miércoles, 1 de junio de 2011

Inédito encuentro con Tomasa

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por María Domingo

       Hoy he salido de compras. Es sábado por la mañana. Hace un día precioso. Las calles saturadas de gente, miran los animados escaparates.
       Voy en busca de una amiga. He quedado con ella en una moderna cafetería.
       Distingo una buena mujer vestida de negro. Le embarga un gesto grisáceo y triste. En su rostro se detecta sufrimiento marcado en sus pliegues las penurias que la vida le ha regalado. Parece perdida entre el gentío. Se mueve con indecisión.
       Alza su mirada hacia mí. Creo que ha detectado mi presencia. Esboza una linda sonrisa, la cual ha humedecido mis sentidos. Se aproxima y me susurra:
       ―Por favor, ¿puedes indicarme el camino para ir a mi casa?
He sentido un hachazo en mi magullado corazón.
Un nudo en mi garganta impedía que mi voz surgiera al exterior. Mi tristeza marcó el espejo de mi alma.
       Creo oportuno mostrar naturalidad y afecto ante aquella dulce mujer, a pesar de mi bloqueo confuso.
       ―¿Está sola?
       ―Creo que sí ―contestó.
―No sé preocupe. Yo la ayudaré a volver a su casa.
Ignorante de cómo salir de tan caótica situación, lo principal, inicialmente es calmarla, luego ya veré como salir de semejante embrollo.
       ―¿Cómo se llama?
       ―Creo… Tomasa
       ―Bueno no importa, que más da el nombre.
       ―¿Tiene hijos?
       ―Sí.
       ―¿Cómo es su casa?
       ―Muy bonita. Vivo con mucha gente de mi edad. ¡Ah no! ¡Esa no! Quiero ir a la de mis padres, mi madre me espera a comer.
       ―¿Dónde están sus hijos?
       ―No lo sé. Me acuerdo mucho de mi madre. ¿Puedes llevarme con ella?
       Comienzo a encajar las piezas de un puzzle del cual desconozco, pero a la vez que tranquiliza a Tomasa me orienta para recomponerlo.
       ―¿En su casa hay algún jardín? ¿Salen de paseo?
       ―En la de mi madre no. Pero ¡Sí! veo un bonito césped. Paseamos, algunos en sus sillas de ruedas.
       ―¿Cómo te llamas, maja? – Insinuó Tomasa
       ―Micaela.
       ―¡Ah!
       Ya tengo datos suficientes. Por lo menos se me ha ocurrido una posible solución, para ayudar a Tomasa.
       ―¿Cómo te llamas, maja?
       ―Micaela, ya se lo he dicho, ¿no lo recuerda?
       ―¡Ah sí!
       Vamos a ir a un lugar, que le va a encantar, venga conmigo, vera...
       Caminamos, dialogamos ambas, ella disfruta de mis preguntas, pese a que muchas no puede responderme, pero sigue mi dialogo o por lo menos eso intenta. Tomo conciencia de cada detalle de la cálida tertulia, me intriga enormemente su actitud. Ansiosa por proteger a esa entrañable mujer.
       Ella, en su dulce ignorancia me aporta una sensación única, peculiar. En mi descubrimiento mientras charlo. Detecto anhelo desmesurado por llegar a su destino, a su afable casa.
       Llegamos a una calle ancha y soleada. Una casa grande con una entrada con escaleras y una rampa. Por la expresión de Tomasa observo que aterrizamos en su domicilio.
Sale una señorita con un pijama blanco, se trata de una de las cuidadoras.
       ―¡Tomasa! ¿Dónde te has metido? ¡Granuja! ¡Te has escapado otra vez!
       Sosegada, un aroma con leves pinceladas de tranquilidad acaricia mi alma.
       Contemplo a Tomasa. Le invade una expresión apagada, sus ojos brillan húmedos, espolvorean unas gotas de desaliento.
       ―Tranquila cariño. – Le coge de la mano la muchacha y se pierden en la claridad de una alegre galería.
       ―Espera un momento―me indican.
       Se presenta una mujer de mediana edad, alta y muy espabilada.
       ―Hola soy la directora del centro. Quiero darte las gracias.
Tomasa es muy inteligente. Busca continuamente la forma de salir. Han salido al paseo y se ha escondido. ¡Menudo disgusto! Muchas gracias, de nuevo.
       ―No sé preocupe. Mis deseos se han centrado en descubrir su paradero. Sin datos, no es apropiado abandonarla.
       ―¿Cómo has sabido que. ?
       ―He seguido su pista. En su amable compañía he detectado pequeños detalles. Sus cometarios repetitivos han sido una pista que me ha llevado a ver que está en una fase de su enfermedad primaria y su viaje por su niñez ha sido la clave. La forma de hablar de su casa me ha traído hasta aquí.
       ―La verdad me ha impresionado, ¡Estoy fascinada! –Exclamo la Directora del centro.
       Percibo la emoción acumulada en aquellas acogedoras palabras y le expreso mis impresiones.
       ―Me ha regalado un apasionante paseo. Seducida por su ignorancia e olvidadizos detalles momentáneos, ha calado en mi esencia su ternura. Dándome vida, porque he visto en sus ojos esperanza al sentir mi compañía y apoyo. He intentado colarme en sus sentimientos, y he descubierto a un personaje que la acapara, el Alzheimer.

¿Por qué?

