sábado, 17 de septiembre de 2011

Una historia dentro de otra (Ejercicio)

Por Maca

El día que me encontraron muerta bajo la espesa capa de hielo del lago, yo no había cumplido aún los diez años. Durante dos semanas me buscaron por todas partes sin resultado alguno, hasta que trajeron perros de una ciudad cercana. Dieron conmigo al día siguiente.
Recuerdo  continuamente la mañana en la que fallecí, no fue una caída casual, como dijo la policía, no, el hombre que me empujó a la muerte se llama Richard y hoy día sigue viviendo en el pueblo.
Lo odié durante tanto tiempo que no pude evolucionar en mi nueva vida hasta mucho  más tarde, entonces lo perdoné. Pero un mes después mi madre se quedó de nuevo embarazada y nací yo.
Cuando cumplí los diez años, el hombre que odiaba, vino a por mí. Una tarde en que venía del colegio, me desvíe del camino, llegué al funesto lugar en que mis recuerdos se hacían pesadillas. Allí estaba él, esperando a su víctima.
Me tiré a su cuello mientras mis dientes se afilaban y mis fuerzas crecían, mi rostro adquirió la palidez de la muerte, el grito que dio mi presa, se perdió en el sonido de las campanas de la iglesia cercana.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Para cuando esté lista

Benita
           
         Sofía sabía que debía esperar; debía darle tiempo para madurar sino le pasaría lo de la prima Marisol.
La madre de Marisol, la tía Juana, se había puesto ansiosa cuando Marisol no cumplía aun los 20 años. Marisol estaba enamorada, dispersa por su pasión no mostró el necesario amor y fervor por la costura. Juana, creyó que si le anticipaba el secreto, Marisol se interesaría y emprendería con dedicación la profesión; grave error el de adelantarse desoyendo la tradición; Marisol la escuchó con respeto pero no dio crédito a semejante locura, esa rama de la historia se secó.
Sofía sabía que todavía no era tiempo. El secreto no debía ser escrito jamás, solo era entregado de madre a hija, cuando la joven cumpliera 21 años, en el momento exacto en que los cumplía; por ello era importante parir una mujer, estar lúcida y con un reloj a mano.

