jueves, 1 de septiembre de 2011

Septiembre

Eduarda

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Volaron las palomas

Almejilo

No me queda duda de que el hombre se molestó, y con su gesto me lo hizo sentir. Al principio no encontré una explicación razonable para que ese muchacho me hubiera recibido con una mirada tan agresiva, que resultaba casi fulminante.
Esa mañana llegué temprano al aeropuerto. Andaba sin apuros porque sabía que tenía tiempo suficiente para esperar la salida de mi vuelo, que había sido programada para las ocho. Cuando bajé del taxi, el reloj marcaba apenas las siete y diez, y estoy seguro de que no gasté más de cinco minutos en la librería donde eché un vistazo a algunas revistas, di una rápida ojeada a un libro y compré un ejemplar del periódico del día. Después, con la valija colgando del hombro y el diario doblado bajo el brazo, me encaminé a buscar una silla en la sala central del puente aéreo, con el propósito de leer un poco mientras esperaba a que llamaran para el vuelo de retorno a la ciudad de mi residencia.
Fue entonces cuando topé con esa cara de pocos amigos y, sobre todo, con la mirada impresionante que me acompañó aún después de que pasé frente a él, y hasta cuando ocupé el asiento a su lado. Pensé de manera fugaz que no había justificación para merecer una mirada tan singular. Y aunque estaba seguro de que la agresión era injusta, preferí ser indulgente e imaginar, más bien, que su actitud de molestia era una respuesta a mi clara intención de acomodarme precisamente en esa silla. De todos modos, aunque no le estuviese gustando, eso fue lo que hice. Y fue peor aún para él, porque reconozco que con algo de brusquedad arrojé mi valija sobre la mesa que hacía de división entre los modulares de esa primera fila de asientos. Y, bueno –ya estaba decidido–, a pesar de su claro disgusto, me ubiqué allí, como quise, en el lugar que había escogido. Abrí mi periódico, y, por un momento, me olvidé del muchacho.
En lo alto, al frente de nosotros, había un televisor que comenzaba a repetir en resumen las últimas noticias de la noche anterior. Por un instante bajé el periódico y miré la pantalla. Aproveché también ese segundo, para hacer de soslayo un paneo visual sobre el muchacho. Según calculé, tendría unos quince o dieciséis años. No pasaba de allí. Calzaba de tenis y llevaba un bluyín desgastado. Cubría la parte superior de su cuerpo con una chaqueta, igual de raída, que tiraba a gris, aunque no podría decir con certeza que ese fuera su color definido. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los zapatos entrelazados, uno sobre el otro, como para facilitar el movimiento nervioso que alcancé a notar en sus piernas. Era muy evidente que algo había de inquietante en relación con ese joven.
Por los pasillos de la sala de espera desfilaban sucesivas y presurosas oleadas de gentes afanadas por diligenciar su embarcamiento. Mientras tanto, haciendo lo posible por desentenderme del entorno, yo intentaba concentrar mi atención en el periódico. Soy miope y sin lentes veo bastante bien de cerca. Lo que quiero enfatizar es que no necesito gafas para leer, motivo por el cual en esa ocasión las sostenía con mi mano derecha, entrelazadas con las páginas del diario. La nota periodística que me ocupaba reseñaba detalles de un ataque guerrillero que tuvo lugar el día anterior en una remota población del sur del país…
De pronto, mi concentración en la lectura se rompió. Algo que pareció sonar justo sobre mi cabeza, como si fuera el aleteo de una gigantesca bandada de palomas levantando vuelo, atrajo instintivamente mi atención. "¿Qué pasa?", alcancé a gritar. Y entonces escuché una repetición del ruido que me había perturbado.
En ese instante, solté el periódico y me puse las gafas. A mi lado, apuntando con una pequeña metralleta, mi mal encarado vecino disparaba hacia un objetivo ubicado como a diez metros de distancia. Era un hombre bien vestido, de bigote profuso y traje azul, que ya estaba de rodillas. Fue lo que de él alcancé a distinguir. Después, cayó de bruces, pesadamente, con los brazos abiertos. Al mismo tiempo, una mujer que venía con él comenzó a gritar pidiendo ayuda y se arrojó desesperada sobre el cuerpo del herido.
—¡Rápido! ¡Rápido! ¡Ábranse!— alertó de inmediato un hombre uniformado.
Y luego agregó:
—¡Que no se escape…! ¡Deténganlo, deténganlo! ¡Disparen, si es necesario!}
Y eso fue lo que hicieron. Los disparos no se hicieron esperar. Muchos hombres corrieron. Diez o quince, no sé cuántos, se abrieron en torno del sicario y alrededor de mí; de esto me percaté al momento, en medio de un pánico súbito y creciente. Los disparos seguían sonando. Y ahora yo estaba allí, en medio de la confusión, indefenso y acorralado.