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por Fernando

       No hay ninguna razón que justificase la actitud de Helena. Busqué con cuidado todo tipo de argumentos, descartando sucesivamente cada uno de ellos, incluso volviendo sobre alguno que pudiera haberse modificado por la lógica de uno posterior o la aparición de algún nuevo factor o condicionante. Y si justificar su proceder me resultó, a la luz de la minuciosa reflexión, un imposible, el tratar de comprender el por qué de su proceder se constituyó una quimera. Siete justificativos resultaron no inherentes a la naturaleza de Helena, otros tantos fueron descartados por poseer una condición que en los hechos no se presentaba, dos se desecharon por inverosímiles.       
       Tal y como sucedieron las cosas, el único camino que me quedaba era el de meterme en la piel de Helena, adentrarme en sus pensamientos, penetrar en sus sufrimientos, bucear en sus anhelos, esperanzarme con sus ilusiones, abatirme con sus debilidades, deleitarme con sus gozos, compartir sus proyectos, recorrer sus rutinas, sobrellevar sus fracasos. ¿Cuál habría de elegir como punto de partida de mi viaje al interior de mi amada? Sin duda había de ser aquello que más conocía. En esta categoría se podría ubicar la rutina, los anhelos y los fracasos. El primero por haber compartido cinco intensos años de su vida, el segundo y el tercero sencillamente porque me los ha expresado. Sin embargo, elegí el primero, que era de rigurosa objetividad y, sin duda, mucho más completo que los otros dos.
       Helena gusta de despertarse temprano, las cortinas de su departamento permanecen levantadas, de modo que el alba penetra en su habitación y le anuncia el momento de levantarse. El desayuno es escueto pero reposado, una gran taza de café negro, un par de tostadas, queso descremado y las secciones de espectáculos, cultura, sociedad y algo de política del diario La Nación, eventualmente, cambia la lectura cuando un libro la ha atrapado. Por el transcurso exacto de sesenta minutos trota alrededor de la plaza de la Misericordia y concluye con una veloz ducha bien caliente. Camina unas cinco cuadras hasta la estación del subte que la dejará en Plaza de Mayo. Saluda a regañadientes al portero, al de seguridad que no deja de insinuársele, a la recepcionista que no soporta porque dice que es una chismosa, a unos cuantos compañeros pedantes y solamente sonríe cuando se cruza con Miriam, su amiga y confidente. Archiva, tipea, corrige, despacha y recibe carpetas llenas de papeles grises. A la una, con Miriam, caminan hasta la plaza Arlt para comer una manzana, un yogurt o alguna barrita de cereal, y conversar de hombres, de novelas y chismes farandulezcos. De las dos a las cinco archiva, tipea, corrige, despacha y recibe carpetas llenas de papeles grises. En su retorno, para viajar sentada, espera un subte más, coquetea visualmente con un rubio habitué del horario, lee un libro, casi siempre un thriller. Camina hasta el supermercado chino, compra lácteos, verduras, pastas y de vez en cuando carne. Se desparrama en el sillón, toma café, mira la novela de las siete y algo del noticiero, apaga la tele, prepara la comida, siempre con verduras, toma una copa de vino blanco frío, pone la mesa, come con lentitud exasperante, lava la vajilla. De nuevo se desparrama en el sillón, me llama por teléfono, me cuenta lo mismo de todos los días, el calor del subte, el idiota de seguridad, el insoportable del jefe y sus arbitrariedades, los novios efímeros de Miriam, los papeles grises. Suspira lejana, me pregunta sobre mi día, su voz es tenue, cansada. Me saluda, me dice que me ama, suena sincera pero triste. Se duerme con el libro en su regazo, apaga la luz a las tres. Cuatro días repite cada uno de sus actos casi a la perfección, el quinto es igual hasta las cinco. Con Miriam y alguna otra compañera aprovechan el after hour, toman cerveza, destrozan a alguna mujer, suspiran a algún hombre, conjeturan sobre la novela, chismosean de la farándula y anhelan vivir como las de Sex and de City. El sábado todo arranca igual. Camina unas cinco cuadras hasta la estación del subte que la dejará en Boedo. Almuerza con su mamá, hablan de la rutina, de mí, sufren la ausencia de su padre. Vuelve a casa, duerme hasta las siete, se levanta, toma café, me llama, combinamos el lugar y horario de encuentro, se ducha, tarda una hora en arreglarse, a veces hora y media si no le gustó la imagen que le devolvía el espejo. Nos encontramos, cenamos, bailamos, nos acurrucamos en mi departamento. Dejo las persianas levantadas, el sol la despierta primero a ella y me zamarrea infructuosamente durante veinte minutos. Compro facturas, tomamos mate, vamos a casa de mis viejos a comer asado. Duermo la siesta, ella conversa con Marta, mi mamá. Me levanto, tomamos mate, la acompaño hasta la casa, cenamos empanadas. Me despido.
       Hasta aquí repasada la rutina, no divisaba la solución de mis preguntas. Me sumerjo en sus anhelos.
