Carlos Arroyo Cobos
Pablo entra en casa cargado con las últimas cajas que quedaban en el maletero de la furgoneta.
―¿Dónde vamos a instalar el ordenador? ―pregunta cuando consigue recuperar el resuello.
―Tendremos que buscarle sitio en el salón. ―Responde Merche sin prestar mucha atención.
Pablo empieza a juntar en el pasillo las cajas que tienen escrito con rotulador “ordenador y juegos”, a mitad de camino entre el salón y el dormitorio que quedaría vacío.
―Cuando juegue con el ordenador, haré ruido y no te dejaré oír la tele. ―Le comenta.
Merche levanta la vista de la caja con la porcelana que está desempaquetando y mira a su alrededor.
―Cari, por el espacio no te preocupes, en este salón hay sitio de sobra. Para no molestarnos tendremos que negociar un horario para hacer cada uno lo que nos gusta.
―Merche, ―empezó a decir Pablo meloso ―queda un dormitorio vacío. Si algún día tenemos un hijo, mudo los trastos de allí…
―¿Si algún día tenemos un hijo? ―interrumpe ella, un tanto molesta.
Pablo intenta llevar la conversación tratando de no crispar a su pareja, pero sabe que el tema de la descendencia es muy importante para ella. Llevaban más de seis meses intentando que se quedara embarazada. En poco tiempo iban a empezar un tratamiento de fertilidad.
―La habitación vacía la voy a decorar con todo lo que llevamos comprado para el bebé. ―Continúa Merche cada vez más acalorada ―No voy a esperar a que tenga un año para poner el papel pintado, las cortinas y la cama.
―Hay dos dormitorios en esta casa y es una tontería reservar uno de ellos. Si encima que hay poco sitio… ―responde Pablo mientras se aleja por el pasillo tratando de zanjar la conversación.
―A veces tengo la sensación de que tú no quieres tener hijos. ―Piensa en voz alta, algo confundida. Al fin y al cabo, éste es un tema que estaba zanjado.
Su novia no grita, pero Pablo la escucha perfectamente antes de entrar al baño. No tiene valor para discutir sobre este tema; prefiere ir al baño a meneársela soñando con aquella Merche salvaje de la que se enamoró hace cuatro años, que confesarle que se masturba cada noche antes de hacer el amor y que lleva calzoncillos ajustados para reducir el número de espermatozoides. La quiere pero seguirá intentando retrasar algún tiempo más lo que parece inevitable en esta relación. De momento no le apetece dejar de perder el tiempo con el ordenador para cambiar pañales a un bebé.