—¡Póngase el brazalete, compañero!, gritaba un hombre…
Y otro decía:
"¡En círculo, en círculo…! ¡Que no se escape! ¡No lo dejen ir!"
Mientras tanto, la gente en los pasillos corría atropellándose, asustada, buscando algún amparo a lado y lado del salón. Yo no podía hacer lo mismo porque no tenía para dónde correr. Estaba liquidado: ¡me sentía un hombre muerto!
Intimidado por el pánico, agarré mi valija y, creo que sin pensarlo, me tiré al suelo. Como pude, me arrastré buscando alguna protección bajo la misma silla en que había estado sentado. ¡Pero qué protección, por Dios! No podría haber encontrado un lugar más vulnerable, al lado de un sicario rodeado de francotiradores y pretendiendo vanamente escampar de una lluvia incesante de disparos.
Tendido en el piso, tenso, inseguro, acobardado y más pálido que un canario, escuché de pronto un repentino grito de dolor y un "hijueputazo" pluralizado que retumbó como un quejido o, tal vez, como un reclamo. El muchacho cayó frente a mí, entre el televisor y las sillas. Tenía al parecer una herida en la pierna. A ras de mi mirada, en el piso, veía yo la metralleta, y a un lado, regados por el suelo, numerosos casquillos que me parecieron enormes. Gigantescos. El pánico –quizás– hacía que los viera de ese tamaño descomunal…Y muy cerca del arma estaba mi periódico, en completo desorden.
Cuando el muchacho cayó, los escoltas corrieron a cerrar el círculo. Uno que otro seguía disparando. Las balas pegaban en el piso y silbaban. El jovenzuelo se retorcía, quejándose y aferrando sus manos en torno de la pierna herida. Un escolta, casi sobre él, descerrajó sin consideración un tiro a quemarropa. La bala le dio en el brazo izquierdo, cerca del hombro. El cuerpo brincó impresionantemente, y cayó desmadejado. El que acababa de disparar se acercó un poco más y con el pie alejó la "mini uzi". Al mismo tiempo, un enjambre de escoltas se abalanzó sobre el muchacho para inmovilizarlo. El hombre que parecía ser el comandante ordenó:
—¡Pónganle rápido las esposas y escúlquenlo…!
Solo en ese momento me di cuenta de que muy cerca, a mi izquierda, uno de esos hombres con brazalete apuntaba con su arma a mi cabeza. Cuando lo descubrí, se me heló la sangre —si es que ya no estaba helada—. Un corrientazo corrió por mi cuerpo en tanto mi cerebro luchaba por aclarar la turbia confusión. "¡Señor… señor!", grité hacia ese hombre, haciendo esfuerzos por hilvanar alguna explicación que pareciera convincente. "¡Yo no tengo nada que ver con esto!", dije. Pero todo fue inútil. El hombre no me atendió. Ni siquiera sé si fue que, en medio del barullo, no pudo escuchar.
Y en esas, sobrevino algo providencial. Un policía del servicio de vigilancia del aeropuerto, con revólver en mano, se aproximó al escolta que me apuntaba, y le preguntó si podía ayudarle. Él le respondió:
—¡Claro! ¡Hágase cargo de él! ¡Cuídelo!
De inmediato, el policía, siguiendo las instrucciones, levantó hacia mí el cañón de su arma. Yo, desesperado, aunque creo que impulsado por mi instinto de conservación, saqué otra vez fuerzas de donde no las tenía y de nuevo grité, suplicante:
—¡Agente! ¡Agente!... ¡Ayúdeme, por favor! Yo no tengo nada que ver con esto… ¡Ayúdeme!
—¿Y usted quién es?, me preguntó.
—Un pasajero… Un pasajero que nada tiene que ver con lo que está pasando aquí—, le respondí. Y levanté mi mano derecha para que viera el tiquete aéreo, que luego lancé hacia sus pies como si fuera un desesperado pasaporte de salvación. Acto seguido le mostré también mis manos abiertas para evidenciarle que yo estaba desarmado.
 El policía –conmovido o apiadado; eso es cosa que solo Dios podría saber–, estiró hacia mí su brazo derecho y ayudó para que me levantara. Él mismo me sustrajo del corazón de esa escena y me condujo hacia uno de los lados del pasillo, donde permanecía agolpada una enorme cantidad de gentes, entre asustadas y curiosas. Unas pocas de ellas salieron del tumulto a encontrarme y me recibieron conmovidas, haciendo lo posible por darme algo de tranquilidad. Alguien –no supe quién- me ofreció un vaso de agua que yo bebí de un solo sorbo.
La noche de ese día, en el reposo de mi casa, vi en el informativo de la televisión los testimonios gráficos que acompañaron el despliegue noticioso de lo ocurrido. En el piso, unas manchas de sangre. Al lado, pisoteadas y dispersas, varias hojas del que fue mi periódico. El espaldar de la silla donde estuve sentado aparecía atravesado en diagonal por tres impactos de bala.