Su Vinca tenía buenos antecedentes: a la edad de 7 años ya se le había despertado la curiosidad por las telas, las agujas y las tijeras. A esa temprana edad era hábil, pero le faltaba el toque. Todas las mujeres de la familia habían pasado por las frustraciones de aprender el oficio, desde el primer punto atrás, hasta lograr elaborar bellos vestidos que harían de una buena mujer, la mujer más espléndida del evento.
Una de las condiciones indispensables para poseer el secreto era la bondad de la costurera. Una de las formas de saberlo sin lugar a dudas, era lucir un vestido confeccionado por una poseedora del secreto. Cuando en su festejo de 15 años, Vinca iluminó la noche con el vestido hecho por Sofía, quedó confirmado, ella poseía lo necesario.
A los 18 años, Vinca fue consciente de varios detalles. Comenzó darse cuenta que las clientas de su madre venían de lugares muy distantes, señoras muy importantes que encargaban suntuosos vestidos con telas realmente bellas, pero también venían señoras humildes con telas de oferta de la tienda del Turco Haib.
Notó el empeño de su madre dedicando tiempo, amor y entusiasmo sin distinguir ni clases sociales ni calidad de géneros. La felicidad reflejada en la cara de Sofía al entregar un vestido y verlo lucir espléndidamente, demostraba que, para ella, era tan importante Doña Felipa, la esposa del albañil, como Gladis, la Señora del Diputado Matienzo.
Sofía tampoco tenía una tarifa fija;. solo les decía “lléveselo, cuando lo use y disfrute regrese a contarme cómo le fue y a pagarme por lo que se divirtió”. Y así fue como nunca les faltó gallinas, panes, tortas y cualquier elaboración casera por parte de las pueblerinas; las señoronas pagaban en metálico.
En las fiestas del pueblo, si se veía a una niña o mujer deslumbrante, de seguro que el vestido lo había hecho su madre. Pero notaba que otros vestidos, que también hacía su madre, salían de la última prueba en perfectas condiciones, con sus pinzas en los lugares exactos, su ruedo finamente terminado y todos los accesorios impecables, pero la dueña, si estaba de mal talante, el vestido la afeaba aún más.
Le preguntó a su madre por ello. Y su madre dejó escapar un imperceptible gesto de alivio ―era la edad correcta para las preguntas―, aunque supo distraerla saliendo del paso sin decirle toda la verdad.
Cuando Vinca ayudaba a su madre en la costura, notaba la expectativa al recibir el encargo, el cuidado extremo con la tela, la curiosidad simpática en la elección del modelo, el seño y labios fruncidos en el tizado y corte, la delicadeza exacta en la costura, y se fascinaba en la danza de dedos y metal cuando Sofía enhebraba la aguja; con la puntada final, daba vuelta la prenda y la sacudía; como suspendido en el aire, el vestido mostraba su esplendor y delicadeza, parecía una bella ave acomodando su plumaje. Cuando la prenda estaba lista, Sofía le daba las gracias a Vinca y la alistaba para la entrega del día siguiente. Fuera de la vista de Vinca, concluía con el último paso, el del secreto.
El día primero de febrero, a las 11:18 de la mañana, Sofía saludó a su hija por su cumpleaños número 21, la tomó de la mano, la llevó al cuarto de costura, cerró la puerta y se sentó frente a ella.
“Vinca, mi Vida, hoy es un día muy especial, no solo para vos y para mí, sino para una tradición familiar que se originó en el año 1572.