       Banalmente, repite lo de que anhela vivir como uno de los personajes de la serie Sex and de City, aunque más como un juego, creo, pues ha dicho infinidad de veces que ser mamá la haría muy feliz, pero por alguna razón, y aquí mezclo anhelo y debilidad, no se siente preparada para enfrentar la maternidad. Veo una luz aquí, profundizo: ¿Qué puede hacerla pensar que no está preparada? Podríamos decir: tiene tan sólo veinticinco años, pero no parece un argumento sólido, hay mujeres que son, y lo hacen con suficiente prestancia, madre desde pequeña edad, adolecentes que maduran con rapidez. También podríamos argüir su temor al sufrimiento, el parto podría acobardarla. Tampoco debemos descartar que se trata de una persona muy independiente y que hace uso de sus libertades en forma plena, como bien ha quedado expresado en la rutina diaria, y que cargar con la responsabilidad de la crianza de un hijo le restaría autonomía, la limitaría. Creo haber abordado, con la maternidad, uno de los posibles disparadores, aunque no descarto los miedos al sufrimiento, me inclino más por el lado una de vida condicionada. La dualidad “quiero ser y dejar de ser para” la ha trastornado o al menos la ha conflictuado, emprender un embarazo, implica ya desde la misma naturaleza, compartir, dividir cromosomas (aunque ello sea imperceptible), compartir (repito porque no encuentro otro sinónimo que exprese mejor el hecho) durante meses el propio cuerpo, compartir el tiempo, los espacios, alegrías, sufrimientos, temores. Yo tampoco la he ayudado demasiado con comentarios del tipo: “¡Qué lindos son los chicos… de los demás”
       También he agregado, dentro de sus anhelos, uno que, no por más general resulta menos fuerte en ella, y hablo de la Felicidad, así escrito con mayúscula, porque hemos conversado largo y tendido de ello y sin duda es insoslayable en ella (¿en quién no?). Está claro que ni el recorrido ni la meta que nos lleva a la felicidad es para cada persona el mismo, por tanto hablar de felicidad para Helena significa realizarse, cuestión difusa si se quiere, realizarse en lo laboral, acceder a un cargo gerencial, realizarse como madre (con los reparos ya mencionados), realizarse como mujer, sexual y afectivamente hablando (desde una visión moderna, aunque, según mi entender, incompleta, pues en su naturaleza misma lleva inscripta su función materna, función que mes a mes su propio cuerpo le recuerda). En la enumeración se agregó el mantener una familia unida. Finalmente después de muchas vueltas y a pesar del enunciado, concluí que la felicidad para Helena no dista demasiado de la del común de los mortales.
       De los fracasos determiné que, en lo laboral, aunque el camino es largo, perder por dos veces consecutivas la posibilidad de tomar un cargo superior ha sido frustrante para ella. En esto y en la maternidad quedó circunscripto, a mi entender, los, hasta ahora, fracasos. Y de ello se desprendió que haberse realizado como mujer y tener una familia unida son con claridad sus gozos mayores, y los menores, algunas de esas pequeñas rutinas ya relatadas.
       Dentro de sus proyectos seleccioné: un auto, departamento propio, retomar los estudios universitarios y escribir un libro. Ninguno de ellos, a mi entender, le quitó el sueño.
       Hasta aquí he hablado de anhelos, ilusiones, debilidades, gozos, proyectos, rutinas y fracasos, me restaba adentrarme en sus sufrimientos. El primero que determiné es el de haber perdido a su padre dos años atrás, fue un golpe duro, eran muy unidos, desde entonces ha sufrido mucho la falta. Otro es la dificultad que tuvo para mantener su figura esbelta, siempre la hizo sufrir el yogurcito y la manzanita, saber que una caloría de más le haría perder la forma. No encontré ningún otro que resultase significativo.
       Como se ve, he estudiado y repasado con amplitud su vida sin encontrar una razón, causa o justificativo lo suficientemente contundente para explicar por qué Helena me asesinó hace dos días empujándome por el balcón de su casa mientras yo cambiaba una lamparita subido a la escalera. La verdad es que pasé dos días de angustia, de desolación y por más que exprimí mi inteligencia al límite de sus posibilidades no pude encontrar el por qué. Pero una razón había escapado a mis análisis. Hoy por la mañana me ha visitado Gabriel y me ha dicho que, aunque el jefe no le ha revelado los pensamientos de Helena —al parecer por aquí se reservan estos datos hasta que mueres—, él ha escuchado, por allí abajo, que han comentado en los noticieros que liberaron a Helena, que un joven voyeur que la espiaba habitualmente ha presentado una filmación del momento en que me empuja por el balcón, en la que se ve con claridad que se tropieza con el marco de la ventana y cae sobre la escalera provocando mi salto al vacío, que Helena ha confirmado con su declaración que al correr hacia la baranda, porque Tomás, el gatito cachorro que le regalé, estaba asomando su cabeza peligrosamente entre los barrotes, se tropezó.
       Pensar que tuve que insistirle tanto para que aceptara a Tomás, convencerla de que un animalito le haría compañía y que en esos momentos en que la soledad duele, la consolaría. Por aquí me han hablado de destino, de la voluntad del eterno, aunque yo no puedo sacarme de la cabeza lo que decía mi papá: “Juan Carlos, dejate de joder con los animales”.

