miércoles, 8 de agosto de 2012

Las parcas de la suerte


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por Pandora

Ejercicio: La señora Wakefield

por Mirta


Elizabeth se mira al espejo. Su aspecto ha cambiado en los últimos años.
Tal vez si se pusiera algún vestido estampado, o si se cortara el larguísimo cabello atado con descuido sobre la nuca, o si se lo tiñera como lo hace su vecina de la esquina…
Vuelve a mirarse con más detenimiento: sus manos, de uñas cortas y sin pintura, su rostro pálido con varias arrugas surcando la frente, la cintura pequeña que se adivina debajo del camisón gris…tan gris como sus días…como el otoño…como su rabia y su tristeza.
Hace un mes que comenzó a mirarse cada noche al espejo. Entrecerrando los ojos para adivinar una piel tersa, unas manos rosadas, jóvenes, activas. Algunas veces se probaba vestidos, aquél tan entallado que volvía loco de celos a don Wakefield, incluso el vaporoso vestido de novia con el velo blanco salpicado de brillitos, o el abrigo rojo que le regalara su esposo en el primer aniversario de casados.
Siempre se mira en silencio, cuando ya nadie deambula por la casa, cuando se da permiso para imaginar que es feliz, que nada ha cambiado, que la vida se desliza sin altibajos como en aquellos primeros diez años de casados.
Ya no se pregunta por el señor Wakefield. Ni siquiera sufre su ausencia. Simplemente trata de encontrar esos últimos veinte años que ha perdido buscando una respuesta al abandono. Porque ella sabe que fue un abandono. Presiente que  está en algún lado burlándose de su desconcierto, riéndose de aquella absurda parálisis en la que quedo su vida, regosijándose con ese plato vacío en la cabecera de la mesa durante cada cena,o de la poltrona junto a la chimenea con sus pantuflas sobre el lado derecho y el periódico esperando ser leído sobre la mesa baja de la izquierda.
Pero ahora, a veinte años de la despedida ya no lo espera; sabe que no es viuda como la llaman sus amigas y ha decidido tirar los grises al cesto del olvido y llevar a Elizabeth al sol. Planea cada noche su ingreso a la vida, con algunas arrugas en el alma y en la piel, pero con el deseo pleno de beberse el viento, las lluvias, los soles de su Londres natal.
Son las doce de la noche, el espejo la mira alejarse sonriendo.
Abajo, un crujido acompaña la puerta que se abre y las botas oscuras del señor Wakefield regresan dispuestas a borrar los sueños de Elizabeth.

martes, 31 de julio de 2012

Ejercicio: La señora Wakefield


por Lidiymdp
        
       Ella sabe que estuvo mal, que gritó, que se puso fuera de sí. Pero es que cuando él le dijo que tendría que ausentarse durante una semana por cuestiones de negocios, no pudo sino reaccionar. No le gustaba quedarse sola. Estaba acostumbrada a compartir la cena, y el cognac junto al fuego de la chimenea, tomados de la mano.
         Recapacitó: era tonto enojarse por tan corta separación. Después de todo, era una vez al año, y se lo dijo.
         El, callado como siempre, salió de la casa con su pequeña maleta.
        Ahora, sentada en el sillón del living, mientras teje un centro de mesa amarillo al crochet, se siente más tranquila. Pasaron por esta discusión muchas veces. Cada mediados de diciembre. Y como antes, él regresaría después de siete días, se iban a abrazar, se besarían y todo iba a volver a la normalidad. Siempre había sido así.
         Ella sigue tejiendo. Penélope, la llama él, cuando al entrar la ve así, sentada con las piernas recogidas sobre el sillón, el fuego del hogar encendido, y esa cara de culposa tristeza con la que le expresa su arrepentimiento por haberle levantado la voz.
         Piensa que él salió sólo con el traje de sarga fino de verano; que ahora está haciendo frío y llueve. Por la ventana ve cómo vuelan a raudales las hojas otoñales de los árboles. Imagina que su marido se va a mojar y vendrá empapado. Cuando entre le preparará un té caliente y una rica cena y todo se dará por terminado.
         Mira a su alrededor y le parece que ya está tardando demasiado: las cortinas, la alfombra, los almohadones, el mantel, la funda del sofá, un tapiz, sus medias, los asientos de las sillas… todo tejido en crochet amarillo.
         Wakefield entra después de veinte años y le besa el pelo canoso.
         —Querido, qué rápido se pasó la semana. Casi ni me di cuenta. Todavía me falta terminar el almohadón… ¿Cómo te fue?