David

Cris
—Caro, llamó la abuela ¿Podés ir al súper a hacerle las compras?
—Sí, má. Termino de acomodar los apuntes de la facultad y voy.
Carolina no sabía si juntar papeles, coraje, resignación o fastidio. Al fin la abuela Tita  era la madre de su madre; se preguntó cuándo, en qué momento se de la vida uno termina por hacer a un lado los deberes filiales o el simple placer de hacer algo por sus progenitores.
Los 96 años de Tita hacían que dependiera de un andador para desplazarse;  su lucidez mental su don de gentes, su impecable presencia, su campo cultural e iniciativas eran envidiables.
Caro tomó el 176 que la dejaba a dos cuadras del supermercado , a una de la casa de su abuela. Compró todo lo que pedía la lista y agregó por su cuenta unas masas finas, un mimo para la anciana.
 Desde la esquina cercana al chalet de Tita vino un gran auto estacionado en la casa. Modelo nuevo, marca de buena cotización en el mercado. Su abu tendría visitas…
Al llegar vio todas las luces encendidas, los cortinados apenas entreabiertos; suave música selecta armonizando los espacios, rosas de delicada fragancia en la mesa para el té, preparada para tres personas, con su mejor vajilla Limoges. Tita lucía como en sus mejores tiempos (había sido una bellísima mujer) y el  invitado, ya instalado…¡sorprendente!: de no haber sido ella profesora en Artes, su asombro no habría sido mayor al encontrar al mismísimo David de Michelángelo sentado a la mesa de su abuela.
—Pasá, pasá, Caro. Estábamos esperándote para iniciar con el té.
Colocó las masas finas en una fuente, las ubicó junto a otras delicias y tomó asiento.
Una sensación inexplicable aturdía a la joven, no podía discernir entre realidad y fantasía. Pero el hombre estaba ahí, podía oírlo, palparlo si se atreviera.
—Conocés al señor ¿verdad, querida? Ella es Carolina, mi nieta.
—El placer de saludarla y conocerla, señorita…
—De igual modo, caballero. Comprenderá sin duda usted mi incertidumbre… Pensarlo en Italia, en un museo, sobre un pedestal y que estemos aquí dialogando supera cualquier fantasía… o delirio.
Tita contemplaba complacida a los jóvenes dialogando; la sonrisa le iluminaba el rostro. Mientras tanto, con el rabillo del ojo iba registrando a los curiosos que “sin querer” miraban hacia el interior de la vivienda. Imaginaba con picaresca alegría los comentarios que correría: “¡Un hombre desnudo en casa de Tita!!... ¡Y qué musculatura, qué perfil, la piel brillosa como…ahhhh!!”
— No comprendo cómo llegó aquí-—dijo por fin Caro, con la intriga trazando surcos en su rostro, pequeñas líneas paralelas en su entrecejo y adelantando sus labios sobre su boca.
—Usted no cree en las brujas ¿verdad? Pero que las hay…las hay
—Disculpe, me parece que no estamos para sandeces. ¿Me haría el favor de ponerse de pie, en la misma postura en que se lo conoce?
— La comprendo... a medias. Usted busca una explicación racional a mi presencia en esta casa. ¿Pensó en cuántas veces su abuela me vio en el Museo y que a su edad y con su capacidad financiera bien pudo darse el lujo de sacarme “a pasear” un poquito, como lo hacen con las obras de Dalí o de otros artistas?
David irguió sus tres metros de altura, colocó la pierna izquierda en contraposto para asegurar el equilibrio; cargó la honda sobre su hombro del iguallateral, dejó caer su brazo derecho finalizado en una mano algo mayor que la proporción requerida. Sus ojos perdieron la luz, su rostro de concentró en la proximidad del ataque a Goliat. La majestuosidad del mármol de Carrara y el ideal griego de belleza se concretaron ante Carolina.
— ¡Tal cual! Detalle por detalle. No cabe ni la más mínima duda—dijo la joven con ojo de experta— Gracias. Disculpe, ¿puedo ofrecerle algo para cubrirse?
—¡Ja,jaj,jajjj! Soy David, no la Maja de Goya que visten y desvisten según pruritos de época.
—Permítame preguntarle acerca de su rictus, preparado para el ataque a Goliat… Se contradice con su voz clara, la serenidad de su trato y expresiones.
—Seamos realistas, mujer. De un gran bloque de mármol de Carrara, otros dos escultores no pudieron sacar más que desechos. Miguel Ángel  me esculpió por pedido y salí como salí. Yo no soy yo. No conocí a Goliat. Esas son historias bíblicas.
El té y las confituras iban desapareciendo de la mesa entre palabra y palabra y los curiosos fuera de la casa de Tita iban en aumento. Las mujeres miraban con poco disimulada  excitación y los hombres, sintiéndose cada vez más mínimos,  casi pigmeos.
—¡Qué situación, David! En el museo no pasará desapercibida su falta.
—No pienso volver, querida. Ya dejé la mi réplica, que estaba afuera, en mi lugar. En todo caso, nadie se molestará mucho por una réplica.
—¿Qué piensa hacer entonces de su vida?
—Hum…¿le parece que podría desarrollarme como stripper?...
La picardía en los ojos de la abuela Tita, con su gesto de satisfacción iluminando su rostro; el asombro en los de Carolina que no llegaba a conjugar la belleza griega en una acción tan mundana y el “síííí” desaforado y prolongado de las voces femeninas del exterior resolvieron la situación.