La urna

por Roberto C

     Es sábado por la tarde, estás en tu casa y te preparas para reposar la comida tomando una siesta; el vino que con que acompañaste tus filetes te mantiene adormilado. De súbito suena el teléfono...
     —Diga...
     —Hola, Luis, habla Rafael. Te llamo para decirte que el marido de Ángela acaba de fallecer...
     —¿?
     —Lo velan en la agencia Las Villas de San Jerónimo.
     Aturdido por la noticia, como acto reflejo miras tu reloj; son apenas las seis y media de la tarde: muy temprano para lo que te espera de día.
     —Qué le pasó?
     —¿Te acuerdas?, andaba muy enfermo y, pues ni modo, no aguantó. ¿Vas a ir?
     —Sí, pero más tarde.
     —Todavía tienen que prepararlo y eso tarda como tres horas. Nos vemos en la agencia como a las diez.
     —Bueno, no vemos.
     No asimilas bien la noticia, te impresionó más la llamada fuera de la rutina que la noticia misma: tu fin de semana de asueto expiró.
     Decides descansar un rato antes de ir, sabes que tendrás que estar despierto hasta entrada la madrugada...
      Son las ocho de la noche, despiertas de tu siesta y te arreglas con ropa para funeral: pantalón gris, camisa blanca, saco negro, sin corbata (no quieres parecer demasiado formal). Sales en tu auto rumbo a la agencia, pasas por ahí todas las mañanas cuando vas al trabajo, tomas la misma ruta, como animal de costumbres, hasta ahora haces conciencia de la funeraria, no habías imaginado que serías visitante. Llegas demasiado rápido, entre semana tardas casi una hora y hoy lo hiciste en 20 minutos. —Si siempre estuviera así— murmuras.
      Dejas tu auto con el “valet” y buscas el directorio. Tienes que subir al segundo piso, sala once. Tomas el elevador, vas solo, tu imagen se refleja al infinito en los espejos encontrados. La puerta abre hacia un gran salón recibidor. Un cubo de luz con una gran bóveda al centro limita cuatro pasillos a su derredor. Sales y quedas admirado por la decoración general. Te asomas por el barandal y miras el piso de mármol de la planta baja. Oscuras puertas corredizas con vitrales en cristal biselado transparente con figuras geométricas te rodean, soberbia elegancia. Buscas la sala once, está al lado de la cafetería. Entras y no ves a nadie conocido. Sólo algunos cariacontecidos sentados en una salita de recepción
      —Buenas noches, dices a todos y a ninguno
      —Buenas noches, te contestan por compromiso.
      Cruzas hasta la sala principal y te sientas en un gran sofá de cuero marrón.
      De otra sala como cubículo sale Ángela; al verte hace una mueca que quiere ser una sonrisa. Se te acerca y no te das cuenta que ya te tiene abrazado, sollozando en tu hombro. No entiendes lo que dice; mascullas algo que ni tú mismo sabes qué significa. En tu auxilio llega otro visitante y Ángela te libera.
      Te acomodas en solitario en una butaca hasta el fondo de la capilla a media luz, pero mirando directo al velatorio. Todavía no traen el ataúd. Tampoco hay flores. No quieres comprar un ramo, se vería ridículo entre tanta soledad. Los cirios son lámparas de neón que parecen llamas movidas por el viento. Quedas hipnotizado por las flamas eléctricas. No te das cuenta de que tu amigo Rafael te está saludando.
      —Qué onda, Luis, hazme caso
      —¡Ah!, disculpa, no te había visto. ¿Cómo estás?
      —Más o menos. Qué mala onda, ¿no?
      —Psss, suele suceder
      Empieza a reunirse más gente, miras el reloj: pasadas de las once...
      Ves grupos de tres, cuatro, por todos lados; unos, solemnes hablan a media voz, mientras que otros, como si estuvieran de fiesta. Caminas entre ellos para enterarte de qué hablan. Con los que te conocen intercambias saludos breves. Te preguntas cuándo traerán el féretro. Nadie parece extrañarlo.
La base del velatorio se llena con arreglos florales, no te diste cuenta cómo lo fueron cubriendo; ahora sería ridículo traer tu insignificante ramo. De pronto descubres una pequeña computadora portátil que presenta escenas de la vida del fallecido. Te quedas mirando el avance de las fotografías: de vacaciones, en su trabajo, en fiestas.
      —Cómo han cambiado los funerales. Le comentas a Rafael.
      —¿Qué dices?— responde distraído, viendo a unas jóvenes reunidas como si estuvieran en una disco, de riguroso luto, pero relumbrantes de pedrerías de fantasía y dejando mucho a la imaginación.
      —Que cómo han cambiado las costumbres: no hay muerto presente, pasan un show en una PC; la gente, como de fiesta: sólo falta la rifa y al alipúz, Cómo te envidio, Chava. Yo ya me voy y regreso a la incineración— dices con evidente enfado.
      —Me despides de los demás. Abandonando la capilla.
      Te cuesta trabajo salir, por todos lados hay grupos platicando, contando chistes, muy pocos conmovidos; la mayoría están más por obligación que por solidaridad con los deudos. De seguro al salir se van a un antro — sigues pensando.
      En la salida tropiezas con otros visitantes. No soportas el ambiente festivo de la concurrencia. Regresas malhumorado a tu casa. Confirmas que ya no hay respeto para la gente, no encuentras a Ángela para despedirte.