En ese año nació la primer mujer de nuestro bastardo linaje. Ella fue producto de la unión de una aborigen con un conquistador español. Ese amor fue un amor doloroso, nació Manquecura fruto de la violación de la que fue víctima Quidel; dije “amor”, porque Quidel nunca quiso considerarse víctima, soportó en silencio que su patrón abusara de ella, pero todo ese rencor se convirtió en el más puro amor por el fruto. Quidel era sierva en una finca, desde niña fue tomada bajo el cuidado de la Señora Amada, esposa del conquistaro y  a la que apreciaba por su dulzura y cariño. La Señora Amada le enseñó los pormenores de la costura, pero el amor con el que realizaba la tarea, eso fue enteramente por cuenta de Quidel. Después de parir a Manquecura, Quidel tomó la decisión de desagradarle a su amo. Comenzó a engordar y a descuidar su aspecto y lo logró, pudo seguir su existencia en paz sin tener que desfogar las urgencias del amo y así dedicarse a su hija y a la costura.. Educó con suma dedicación a Manquecura, y le enseñó el oficio. Ella pertenecía al linaje del chamán de su pueblo, conocía de magia y la aplicó en su nuevo oficio. Se hizo famosa por los bellos vestidos que confeccionaba y por lo bien que se veía en cualquier mujer. Lo que no sabían era que parte de la magia consistía en que la persona que lo usara debía tener buen corazón. Como ya te dije, la señora era una muy buena mujer, cuando usaba la ropa que Quidel le hacía, lucía aún más radiante, pero tenía amigas que se hacían coser importantes prendas que al final parecían harapos en sus cuerpos: todo era porque escondían envidia y maldad. Alguna vez quisieron golpear a Quidel o le pidieron a la señora que la castigara por su mal trabajo, pero la señora la defendía sin dudarlo, ya que todos los vestidos eran probados delante de ella y quedaban a la perfección.
Quidel no sabía escribir, por lo que tuvo que pasar el secreto al oído de Manquecura cuando cumplió sus 21 años, fecha mágica en una mujer.
Desde que nació Manquecura, fue el destino de las mujeres de nuestra familia transmitir oralmente la bendición de este don; debemos honrarlo por todo el sufrimiento de Quidel y también por la alegría que nuestras manos celebran.
Las condiciones para evitar que esta tradición muera son:
―Si te casas, debe ser con un hombre trabajador, al que ames y que te ame. La vida se encargará del resto.
―Si tienes la bendición de parir una niña, no le debes imponer el gusto por la costura, debe despertarse en ella.
―Nunca debes transmitirle el secreto antes del momento exacto de su cumpleaños 21.
―Debes ser una mujer amable, cordial, dulce y sin malicia, eso siempre garantizará la excelencia en tu trabajo y en la vida.
―Todas las tareas las comenzarás con felicidad y entusiasmo. Sino, es preferible evitarlas.
―Nunca podrás coser si estás triste, jamás una lágrima debe tocar la tela.
―Nunca distraerás la atención de tu familia con tu trabajo. Primero está la familia que es el centro de tu energía, luego puedes gastar esa luz en tu labor.
―No critiques ni discrimines a la persona que requiera de tus servicios, pueden ser gordas, puede ser flacas, pueden ser ricas, pobres, buenas o malas; eso no te incumbe, corre por cuenta de ellas, nuestra tarea no es juzgar, es hacer magia.
―Nunca te impongas, pero tampoco dejes que los demás manejen tus tiempos y tu vida.
―No prometas algo que no puedas llevar a cabo. Cuando prometas, termina tu costura la noche anterior”.
Sofía tomó a Vinca del rostro, le dio un beso en la frente, besos en ambos ojos, en las mejillas, la abrazó dulcemente y antes de retirarse, estuvo 2 minutos susurrándole al oído “el secreto”, ese secreto que jamás debe ser escrito.

