martes, 31 de julio de 2012

Ejercicio: La señora Wakefield


por Lidiymdp
        
       Ella sabe que estuvo mal, que gritó, que se puso fuera de sí. Pero es que cuando él le dijo que tendría que ausentarse durante una semana por cuestiones de negocios, no pudo sino reaccionar. No le gustaba quedarse sola. Estaba acostumbrada a compartir la cena, y el cognac junto al fuego de la chimenea, tomados de la mano.
         Recapacitó: era tonto enojarse por tan corta separación. Después de todo, era una vez al año, y se lo dijo.
         El, callado como siempre, salió de la casa con su pequeña maleta.
        Ahora, sentada en el sillón del living, mientras teje un centro de mesa amarillo al crochet, se siente más tranquila. Pasaron por esta discusión muchas veces. Cada mediados de diciembre. Y como antes, él regresaría después de siete días, se iban a abrazar, se besarían y todo iba a volver a la normalidad. Siempre había sido así.
         Ella sigue tejiendo. Penélope, la llama él, cuando al entrar la ve así, sentada con las piernas recogidas sobre el sillón, el fuego del hogar encendido, y esa cara de culposa tristeza con la que le expresa su arrepentimiento por haberle levantado la voz.
         Piensa que él salió sólo con el traje de sarga fino de verano; que ahora está haciendo frío y llueve. Por la ventana ve cómo vuelan a raudales las hojas otoñales de los árboles. Imagina que su marido se va a mojar y vendrá empapado. Cuando entre le preparará un té caliente y una rica cena y todo se dará por terminado.
         Mira a su alrededor y le parece que ya está tardando demasiado: las cortinas, la alfombra, los almohadones, el mantel, la funda del sofá, un tapiz, sus medias, los asientos de las sillas… todo tejido en crochet amarillo.
         Wakefield entra después de veinte años y le besa el pelo canoso.
         —Querido, qué rápido se pasó la semana. Casi ni me di cuenta. Todavía me falta terminar el almohadón… ¿Cómo te fue?

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