      No has dormido pero te levantas tarde, tienes que regresar a la agencia; te bañas esperando que el agua fría te reanime. Decides darte una ducha caliente. Te arreglas de una manera informal aunque respetando los colores. Te vistes de pana azul marino.
      Desayunas ligero, esperas que la cremación no tarde mucho y puedas comer las codornices que tanto te gustan acompañadas de un vaso de vino blanco. Llegas a la funeraria y te extraña que el estacionamiento esté casi vacío. Te diriges a la capilla y encuentras que la ceremonia ya ha terminado. Buscas a Rafael y a Ángela, Los encuentras rodeados de otros amigos que ya se despiden. Ángela tiene una urna en sus manos. Te sorprende verla muy elegante, su cara no refleja cansancio, ha de haberse dormido en su casa. Sólo tiene los ojos enrojecido por el llanto
      —¿Qué vas a hacer con las cenizas? Le dices
      —Llevarlas a casa
      —¿Estás segura? ¿No sería mejor ponerlas en un nicho en una iglesia?
      —No
      —¿De veras? Tómalo con calma y piénsalo
      —Ya lo decidí
      —¿Mmm y?
      —¿Y qué tal que yo quiero que sea mi fantasma?

domingo, 15 de mayo de 2011

Los ojos que presienten (Ejercicio)

 Lila Daviña
No, no te culpo m’hijita; así es como debe ser. Tanto tiempo mirándote desde mi ojo sano, tanto tiempo queriendo no saber, lo que el otro, ciego, registraba. Pero la asfixia me acalambra el pecho, atenazaba la garganta y la mano, como si no fuera mía, me apretaba los labios. Para no gritar de miedo y soledad.
¿Sabés? Parece que río, o que lloro, depende. Depende con qué ojo enfrento la vida, tan complicada ahora que me suma más arrugas a los años cansados y resecos.
Te vi nacer, peludita y colorada, chillando como un chanchito de monte adentro, que de ahí venía yo. Te crié como si fuera tu madre, que ella se fue después vaya uno a saber detrás de qué. 

Nos arreglamos bien en esta casa mitad barro, mitad bloques, con cortinas floreadas en vez de puertas adentro. El mediero nos ayudó a poner el portón de chapa y la casita quedó segura con los mimbres que sombrean el verano y los malvones rojos en los tarros pintados. Trabajamos un lote, maíz, calabazas, sandías, mandioca y lo que sea que venga  en esta tierra dura y polvorienta. Cuidamos los animales de la casa grande, changas para el capataz que nos ayuda.
Yo te enseñé las cosas de la tierra, cuentos de hormigas y avispas coloradas, de la seca del río y las heladas negras, del té de yuyos que saca el dolor de muelas y te tiré el cuerito para el desempacho. Te gusta oírme contar la historia de la chispa que saltó del brasero y me chamuscó el ojo izquierdo  cuando era chica y ahí se me nubló el mundo. De ese ojo que quedó gris, a veces me sale un agua triste aunque yo esté contenta  y parezca que ría. Cosas de vieja sonsa son, de vieja que no es leída pero que sabe de pariciones en las tormentas, de males de envidia y curaciones a distancia. Vos me enseñaste de a poquito a leer cuando fuiste a la escuela, porque sos entendida y los ojos te brillan.
Un día viniste acompañada, contenta con el amigo nuevo  e insististe para que se quedara en las casas. No hay comida, dije, pero tozuda vos, que ya te arreglarías. Donde comen dos, comen tres repetite el dicho que yo a veces decía. Y se quedó nomás a pesar de que te avisé que el ojo ciego sentía el ardor del agua que se le escapa a veces y que el otro ojo  era más comprensivo: los chicos necesitan  compañía. Pero toda yo sentía que no se acercaba con buenas intenciones; a esos en el monte los animales les sienten el olor y se disparan. Estábamos ahí y yo iba  viendo día a día cómo te cambiaba la mirada  cuando te veías en sus ojos o te acercabas con el plato de comida, o le tendías la manta  en el piso de barro y sesteaban juntos. Vos lo acariciabas y él te olía toda como a una fruta salvaje.
Hubo  mucho después rasguños y quejidos; intranquilas noches  de luna o ciega ocuridad. El se iba a veces, pero siempre volvía.  El mediero te lo había anoticiado y vos, muchachita insistente te aferrabas a él como a un imán.
Por eso esta tarde cuando te vi venir  sola orillando la laguna entre pastizales, con la ropa en desorden, el pelo enmarañado y  caminando como si el alma se te hubiera quedado en otra parte, me llevé la mano a la boca para ahogar los miedos de la muerte. Tenías sangre en los brazos y te apoyabas en el fusil como un cayado.
No te culpes, m´hijita, por el gato montés que se fue tras la hembra. ¿Por eso lo mataste?
Esta vieja comprende, sus ojos han visto tanto y ya lo presentían.

Guacanic, que quiere decir estrella (Ejercicio)

Norberto

      Ella se llama Guacanic, que quiere decir estrella. No usa documento de identidad, nunca se lo han querido otorgar las autoridades provinciales, a menos que lo hiciera a través de los punteros políticos, quienes los conservan en su poder hasta luego de las elecciones para obligarlos a votar a candidatos predeterminados. A ella no le importa nada esa tarjeta insulsa que no la representa, nunca hay elecciones en su comunidad, y tampoco tiene apellido como exigen los gendarmes. Lleva a cuestas la traza de arrugas del rostro y de las manos, la piel curtida y cetrina, los ojos entrecerrados que parecieran sufrir historias de un ancestral desamparo. Su abuelo fue uno de los pocos sobrevivientes de la Masacre de Napalpí. Su padre fue acribillado en Rincón Bomba, ametrallado por la Gendarmería Nacional. Ella sufre la misma persecución que los va evacuando de las mejores tierras y del acceso al agua, a la salud, a la educación. Perdió a su hombre a fines del año pasado, cuando habían decidido cortar la ruta ya que nadie prestaba atención a los reclamos. De su cuello cuelgan coloridos colaq, y en sus muñecas danzan con seco tintineo los dientes y uñas de animales que lleva ensamblados en los onguaghachik. Casi nunca habla, sobre todo desde que las balas asesinas de los policías acabaran con la vida del Checho, que agonizó en sus brazos pidiéndole que no se fuera de la ruta, que era preferible morir así antes que vivir sometido y humillado.