Cenizas

 por Daniel

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El muerto, su madre y los detectives

Pandora

Cuando echamos a andar hacia el coche, el sol ya se había puesto. Cruzamos el cementerio tropezando, sin decirnos nada. Había varios centímetros de nieve en el suelo y continuaba nevando, cada vez más intensamente, como si no fuese a parar nunca. Llegamos al coche, nos metimos adentro, y luego, contra todas nuestras expectativas, no pudimos arrancarlo.
Miguel soltó una blasfemia. Yo no sabía si reír o llorar. Era de esperarse que el coche no arrancara, habíamos olvidado las luces encendidas y se había agotado la batería.
Sabía que tendríamos que volver a cruzar el cementerio, ir hasta la casa de la señora Poter y pedir que nos dejara usar el teléfono.
Aquel día por la mañana, Miguel me había llamado para informarme que tenía la dirección de la madre del muerto.

El señor Carlos Fernández García, profesor de derecho de la universidad de Oviedo, se había lanzado al vacío, sin razón aparente, desde la terraza de su piso en una sexta planta.
Desde un principio, el muerto, dio problemas. Primero a los peatones que tuvieron que rodear por la acera de enfrente. Luego a los comercios de este lado de la acera. Luego el forense, los investigadores, la policía, etc.
En la universidad no tenían más que esta dirección del muerto. No tenía familia, ni compañero o compañera de piso.
Se limitaba a levantarse por la mañana, ir al trabajo, volver a medio día para comer y volver al trabajo. Por la noche, llegaba en su piso, se hacía la cena y sin más demora se iba a la cama.
Era una persona totalmente solitaria. No tenía amigos, ni participaba de eventos sociales.
Mitad de la policía se había paralizado para encontrar un pariente y sí, encontraron a su madre; que vivía en un pueblo fantasma. Digo, pueblo fantasma, por que era la única moradora de un pueblo en ruinas. Hasta la carretera de acceso estaba cortada por desprendimientos.
Miguel me recogió en mi portal a las ocho y media de la mañana y viajamos siete horas para llegar a lo más cerca del pueblo fantasma donde vivía la madre del muerto.
Era invierno y nevaba constantemente.
Decidimos dejar el coche en la carretera y tomar un atajo. El antiguo cementerio del pueblo. Para cuando llegamos delante de la vieja mansión, mi reloj de muñeca ya marcaban las cuatro y media de la tarde, y mi estomago estaba reclamando algo caliente.
¡La mansión!; era una antigua construcción del siglo XVII o XVIII, en ruinas. Toda la parte oeste estaba derribada y se podía ver claramente el resto de una escalera suspendida en el aire y una puerta de madera oscura.
Entramos por el portón principal y caminamos hasta la puerta delantera.
Después de insistir en llamar al timbre y aporrear la puerta a golpes, alguien la abrió.
Era una anciana de pelo blanco y cara demacrada.
―¿Qué queréis? ―preguntó ella.
Di un paso al frente y saque mi credencial de la policía.
―Buenas tardes, somos los detectives Miguel y Ángela de la policía. Buscamos la señora Poter.
La mujer entrecerró los ojos para ver la credencial que pendía de mi mano. Luego me miró a la cara y me contestó que era ella misma.
―Venimos por un tema relacionado con su hijo. ―dije― ¿Hace cuanto tiempo que no ve a su hijo?
La anciana soltó la puerta y me dio la espalda, caminó con pasos lentos hasta el salón. Nosotros la seguimos de cerca.
―No sé. Ya hace tanto tiempo que Carlos no viene a verme que perdí la noción del tiempo.
Hasta el momento, Miguel estaba callado. Entonces tomó la delantera de la conversación.
―Su hijo se ha suicidado. ―soltó Miguel inesperadamente.
La anciana se giró con los ojos abiertos como platos.
―¿Cuándo ocurrió eso?
―Antes de ayer, por la noche. ―dijo Miguel― Se lanzó al vacío desde la barandilla de la terraza de su piso en Oviedo.
La señora Poter buscó un sillón para sentarse y tapó la cara con ambas manos.
―Sabía que esto iría a pasar algún día…
Me acerqué a la anciana y me agaché a su lado en un fallido intento de tranquilizarla.
―¿Sabe si Carlos tenía algún enemigo o alguien que quería hacerle daño? ―pregunté.
La mujer me miró con cara de espanto.
―¿Cómo alguien que vive en total soledad en un mundo perdido puede tener enemigos?