El ángel caído

por Pablo

El lugar, hasta donde alcanzaba la mirada, era desmesurado, pavoroso, irreal. Allí reinaba el fuego, las aguas malolientes y las mareas pintadas de sangre. En medio de toda esta atmósfera perturbadora se alzaba una criatura que el tiempo había ido transformando hasta convertirla en una imposibilidad de la imaginación; en un ser mítico, casi un Dios: Lucifer, que a pesar de todo el dolor y los gritos de millares de almas condenadas que se retorcían y vociferaban de dolor, parecía, en esos momentos, sentirse sólo, cansado y sin más inspiración para hacer el mal.
Se habían sucedido pocos siglos de historia humana ―aquella en la cual todavía no se vislumbraba el cristianismo―, desde que el Príncipe de las Tinieblas había sido expulsado violentamente del cielo al gran abismo. Mientras acomodaba sus ásperas alas y se daba vuelta para observar mejor su reino diabólico, recordó todo lo que alguna vez poseyó y que ―por sus actos de maldad―, había perdido irremediablemente. Fue, alguna vez, el más noble de los ángeles, el ser más resplandeciente y perfecto –El Lucero de la mañana―, ahora era todo lo contrario. Su luz se había extinguido y había sido tornada en oscuridad; su belleza, por una fealdad que aterrorizaba a sus más fieles servidores. Nunca antes desde el castigo recibido por el Señor, sintió la necesidad de un nuevo amanecer. Mantenía una desapacible sensación de vacío dentro del alma; deseaba sentirse amado por su hacedor.
Reflexionó que las criaturas espirituales más insignificantes de la creación ―los mortales―, recibían el amor de Dios en abundancia, casi sin hacer nada por merecerlo; que suerte tenían y que despreciables se hacían ante sus ojos. Recordó la ocasión en la que Dios le mostró al primer hombre: Adán, y le dijo que se inclinara ante la reciente creación. ¿Cómo puede inclinarse el Hijo de fuego ante el Hijo de barro? –respondió indignado―.
Observó a su alrededor, dentro de las aguas ardientes, a los condenados que por un deseo mundano, le habían vendido alguna vez el alma y pensó que si a él, Dios le pudiera conceder un "deseo", este sería el de volver al principio; tener una nueva oportunidad para ser Luzbel. ¿O es que por tratarse de Satán no podía ser perdonado por Dios? ¿No era el Señor todo misericordia? Meditó largamente la idea y al final se cuestionó. ¿Era acaso posible alcanzar el perdón?
Desplegó sus enormes alas y por primera vez en cientos de años, posó sus largas pezuñas por sobre un mar de cabezas sumidas en el fango, y tomando cada vez mayor impulso, alzó vuelo, ante la mirada atónita de miles de legiones demoníacas, que finalmente, le vieron hacerse un punto imperceptible camino al Cielo. Cuando llegó a las puertas del Reino Celestial pidió audiencia con Dios. Cuando Yahvé fue advertido de la visita de Satán, dejó por un momento el cielo y sus cuidados y se apresuró a descender desde su mansión y recibir al ángel caído. Una vez Lucifer sintió todo el poder y la perfección que emana del Espíritu Divino se arrojó penitente ante Dios y se arrepintió de corazón diciendo: ¡Padre, he pecado contra el Cielo y contra Ti! ¡No soy digno de ser llamado hijo tuyo! El Padre, cuya esencia era dada a la misericordia, abrazó al Hijo que muerto estaba y que había resucitado a la vida, que había sido dado por perdido y que finalmente había sido encontrado y lo vistió con las mejores prendas celestiales e invitó a los demás ángeles para que recibieran a su hermano y lo reconfortaran.
Un arcángel al ver todo lo sucedido se enojó en grado sumo. ¡Cómo era posible ―se dijo―, que el demonio, que maldijo muchas veces el nombre de Dios y había condenado a la tercera parte de los ángeles al abismo, ahora, con un sencillo retornar y arrodillarse volvía a recuperar su posición de ángel e Hijo del Señor. ¿Era esto justo, posible? ¿Y qué pasaría con toda la perversidad desperdigada por el mundo, con la ruina de los hombres y de las naciones?
Cuando Luzbel, ahora purificado por el perdón, ocupó su lugar en el Cielo y conoció el malestar que había causado con su regreso a uno de sus hermanos; hubo de reconocer que éste tenía la razón de su parte y que sólo había una forma de redimirse, de limpiar sus pecados, de salvar a aquellos que había condenado a la pobreza, la infelicidad y la muerte espiritual. En su nueva condición angelical ya no podía ejercer autoridad contra las legiones infernales que aún reinaban en las profundidades; no obstante cumpliría una misión, "esto si Dios se lo permitía" y le daba la oportunidad de bajar a la tierra, nacer como hombre, predicar la verdad divina y morir clavado en una cruz. "Y Dios lo permitió" y envió al mundo al ángel, a su hijo bien amado, al que le puso por nombre Jesús.