     El que lleva la voz cantante es Lisandro Orozco, Tayabekel en su lengua nativa, cacique y chamán. Es el que la comunidad eligió para representarlos, hablar con los funcionarios y con los periodistas, salir en todas las notas y en todas las fotos y contarles del algodón y de la zafra y del maltrato y las exclusiones a que los someten. Es un chamán y a él nada le van a hacer los flashes ni los micrófonos ni el atropello de las voces de esta gente que pareciera únicamente escucharse a sí misma. Él usa un chaleco de cuerina gastada sobre una camisa leñadora, y un gorro pasamontañas con relleno de piel que alguna vez habrá sido blanca y ahora apenas se diferencia del oliva del rostro. Lo escogieron porque es el sanador, el que mejor se desenvuelve, el sabio capaz de aguantar la bronca y hablar pausado para explicar las injurias, repitiendo a unos y a otros por qué el gobernador y los hacendados los despojaron de sus tierras, de las pertenencias de los antepasados que ocupan desde siempre todos aquellos que sobrevivieron al exterminio, primero de los españoles, después de los militares, los terratenientes, y ahora de los políticos que defienden oscuros negociados de empresarios despiadados e inescrupulosos.

      El niño es otro de los tantos que corretean por el campamento sin terminar de entender por qué están ahí, para ellos es una fiesta, ni siquiera en su léxico figura la palabra vacaciones, muchísimo menos piquete. Es uno de los nietos del cacique, la quiere mucho a Guacanic que siempre lo está protegiendo. Su tío era el Checho, que perdió la vida durante el enfrentamiento con los policías y los gendarmes cuando estaban ocupando la ruta en reclamo de las tierras. Se llama Nicanor, es uno más de los catorce menores que acompañan a sus padres, recién cumplió los cinco años, pero no importa el nombre, ni los ojos tristes, ni la desnutrición avanzada ni la ropita harapienta y deshilachada que ni lo cubre del clima o del pudor; Nicanor apenas tendrá una azarosa participación en esta historia de reclamos inútiles y desidia.

      Lisandro Stein es periodista, trabaja para el diario Tiempo Argentino. Se encuentra en la Avenida 9 de Julio cubriendo el acto de la CGT. Aburrido, esperando que termine de una vez la concentración para ir a encontrarse con la notera de TN que lo había invitado a comer pizza. En el palco está hablando Moyano, no le presta atención a lo que dice, nada más registra las pausas que el sindicalista hace para que sus adeptos lo aplaudan, repitiendo el mismo recurso de todos los políticos. Lisandro camina entre la multitud, llega a pocos metros del piquete de los Qom, ve elevarse sobre ellos la negra imagen del Quijote brotando de la piedra blanca como en un acto de magia de los propios duendes indígenas. Está por regresar, no le interesa para nada esta protesta de los indios, se lo dijeron bien claro en la Redacción, vos nada más te ocupás del sentir de la gente que concurrió al acto, qué hacen, qué dicen, sobre todo los que hablan a favor, ya sabés, tomá nota, que no se te escape nada, olvidate del resto. Y claro, qué carajo le importa a él ese piquete, él nada más acata las órdenes, considera su puesto en el periódico apenas como un paso absolutamente necesario antes de pasar a la pantalla de la televisión. Ni loco iba a apartarse de la consigna, con los propios objetivos no se jode. Pero Lisandro, a pesar de su escasa experiencia en la profesión y del decidido afán de no discutir y mucho menos exponerse, no deja de percibir ahora ciertos movimientos especiales entre las fuerzas del orden que no le resultan del todo claros.

      El Cucaracha es uno de los principales integrantes de la barra brava de Boca, tiene el acceso prohibido a los estadios, y tres causas abiertas por venta de estupefacientes, extorsión, y asesinato con intento de robo, se encontraba en libertad condicional hasta hace dos meses, cuando dejó de presentarse a las audiencias y lo declararon prófugo. Trabaja a destajo en lo que sea, como guardaespaldas, como soplón, chorro, secuestrador, asesino, de acuerdo a los distintos niveles de demanda en las oportunidades que se le presentan. Además de mantener excelentes relaciones con los servicios y con importantes punteros políticos, tiene una impecable puntería con las pistolas; esta vez lo contrataron por esta razón, desde una fuerza de seguridad que debe mantener el anonimato. Le indicaron la esquina de Salta e Hipólito Irigoyen. Justo en medio de la concentración. Cuando llega caminando, distingue a su contacto al costado de una Trafic de la Federal. Le hace una seña y se acerca, el otro desplaza la puerta y ambos ingresan. Todos los vidrios del vehículo tienen un polarizado oscuro. El capitán Santoro le entrega un sobre del que sobresalen las puntas de un grueso fajo de billetes. El Cucaracha lo introduce en el bolsillo de la camisa. El acuerdo ya está sellado, ahora le van a explicar qué pretenden de él, no tiene apuro, siente el peso del dinero sobre la tetilla izquierda.