―¿Qué quiere decir? Explícate. ―exigió Miguel.
―Desde muy pequeño, Carlos era un niño muy solitario. Nunca tuvo amigos en el colegio y su adolescencia, la pasó encerrado en su habitación. Ya en la universidad, nunca tuvo novia, ni amigos, ni a nadie. ―hizo una pausa para tomar aliento― Me extrañó cuando me dijo que se iba a vivir al otro lado del país, que iba a dar clases en la universidad, pero no le dije nada. Hasta pensé que había por fin, encontrado una novia, pero fue peor porque se alejó aún más de mí. Sus visitas comenzaron a ser cada vez más escasas hasta que dejó de visitarme. Ya no me llamaba por teléfono, ni me escribía cartas, simplemente dejé de existir en su vida.
Cuando salimos de la mansión de los Poter, la noche ya se avecinaba. Había comenzado a nevar otra vez y con más intensidad.
Atravesamos el cementerio y allí estábamos, los dos, congelándonos de frío, pensando el volver a la mansión para pedir ayuda.
Fue la primera en salir del coche y sugerir que volviéramos a la mansión.
―Tal vez tendremos que pasar la noche allá, ¿pensaste en esta posibilidad Ángela? ―me preguntó Miguel.
¡Sí, lo había pensado! Sería una noche en una vieja y fría mansión, que se caía en pedazos, con una anciana que había acabado de perder a su hijo, al lado de un cementerio. La idea me parecía horripilante, pero era esto o pasar la noche en el coche.
―Volvamos Miguel, es mejor que estar aquí pasando frío. ―dije al final.
Volvimos sobre nuestros pasos y llegamos a la mansión. La señora Poter nos volvió a recibir de la misma forma, pero con una diferencia, ahora tenía la cara bañada en lágrimas.
Después de una sopa de repollo con zahorias, nos condujo a una habitación en la primera planta.
―Esta era la habitación de Carlos, es la única que se puede ocupar en esta planta que no presenta peligro. Si necesitáis algo, estaré en mi habitación, al lado de la cocina en la planta de abajo.
Miguel escrutó mi cara en busca de alguna pregunta o indicio de algo, pero no encontró nada.
―Dormiré en el suelo. ―dijo.
―No Miguel, esta casa no tiene calefacción, dormiremos más calientes si compartimos cama.
Así fue que, cada uno se acostó con la ropa interior bajo un montón de cobertores y colchas.
En medio de la noche desperté buscando el calor del cuerpo de Miguel. Y este debería estar soñando con alguna mujer, porque lo sentí excitado y con la respiración rápida.
Lo zarandeé para que se despertara, pero fue aún peor.
Miguel se dio media vuelta y me abrazó. Luego me clavó un beso en la boca, mientras que yo intentaba liberarme de sus brazos.
Era cómo si Miguel no fuera Miguel, sino otra persona. Sus manos, ágiles deslizaba por todo mi cuerpo y su boca buscaba rincones olvidados por mi.
Me encontré, de repente, deseando que Miguel no se despertara y siguiera hasta el final de su búsqueda, para tal vez, sólo tal vez, encontrar algo que yo misma había perdido.
Entonces, como por arte de magia, Miguel se tranquilizó. Su respiración volvió a ser normal, y su sueño plácido.
Volvió a darse media vuelta y siguió durmiendo.
Al día siguiente, despertamos con la señora Poter picando la puerta. La abrí yo.
―¿Sí?
―Están aquí los mecánicos. —me dijo.
—Ya bajaremos. Gracias. —le dije antes de cerrar la puerta.
Cuando me di la vuelta encontré a Miguel ya vestido, listo para bajar y marcharse de aquel lugar.
Así lo hicimos. Agradecimos a la hospitalidad de la anciana y volvimos a atravesar el cementerio. Una vez más el silencio pairaba entre nosotros.
Después de que los mecánicos arrancaran el coche y que ya estábamos en carretera de regreso, Miguel me preguntó si había pasado buena noche.
―La verdad es que no muy bien. ―dije, recordando lo ocurrido― ¿Y tú?
―Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba con la vieja, ya sabes, haciéndolo. Era más joven, pero era ella, la reconocí. Tenía un deseo descomunal por la mujer y era como si yo no fuera yo. Pero era yo. ¡Yo que sé!
No dije nada más el resto del camino. No quería que Miguel supiera que yo sabía lo que él había soñado anoche, ni que había disfrutado de su sueño perturbador.
Llegamos en comisaría, hicimos el informe y dimo por caso cerrado.