Llamada desde el Paraíso


Dagoberto

Para Berta desde hace algún tiempo, la vida no era tal; los días no los vivía, los sobrevivía; éstos no pasaban, ella los sufría. Desde que se enteró de su  mal, su existencia fue gris, triste, sin esperanza; muchas ocasiones, cuando la desesperanza la invadía, se imaginó que así se sentían los sentenciados, que esperan su final, en las celdas del corredor de  la muerte.
Ella padeció los últimos dos años una grave enfermedad; además de sufrir los dolores propios del mal, tuvo que soportar el sufrimiento sicológico; esto quizás fue lo más terrible: saber que la enfermedad iba minando su organismo y que de tocar algún órgano vital, podía ponerle fecha final a su existencia.
El físico de Berta daba cuenta de esos tiempos de sufrimiento; su rostro se veía atormentado, se había olvidado de reír; sus facciones adustas, de frente ceñuda y sus ojeras pronunciadas denunciaban penas y lágrimas escondidas; las profundas arrugas que surcaban su rostro parecían contar cada día de padecimiento.
Esa tarde el infortunio le dio un respiro: el médico le comunicó que la enfermedad había desaparecido de su cuerpo. Sin embargo, la paz y felicidad duró muy poco para Berta; a los tres meses, Ángel, su esposo, un cincuentenario aparentemente sano, falleció repentinamente;  un ataque al corazón lo sorprendió durmiendo. Aunque pudo llevarlo al hospital de emergencias, llegó cadáver. 

