encargó Lisa de que lo supiera. A ella le importaba una mierda la Torre. Su único objetivo era vengarse de las continuas infidelidades de Leo y había elegido la víctima propiciatoria ideal.
“La Torre pasó toda la noche en vela, atormentado por la culpa. ¿Cómo no vio venir la diagonal del ataque de la reina blanca? Demasiado acostumbrado a proteger los ataques frontales y directos de los enemigos, cayó en la trampa... Debería haber enrocado antes, debería haber enrocado...Apareció en el local al día siguiente como un zombi, la mirada ausente y una sombra en el rostro. Sin saludar, se encaminó decidido hacia las escaleras que daban al despacho de Leo, en el primer piso. Abrió la puerta y se quedó paralizado durante un instante. Lisa sostenía, con mano temblorosa, una pequeña pistola plateada apuntando a Leo. Todo sucedió muy rápido: la Torre se abalanzó hacia Lisa, en un movimiento instintivo y, en un solo paso, se plantó en la trayectoria de fuego a la vez que embestía con sus ciento treinta quilos de músculo la breve y frágil figura de la mujer. Sonó un disparo en el mismo momento en que el cuerpo de Lisa salía despedido por la ventana con un estruendo de cristales rotos. Leo se acercó a la Torre, le cogió la cara apartándola de la imagen del cuerpo de Lisa tendido en la calle, y llamándole por su nombre le dijo, Robert, hiciste lo que tenías que hacer, ese ángel era una zorra, con unas tetas deliciosas, pero una zorra”
—Desde entonces, la Torre se sumió en un mutismo casi absoluto y ahora pasa las horas muertas delante de ese tablero, siempre la misma partida, siempre la misma jugada. De vez en cuando, si alguien le dirige la palabra, levanta su mirada sombría y, con una voz rota por los cigarrillos y el desuso, exclama: ¡debería haber enrocado antes...!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)