El Director

 por Marcos
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Hipólito y mi tío Silvestre son la misma jeringa. Cuando no están hablando de crear organizaciones para músico en el país, lo hacen en torno a las que existen en Canadá o los Estados Unidos. En vez de tío y sobrino, parecen gemelos gestados por una sola madre: La música.
A pesar que en nuestra familia casi todos somos fanáticos del pentagrama, ver de lejos a Hipólito y a mi tío Silvestre es bueno, pero de cerca, hay que estar dispuestos a que te revienten si no conoces nada sobre los temas que abordan.
Y por lo regular siempre hablan de lo mismo. Que si ya conseguí la última revista The Clarinet de la Asociación Internacional de Clarinetistas. Que si miren las conquistas de los que se afiliaron a la Federación Americana de Músicos en 1942, tras la  interdicción en las grabaciones comerciales de sus miembros. Que si después de sus luchas, obtuvieron mejores regalías para los  artistas de la grabación. Que si ahora, están peleando contra los problemas que causan los productores con la utilización de orquestas virtuales en vez de profesionales de la música o que si esto o aquello.

Y a ello, súmele las canciones preferidas de Silvestre —Muchachos,  hay que sindicalizarse, hay que nutrirse sobre las normas y derechos nacionales e internacionales  que rigen la materia musical. Leer, dialogar y concertarnos, nos puedan avalar un mejor futuro. Les recalco aunque aburra, que la presencia y la personalidad son fundamentales en todo tipo de trabajo. Si queremos que nos respeten, hay que esmerarse con la presencia personal. A cómo te ven, te tratan…
Respaldar sin reparo a todo lo que dice el tío Silvestre ha generado que Hipólito se haya convertido en su sobrino favorito. Por eso, con la invitación que le hicieran a éste como maestro invitado  en el XXII Foro de de Compositores del Caribe y el III Encuentro  de Musicología del Caribe en Puerto Rico, está que no cabe en el pellejo, abocando ese logro a su tutoría.
—Lean lo que dice aquí —subraya mi tío Silvestre haciendo hincapié en el contenido del escrito — “…el compositor y pianista colombiano Rodolfo Ledezma expresó que el equilibrio interpretativo de Villarreal fue muy acertado, tanto técnica como musicalmente —hace un alto, sonríe  y reanuda la lectura— Realmente Hipólito logró comprender con gran claridad todas las exigencias fraseológicas y expresivas de mi obra y esto ha sido para mí una grata experiencia musical, cuando lo escuché en su excelente interpretación”.
“Clavo” quien es pariente de Silvestre y de mi madre, me mira y nos sonreímos. A la saciedad sabemos que cuando algunos de nuestros allegados o familiares brillan en cualquier  ámbito el que más lo goza es mi tío y con lo del primo Hipólito, está en esos momentos de placidez que quisiéramos que durara por siempre.
Porque hay que saber que cuando Silvestre Isidoro Villarreal Pino se enciende, mejor es apartarse de allí.
Si lo sabré yo que he salido con el carácter parecido. Y vayan a ver cuando nos enfrascamos en esas discusiones sobre concordancia o modulación por citar algunos de los casos y los que por lo regular resultan vanos y sofocantes.
Él por ejemplo, le gusta insistir en que no hubo en los 40 un músico que lograra superar a Glen Miller y yo me retaco en que para mí, el que marcó toda una época fue Benny Goodman. A confesión y pecado, tengo que decir que algunas posiciones contrarias a la del tío, se dan más por sacarlo de sus casillas que por ganarle una discusión, lo cual,  es casi imposible.
Porque tanto se arrebata nuestro tío, que Clavo” cuenta una y otra vez que en días pasados, su orquesta fue contratada para amenizar uno de los bailes en unas fiesta patronales.
Antes de abrir el local en donde tocarían,  “Clavo”, estaba que no sabía qué hacer  para atenuar la inquietud porque su hermano “Pelusa” no llegaba y personalmente no tenía la intención de asumir el trabajo de este en cuanto a armar los micrófonos ni nada que se le pareciera.