Esa misma tarde, Jimena recibió la noticia de boca de Javier, su esposo. Al enterarse se puso   más que feliz, inmensamente feliz; haría el viaje tantas veces soñado: por fin conocería Miami. Se acostó imaginándose en alguna playa de arena blanca y aguas turquesas, tendida bajo la sombra de las palmeras y bebiendo algún trago exótico. Él viajaría en viaje de negocios, Ella lo alcanzaría días después de que él se instalara. .
El lunes, ya instalado en el hotel “El Paraíso”, Javier muy entusiasmado y algo distraído, tomó el teléfono para llamar a Jimena; con la otra mano sostenía una guía de turismo y revisaba las atracciones de la Florida. Marcó el número. Una voz femenina, un poco apagada, contestó; la comunicación no era nítida, había interferencia. Sin embargo comenzó a hablar y no se detuvo un solo momento: —Amorcito ya estoy en El Paraíso, es el lugar perfecto; tiene todas las comodidades que esperaba: sauna, masajes, piscinas, gimnasio, restaurantes, salida a la playa desde las habitaciones...El administrador Pedro es muy amable; le he contado que te encanta el sauna y los masajes; ya tengo buenos amigos; para tu llegada el próximo sábado te han preparado una recepción especial…”
Al oír estas últimas palabras, Berta soltó el fono y cayó de espaldas pesadamente sobre el piso.
Luego de terminar la frase “para tu llegada el próximo sábado te han preparado una recepción especial…”, Javier preguntó: — ¿Qué te parece querida? —. Al no obtener respuesta, repitió la pregunta. Como tampoco tuvo respuesta, colgó y marcó nuevamente el número de su casa;  una voz femenina muy fresca y animada, le contestó. La comunicación era  bastante buena, la voz se sentía nítida; entonces volvió a preguntar: — ¿Amorcito qué te parece lo que te he contado del hotel? —.
—Javier, recién llamas, no me has contado nada —contestó Jimena.
—Antes de cortarse la comunicación te he dado detalles de las instalaciones del hotel y de la bienvenida que te darán cuando llegues —replicó Javier.
—Javier, recién te comunicas conmigo —insistió Jimena.
—¿Entonces con quién estuve hablando todo ese tiempo? —preguntó  Javier.
Minutos después de su caída, Berta recobró el conocimiento y se puso de pie con mucho esfuerzo; los dolores  en la cabeza y la espalda fueron desplazados por una gran perturbación.
Al levantarse, vinieron a su mente las últimas palabras de su esposo: —Nunca te olvidaré; desde el lugar donde esté, te estaré cuidando y haré todo lo posible para comunicarme contigo—.
Convencida de que esa llamada era el cumplimento de la promesa, y que eran sus últimos días de vida, Berta decidió poner todos sus asuntos en orden antes de partir: acudir a una notaría para dejarle en herencia a sus hijos las propiedades que le dejó el esposo, vender el auto y obsequiar algunos artefactos y muebles a algunas vecinas.
Sus dos hijos vivían en España; él en Barcelona y ella en Madrid; ambos con matrimonios felices e hijos pequeños. En ese aspecto, el familiar, Berta estaba tranquila. Aunque hubiera preferido ver por  última vez a sus hijos y nietos, sabiendo que no era posible, decidió llamarlos a ambos un día antes del día señalado; los llamaría el viernes en horas de la tarde.
Dejó en herencia a su hijo la casa que ocupaba, y una casita de campo, en las afueras de la ciudad, la puso a nombre de su hija; entonces vendió el auto y algunas joyas, abrió una cuenta de ahorros a nombre de la hija y depositó el dinero obtenido. Obsequió los muebles y artefactos eléctricos a las vecinas; se quedó con una refrigeradora, su cama y una mesita de noche. A la vecina más cercana le entregó dos mil dólares y le dijo: —Úselos solamente cuando la situación lo amerite—. La intención de esta entrega de dinero era que la vecina asumiera los gastos de su sepelio, si es que sus hijos no pudieran viajar a darle el último adiós.
Durante esos cinco días, lo que la intrigó más era saber cuál sería la causa de su muerte programada para ese fin de semana.
El viernes Berta llamó a sus hijos; habló largamente con cada uno de ellos; estuvo muy cariñosa y pidió hablar con sus nietos. A ambos muchachos les pareció extraña la llamada, pues ellos eran los que la llamaban todas las semanas. Por la noche, luego de revisar las fotos del álbum familiar, se acostó antes de las diez; pero no pudo conciliar el sueño, sólo dormitó ligeramente por cortos períodos. Impaciente vio como avanzaban lentamente las agujas del reloj; una sensación extraña la invadió, mezcla de alegría, porque se reuniría con su esposo, y de temor, por enfrentarse a lo desconocido. Las doce campanadas del reloj que marcaban la llegada de la medianoche la hicieron sobresaltar y bajó de la cama. Esperando la hora de la partida, inició una caminata impaciente  por el cuarto; pasaron los minutos y dieron la una de la madrugada, las dos y las tres; y así pasaron las horas del sábado y así pasó el domingo… y el lunes… y  hasta el día de hoy…Berta sigue esperando.

domingo, 28 de agosto de 2011

Cosas del destino (nueva versión)

          Pandora

Por fin había legado su hora. Paula había estado luchando con la burocracia japonesa desde hacía dos años y medio. Pero había valido la pena. El siguiente martes se embarcaría con destino a Shiroishi, Japón, para una instancia inicial de cinco días, luego volvería con los contratos para una permanencia de medio año.
Aquella noche, cuando Paula recostó su cabeza sobre la almohada, no pudo parar de recordar las infinidades de vueltas que el consulado oriental le había hecho dar por nada; sólo para repetir documentos.
―Menos mal que mi jefe es paciente, de lo contrario, ya estaría en la calle. ―pensó ella con una sonrisa cariñosa antes de cerrar los ojos.
Trabajaba con su padre desde que había terminado la carrera y su hermano, aventurero, había escapado de la responsabilidad de asumir el negocio familiar. Sí, de aquello hacía siete años. Tiempo en que ella aprovechó para estudiar idiomas. Estudió inglés, francés, alemán y japonés.
Sin embargo, su hermano acabó en Japón y allí conoció a su esposa.
Sus padres nunca habían aprobado dicho matrimonio, porque no conocían a su nuera más que por fotos, así como a sus dos nietos varones. Pero, todo era perdonable al varón, ya que el joven se había responsabilizado en ser un jefe de familia ejemplar. Y ahora que les proponía un negocio muy lucrativo, todo estaba olvidado, para consternación de Paula.
Había pedido a su hermano que le reservara hotel, visitas turísticas y todo lo que pudiera hacer en la ciudad de Shiroishi. En su agenda personal, tenía pintado en rojo el día y la hora de las entrevistas con los dos primeros clientes-proveedores, luego una larga raya diagonal y escrito en letras grandes “Diversión y Libertad”.