      Guacanic está obnubilada. Desde que llegaron hace más de siete meses, no deja de sorprenderla el parpadeo de las luces sobre las altas fachadas de los edificios, con letras y palabras que ella es incapaz de leer y no comprende. Extraña el chillido de la hateguera que vuela anunciando la muerte de un gobernante. Y al sirirí negro pronosticando la niebla o la lluvia. No hay en este lugar de tierra dura y sin vegetación, ni un tetaxañe, ni un pioq, ni un huareguerec, en este paisaje de vértigo y caos por dónde circulan carros extraños que emiten olores repulsivos y sonidos que lastiman. Todavía no se acostumbra ella a ir a hacer sus necesidades dentro de esa caja de plástico, pequeña, incómoda, sin una rama de la cual agarrarse, y con un olor nauseabundo que parece de intestinos en descomposición y le hace arder las fosas nasales. Acepta la comida que les alcanzan en unas cajas y en latas que se abren con unos cuchillos especiales, pero extraña los bollitos de algarrobo, el sabor pegajoso de la mandioca y el placer calentito del añapá durante las noches frías como ésta. Les prohibieron las fogatas, y les trajeron unos bidones de metal que se pueden prender y sueltan llamas mucho más pequeñas que las de sus hogueras, donde calientan agua para el mate. Vino gente que les habló de los derechos humanos, de justicia, de solidaridad. Nunca comprendió qué le decían, nada más le pareció que estaban de su parte.

      El abogado que los representa en Buenos Aires, el doctor Cortés Perenti, se abre paso entre los periodistas de Clarín y La Nación, acechantes a la espera de cualquier elemento que pudiera servirles para profundizar su especial lucha contra el gobierno. Lo lleva aparte a Orozco, bien rodeado de la propia gente, y le comunica la mala noticia de que la Policía Federal acaba de recibir la orden de desalojarlos. ¿Pero cuándo…?, tartamudea el chamán, aturdido por la sorpresa. Ahora mismo, le responde Cortés Perenti en el idéntico tono compungido que utilizan los abogados y los médicos para comunicar las malas noticias, se están preparando para desarmar todo y trasladarlos a otro lado, ya llegaron las ambulancias, los camiones y los asistentes sociales. No puede ser, se resiste Lisandro desde la impotencia y el desánimo, no podemos irnos, otra vez no, de aquí tampoco, no podemos, somos seres humanos, ¿qué se creen?, nos tienen que escuchar. Ahí están sus cámaras de televisión, sus reporteros, todos estos trabajadores de los sindicatos, voy a hablar con ellos, es nuestra tierra desde antes que llegaran, desde siempre. Déjeme, doctor, su justicia nada tiene que ver con lo que nos pasa, yo voy a ir a contarles.

      Junto a los demás niños, aturdidos por el griterío y los tambores de tanta gente en la manifestación, Nicanor presiente cosas que no comprende. Igual que en el monte cuando se detiene el viento y se hace el silencio, y uno sabe que algo va a pasar. Ahí nomás lo ve a Tayabekel y esos hombres de la ciudad que lo quieren convencer de algo, y a Guacanic que se les acerca y abraza al cacique, y todos los demás mayores que los rodean y cuchichean, mientras el griterío a su alrededor continúa y se vuelve cada vez más ensordecedor. Pero sobre todo ese infierno de la gran ciudad que tienen como escenario de fondo, de repente es como si se hubiera partido la cuerda del kuyvike y la última nota del violín se fuera apagando en un alargado sollozo.

      Y ahí está Lisandro ahora, le bastó mostrar la credencial y darle veinte pesos al agente para que le permitiera acceder al andamio que sostiene la batería de parlantes. Justamente él, a quién catalogan de conspirador cuando plantea que hasta Bin Laden no era más que un enemigo imaginario producido por los mismos que inventaron su descenso en la Luna. Ni qué hablar cuando estableció las relaciones entre los atentados a la Amia y a la embajada de Israel con los incumplimientos de Menen después de los aportes iraníes a su campaña. O cuando aseguró que el acampe de los Qom estaba promovido por ciertos intereses indescifrables que buscaban atentar contra la credibilidad del gobierno. O al afirmar que las últimas apariciones de ovnis en Victoria y en Cachi se tratan nada más que un desvío de la opinión pública sobre otros temas. Todo ello entra en el terreno de las probabilidades, Lisandro es adicto a conjeturar. Y a él no lo iba a engañar este inusual desplazarse de un pequeño contingente de efectivos -menos de una docena- atravesando al resto de la formación, se nota un evidente accionar programado, que trata de ocultarse. Aquí no le sirven las notas, extrae el celular Nokia N 97, busca el modo cámara y alza el brazo para obtener tomas desde una perspectiva más elevada. Como no le convencen, trepa por las diagonales y los largueros hasta alcanzar los ocho o diez metros. A esa distancia está todo claro, no se había equivocado. A ver qué dirán ahora sus detractores.

      Santoro le señala una pila de ropas que se encuentra sobre el asiento lateral. Sin una palabra, Cucaracha comienza a desvestirse y luego a calzarse el uniforme de policía que resulta de su talla exacta, tal como los borceguíes y el casco. Por último, le alcanzan la pistola. Él se da cuenta de que el oficial lleva guantes para evitar dejar huellas sobre el arma, lo mismo había hecho el capitán cuando le entregó el dinero. Son las reglas del juego. La sopesa en la palma y sabe que el cargador está completo; orgulloso él, que es fanático de las armas y de sus modelos preferidos se bajó todas las fichas técnicas de Internet. Se trata de una Walther P 99 con mira laser. Revisa el accionamiento, verifica la carga y comprueba su anterior apreciación. Es una seda. Huele a metal, a aceite, a vacío, los sabores le llegan al paladar. Se imagina la cara de sus compinches cuando les cuente. Un sueño, y le aseguraron que podía quedársela. Santoro le está indicando el objetivo. Percibe la frialdad en la mano que sostiene la pistola. Es una caricia, un placer perverso ese frío liviano subiéndole por los poros y provocándole un ligero espasmo.