Estaba aburrido de que cada vez que “Pelusa” se perdía, a él, por llegar antes que nadie, cargaba con lo que no era su responsabilidad.
El problema no era que no pudiera ayudar a armar los atriles, instalar el  equipo de sonido ni de colocar las bocinas estratégicamente.
La evasiva se fundamentaba en que a Silvestre, pese a todas sus argumentaciones sobre los derechos de los trabajadores, se le olvidaba  que le pagaba por tocar los timbales y no por hacer tareas adicionales.
—Si por lo menos me reconociera un poco más de dinero por los trabajos extras pero que va, primero se le seca la mano antes que meterla en el bolsillo  para soltar más de lo que pacta contigo. Aparte de que te sudas por gusto, tienes que aguantarlo cuando empieza con aquello de que —así como te ven te tratan. Si cada uno de ustedes no cuida su imagen, colectiva o individual a la hora de buscar contratos, podemos quedar  fuera de cualquier jugada.
Yo sabía que  “Clavo” no mentía porque mi tío Silvestre podía recitar todo el día la misma cantaleta y cuando se daba la oportunidad, volver a sacar el mismo disco.
En parte Silvestre no era culpable de ser tan necio a la hora de  llamarle la atención a uno y peor cuando las cosas no le salían como las  planeaba.
La neurálgica  actitud de Silvestre se fundamentaba en la educación que le inculcó nuestra abuela.
Porque ser hijo de la maestra Araminta Pino de Villarreal, conllevaba su pro y su contra.
Lo  bueno, el insistente afán de sembrar en los suyos los suficientes principios morales y la objetividad para alcanzar las metas que fuesen necesarias. Sobre todo, para convertirse  en profesionales capaces y dispuestos a solventarse sin depender de nadie.
Lo malo era el obsesivo apego al orden y a la estricta organización el ejecutar cualquier tipo de empresa.
Aunque el marido murió dejando a los hijos chicos, la maestra Araminta nunca  permitió que ninguno de los  cinco que tuvo, trabajara mientras  estudiaba.
—Tripartismo —decía —el gobierno tiene que mediar entre las empresas y los organismos sindicales para que si faltan los padres, los hijos no queden al garete. Les juro que como viuda, me sacrificaré hasta donde pueda pero, exponer a que mis muchachos distraigan su futuro por ayudarme en los gastos de la casa jamás.  Trabajando o no, es fácil que un chiquillo se te pierda con los vicios, las malas mujeres, el ron o la holgazanería, pero peor es si no lo estimulas a que se forme y que finalmente obtenga un diploma con el que se respalde profesionalmente.
Me duele en lo más hondo del alma observar a esos muchachitos que tienen forzosamente que lanzarse al trabajo y dejar la educación. Por ahí los ves  con el espinazo pegado a duras faenas por pocos reales. Eso, cuando cuentan con un empleo. El problema se da en el momento en que no hay nada que ganar. Allí  es que comienzan a perderse o a alejarse de sus hogares para correr tras el dinero.
Y Silvestre criado en medio del catecismo, del “te toca fregar los platos” y del “cuando hablan los mayores, los menores desaparecen” resultó uno de los mejores adeptos de los principios maternales.
“Clavo” bien que lo sabía pues desde niño había convivido con Silvestre. Tanto, que le inculcó  ser músico como él.
Porque Silvestre era un imán al que fácilmente se le pegaban todos, quedando magnetizados con su energía musical. Que decir que el haber demostrado desde que empezó a caminar, que era un  virtuoso en la música, motivó   a mi abuela a llevarlo de la mano hasta graduarlo como profesor de música y de expresiones artísticas.
Y como dicen que un apasionado músico no está tranquilo hasta formar o un ser parte de un conjunto, allí está  Silvestre sonando y sonando por todo el país y facilitándole una fuente de trabajo a algunos amigos de la infancia.
Claro que por ser familiares o conocidos desde la niñez, varios abusan de la confianza y hacen coger sus rabietas a Silvestre. Entre los más frescos está  “Pelusa”  quien se lleva el premio mayor.
Y no es para menos pues a pesar de ser primo de Silvestre, en muchas ocasiones se le pierde y el hombre tiene que vérselas a gatas instalando los equipos de sonido y viendo a ver de qué manera se las ingenia para acomodar las pesadas bocinas.