Así llegó el día “D”, y Paula se embarcó con destino a Japón. En el aeropuerto le esperaban el hermano acompañado de su esposa, una mujer menuda con una melena negra presa en una coleta alta y sus dos hijos, de tres y cinco años.
Después de los abrazos, besos y presentaciones, fueron al Pacific Hotel Shiroishi, donde decidieron cenar en familia.
Su cuñada estaba siempre pendiente de su marido, tanto que llegaba a ser molesto; también de sus hijos, extremadamente educados a pesar de la poca edad. Casi agradeció cuando se despidieron con la disculpa de que se levantarían temprano al día siguiente.
Paula los acompañó hasta la salida, dio un beso a cada niño, que parecían gemelos, y a su cuñada, que parecía mestiza como gran parte de las mujeres orientales. Luego subió a su habitación en la sexta planta.
Después de cerrar la puerta, respiró profundamente; sí, lo había logrado, era la subdirectora de una franquicia japonesa en Europa y estaba decidida ser la única capaz de lidiar con los japoneses. Fuesen machistas o no, era ella la única persona capaz de solucionar sus problemas en los dos continentes.
Pensando así, se dio una buena ducha y se recostó sobre la cama con los contratos en mano y quedó dormida.
Al día siguiente, como estaba previsto, su hermano la fue a buscar muy temprano. La llevó al edificio de oficinas donde, casualmente, se encontraban los dos clientes. Luego se marchó a sus quehaceres.
Paula pasó allí el día, primero esperando que le atendiesen, después explicando sus propuestas y afianzándolas con diapositivas, previsiones y carpetas llenas de números. Comió con los ejecutivos y después volvió a la carga. Ya al final de la tarde logró la firma del contrato.
Cuando salió, su hermano la esperaba.
―¿Difícil negociación, hermanita? ―le pregunto su hermano en tono burlón.
Ella soltó una exclamación entre dientes, apenas audible.
―Toshio quiere que vengas a cenar con nosotros. ―intentó el hermano una vez más iniciar una conversación.
―La verdad es que, no estoy con cuerpo para celebraciones. ¿Tienes idea de cuantas horas estuve delante de estos japoneses intentando persuadirles para que firmasen el contrato con nosotros? ―caminaba con pasos cansados delante del hermano, de repente se paró y se volvió― Nunca pensaste en nadie más que en ti mismo. No pensaste en como sería mi vida después de cinco años dedicados a estudios, pues ahora llevo siete dedicados al trabajo. Mientras tú salías por el mundo a vivir tus aventuras en cuevas orientales, yo estuve levantando todo un imperio, el cuál tú llevarás un buen pellizco cuando falten los viejos…
El hermano ya no conocía a la mujer que tenía delante, recordaba haber dejado una joven ilusionada por vivir una vida llena de aventuras como la que vivía él, su héroe.
―¿Qué te ha pasado Paula? ¿Tanto daño te he hecho con mi partida? ―fue cuanto pudo pronunciar.
Ella le dio la espalda y siguió caminando. Ya no hubo invitaciones, ni palabras de afecto, ni de cariño, hasta que el coche paró el motor delante de la portería del hotel.
El hermano iba a decir algo, pero ella se adelantó.
―Mañana no hace falta que vengas a buscarme, ya he pedido que me mandasen un taxi desde las oficinas, así podré ir a la peluquería del hotel y salir un poco más tarde de aquí. ―abrió la puerta del coche, pero antes de salir remató la faena― Agradece a Toshio por lo de la cena, pídele disculpas y da un beso a los niño. Ya te llamaré antes de volver a Europa.
Se apeó y cerró la puerta, luego desapareció en el interior del hotel, sin siquiera mirar atrás.