      Las apesadumbradas palabras del longevo salarnek la acongojan en cuanto llega a su lado para abrazarle y preguntar lo que el lenguaje gestual le ha transmitido ya mejor que las palabras. Guacanic no puede creer que otra vez vayan a echarlos como si fuesen animales apestados, ni eso, que los patrones bien cuidan mejor a su ganado o a sus cosechas porque les producen cuantiosos dividendos. Los hermanos se agrupan, no es necesario un debate, son siglos de soportar la tiranía de quienes se niegan a oírlos y reconocerlos, pocos meses van desde la decisión tomada y del largo viaje para intentar presentar su reclamo a las autoridades nacionales. A escasos metros, una nutrida y exagerada columna de uniformados con sus escudos de plástico los va encerrando. Y entonces se abrazan, forman una ancha fila y caminan hacia ellos, con expresiones apáticas y retraídas, con pasos lentos de tanto arrastrar el peso y los sinsabores de la propia historia. Lisandro Orozco en el medio, tomada de su brazo avanza orgullosa de su estirpe y muy contrita, Guacanic, mientras intenta acomodar al pequeño Nicanor que se le está enredando una vez más entre las piernas.

      Nicanor ha caído presa de un miedo atávico, como durante esas noches oscuras de mucho viento cuando se oye llorar a los duendes. Desesperado, la busca a Guacanic que camina allá delante junto a todos los mayores. La alcanza y le toma las piernas en un intento de que lo aupe y lo proteja.

      Aún permanece sobre el andamio Lisandro Stein, oscuro e sórdido periodista de Tiempo Argentino. Ahora está grabando con su celular al grupo de policías que llega por detrás y se filtran como una cuña entre los uniformados de la retaguardia. Son seis, siete exactamente, y un octavo que avanza agazapado entre todos ellos. Están pegados a los de la primera fila que portan sus altos protectores de vidrio. El octavo apoya una rodilla en el piso, los otros siete se aprietan entre sí para ocultarlo. A través de la pantalla del celular, le parece distinguir un resplandor. Hay un remolino entre los indígenas, corridas, gritos que apenas se oyen debido al ronquido de la manifestación. Los ocho se retiran rápidamente, y los ve alejarse hacia una Trafic policial estacionada casi en la esquina de Irigoyen.

      Los poli que vienen protegiéndolo le avisan a Cucaracha que llegaron al objetivo. Se encuentran detrás de los primeros escudos, a través de los cuales se perciben en forma difusa las siluetas de los que avanzan. A Cucaracha le indicaron claramente que su víctima lleva un gorro viejo con piel que sobresale. Alza el arma. Respondiendo a una maniobra premeditada, se abren apenas los dos escudos que tiene delante. Inconfundible el gorro estrafalario. Apunta al corazón, y dispara. Casi ni se sacude la pistola. Se cierran los escudos. A través de ellos alcanza a distinguir la forma borrosa de alguien que cae. Lo toman de los brazos y lo empujan fuera del cerco. Es Santoro, que con un seco movimiento de ojos le señala hacia la Trafic.

      Guacanic está preocupada por el niño, intenta alzarlo para pasárselo a alguien que lo proteja. Pero Nicanor siente una garra que le estrangula el habla y al intentar trepar por ella le hace perder el equilibrio y resbalarse hacia el cacique. Su brazo alcanza a colgarse del cuello del anciano, pero la fuerza del niño la lleva a escurrirse sobre la chaqueta de cuerina gastada que huele a humo y a campo y a lluvia y a algarrobo y es áspera y se aleja. Es lo último que piensa antes de caer al suelo frío de la gran ciudad. La sangre sobre el asfalto pasa rápidamente de roja a negra, y sigue brillando.

      Cucaracha está por llegar a la camioneta cuando lo oye gritar a Santoro, ¿qué le pasará ahora a este tipo?, seguramente ni quiere que entre a cambiarse. Se está dando vuelta para averiguar qué sucede cuando la primera bala le entra por la axila, la segunda perfora el fajo de billetes, las siguientes ya no es capaz de percibirlas.

Tayabekel, sosteniendo entre sus brazos el cuerpo aún tibio pero ya inerte, alza los ojos a este insípido cielo, tal vez buscando el vuelo de algún carau arrastrando su lamento para indicar la muerte de un anciano. Pero una neblina espesa le impide ver las estrellas. Guacanic enfriándose aquí abajo, otra Guacanic que comienza a brillar allí arriba, aunque estos malos aires le impidan divisarla.

      Ni siquiera alcanzan a pasar dos horas de estos sucesos, cuando Lisandro Stein, el periodista trepador, se retira de las oficinas del Director sin poder disimular una expresión de júbilo. Tampoco se vio obligado a exponer algún planteo. Claro que la negociación lo comprometió al silencio y a la entrega de su celular personal con todas las grabaciones, pero se llevó agendada la cita con la Producción de 6, 7, 8, junto a la promesa de que inmediatamente pasaría a integrar el staff de ese programa.

Glosario de voces indígenas:

Calac: collar
Onguaghachik: pulsera
Hateguera, Sirirí negro, Carau: aves
Tetaxañé, pioq, huarequerec: arbustos
Kuyvike: instrumento musical similar al violín
Salarnek: cacique sanador