No obstante a la irresponsable actitud de “Pelusa”, Silvestre prefiere tragarse el enojo que perder a un perfecto ingeniero de sonido como lo es el sobrino de su madre.
“Clavo” se ríe y continúa contándome que claramente comprendió que esa noche, resultaría otra en la que Silvestre iba a coger su rabieta. Estaba convencido de que “Pelusa” andaba detrás de una aventura y que como otras veces llegaría como si nada hubiese pasado.
Y no se equivocó. Al rato, en el amplio salón de baile, se apareció Silvestre preguntando por cada uno de los integrantes de su orquesta y en especial por “Pelusa”.
Como era su costumbre, llevaba el traje que luciría, guindado en un gancho, para que no se le ajase. Esa era una de las mayores preocupaciones de Silvestre. Que tanto él como sus músicos estuvieran impecablemente vestidos.
— “Así como te ven te tratan” —trillaba hasta el aburrimiento —les aseguro que aunque tengas mucha plata en los bolsillos, y andas mal vestido, la gente no deja de mirarte como un desparpajo. Claro que por la plata te van a atendedor de maravilla pero no es lo mismo que si andas bien pulcro.
Y Silvestre refunfuñando por la frescura del primo y por la falta de colaboración de los miembros de su banda, empezó a desenrollar cables, a acomodar los micrófonos, a instalar las bocinas y a llenarse de polvo y de suciedad.
—Este cabrón de Pelusa me ha jodido —vociferaba Silvestre —que necesidad tengo de cansarme por gusto y de estar cochino como un pordiosero si para eso le pago bien.
Dice “Clavo” que estando en esa ocupación se trepó a la tarima uno de esos borrachos que no esperan a que la fiesta inicie para estar fuera de sus sentidos y comenzó a perturbar la faena de mi tío Silvestre.
Por más que mi tío  le insistió al tipo que lo dejara trabajar, más insistía el otro en ayudarlo.
— Oye  — le gritó mi tío a “Clavo” — por favor vete a buscar a un par de policías y que bajen a este pedazo de pendejo de aquí, que nada más me sirve de estorbo.
Sostiene “Clavo” que antes de que la cuerda reventase por el lado más flaco, más que cumplir la orden, lo que buscó fue  alejarse de la posible lluvia de regaños que pudiera caerle por cuenta de otros.
Tan rápido acató  el mandato que no se fijó que bajando él por un lado, el borracho lo hacía  por el otro.
—Señor policía, señor policía  —le dijo solícito a uno de los agentes que cuidaban aquella plaza de baile —soy uno de los músicos que va a tocar esta noche aquí y le vengo a pedir el favor de que nos baje a un borracho que nos está enredando los cables que vamos a usar esta noche.
Como notó que los policías atendían de inmediato la solicitud, prefirió irse a tomar un refresco que escuchar  las lamentaciones de Silvestre.
Sin poder aguantar la risa “Clavo” me cuenta que no pasó mucho tiempo y que de repente escuchó una algarabía en la tarima.
—Coño, suéltenme que yo soy el director de la orquesta. Esto es un abuso, como me van a bajar de aquí como si fuera un delincuente. Yo soy el Profesor Silvestre Villarreal Pino. Como es posible que ustedes no me conozcan. Miren ese señor que viene allí es uno de mis músicos…Clavo…Clavo –comenta que lo llamó  contrariado.
—Señor, ¿Este no es el borracho que estaba enredando los alambres de los micrófonos?
—¡No, no! —dice “Clavo” que contestó tratando de contener la risa —ese es el Director de la orquesta.
—¿El Director?  —preguntó extrañado el policía que aún sostenía a Silvestre agarrado por un brazo.
—Claro que el Director  —contestó Silvestre dejando ver su enojo.
—Bueno –exclamó  el policía —la verdad es que yo no sé mucho de música ni de estas cosas pero le voy a aconsejar que si usted es el director de esta orquesta, para otro día, trate de vestirse mejor. A decir verdad y por favor me perdona pero, yo a usted no le veo facha ni de tocador de platillos… y  lo cierto es que a como te ven, te tratan…

Desventuras de un peluquín

por Graciela

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