Al día siguiente, se levantó muy temprano, salió ya preparada al pasillo, decidida a bajar a la peluquería del hotel. En las manos llevaba una carpeta ejecutiva y unos cuantos tubos con los proyectos.
―¡Baja! ―dijo ella al ver que la puerta del ascensor se cerraba.
Por suerte, un hombre de mediana edad, con un reluciente traje azul marino, la había escuchado y había sujetado la puerta.
Ella entró, saludó a los demás miembros de la comunidad del ascensor y agradeció al hombre de traje azul, por el detalle de esperarla.
El oriental sonreía y balanceaba la cabeza para adelante y para tras, hablando un japonés muy rápido. Ella sólo pudo captar unas cuantas palabras; anoche, temblores, terremoto.
En aquel momento, el ascensor se paró en seco y quedaron a oscuras por breve momento. Luego la luz de emergencia parpadeó antes de encender.
Mientras tanto, el japonés seguía hablando y hablando. Las otras dos personas presentes en el ascensor, también comenzaron a perder la inhibición y empezaron todos a hablar a la vez.
A Paula le giraba la cabeza, se sentía mareada y con ganas de vomitar. Sentía las manos frías y a la vez le acaloraba la ropa. De repente, alguien le tocó el hombro, lo que le hizo sobresaltar.
―¿Estás bien? ―era el japonés de mediana edad.
―No, no estoy bien. No me gusta estar encerrada. ―comentó ella.
Miró su alrededor y pudo comprobar que a parte del oriental de traje, estaban la mujer que se alojaba en la última habitación de su pasillo; la había visto en la noche anterior con un acompañante, y un joven de unos veinte o veintiuno años, con apariencia de ser un gigoló.
Fue la mujer quien dijo, con un acento francés, que todo iría bien.
La vista de Paula ahora estaba borrosa. Los nervios le jugaban una mala pasada. Sintió una mano suave limpiarle la frente con un pañuelo.
―¿Qué ha pasado? ―preguntó con dificultad de respirar.
Fue la mujer con acento francés quien contestó.
―Sólo es un terremoto, querida, aquí esto es frecuente. Estamos siempre en movimien…
Antes que pudiera terminar la frase, otra sacudida. De esta vez, más fuerte que la anterior. Se podía sentir al ascensor tocar las paredes laterales de su habitáculo.
Luego hubo un aflojo automático de cables y el ascensor descendió por lo menos un piso y volvió a parar bruscamente, lanzando a todos al suelo.
Paula en un ataque de nervios, comenzó a gritar que la sacasen de allí. Fue el oriental de mediana edad, quien se arrodilló a su lado.
―No hay por qué preocuparse, vendrán en seguida. ―le dijo.
No, no era lo bastante para Paula que, no había vivido su vida, ni la viviría, porque estaba allí, encerrada. No tenía amigos, ni un novio. Sólo tenía a un padre cegado por el dinero, una madre cegada por su hijo varón, y un hermano que en el día anterior había maltratado. ―¿Quién me va a llorar? ―pensó Paula para si misma y su desesperación fue en rápido crecimiento. Parecía que el destino le quería penalizar por su vida mal vivida. ―Dos años y medio de lucha para venir a Japón y ahora que estoy aquí, aquí moriré.
Se incorporó y comenzó a golpear la puerta de acero revestida de madera, implorando que la abriesen y la dejasen salir.
El oriental de mediana edad intentó sujetarla, pero ella se soltó y lo abofeteó.
―No me toques. ―le advirtió con el dedo pegado en la nariz.
Luego fusiló a los demás con un fuego latente en la mirada. Silencio. Todo era silencio.
Volvió a golpear la puerta con más insistencia.
Ya agotada, Paula se dejó caer en el suelo del ascensor. No sabía cuanto tiempo había pasado, pero se sentía agotada.
De repente, alguien abrió una pequeña brecha en la puerta y el aire, aunque cargado, penetró fresco en el cubículo. Era el personal del hotel y el hermano.
―¿Paula, estás bien? ―preguntó el hermano.
―No, necesito salir. ―fue su respuesta en forma de un leve susurro.
Lograron abrir la puerta del ascensor con mucha dificultad. El japonés de mediana edad y el joven gigoló sacaron a Paula, casi desvanecida. La otra mujer, la del acento francés, salió cargando las pertenencias de la joven ejecutiva.
Otro temblor.
De esta vez el hermano no paró a pensar. La cogió en brazos y la llevó a su coche. Mientras tanto, Paula recuperaba la conciencia poco a poco.
―Nos vamos de aquí. ―dijo el hermano cuando arrancó el motor.
―¿Qué haces? Tengo una entrevista. ―dijo ella, pero se calló al mirar su alrededor.
En los escasos quince minutos que Paula había estado encerrada en el ascensor, se había desatado todo un desastre en Japón. Bocas de incendio reventadas, coches chocados, personas gritando. Todo era caos, era sufrimiento, era dolor.
Sí, era cosa del destino. Estar en el lugar equivocado en el momento exacto. Todo parecía el principio del fin, o el principio de un nuevo principio.
El hermano logró salir de Shiroishi antes del punto culminante de la furia de la naturaleza. Se refugiaron en Shibata, en casa del hermano. Allí vivieron todos los episodios de furia natural, uno tras otro, sucesivos y peores. También un tsunami y la radiación de la central. Todo un país arruinado.
Siete días después del ocurrido, lograron embarcar todos; Paula, el hermano y su familia, con destino a Europa.
―Será un buen lugar para crear a los niños; cerca de sus abuelos. ―decía el hermano a modo de disculpa.
Paula logró escapar del desastre que abrazó a Japón gracias a su hermano que, persistente, la fue a buscar aquella mañana.