Belisa Bartra
La gota resbaló por su labio inferior e inició un lento recorrido por su barbilla hasta dejar una impertinente mancha rojiza en su camisa antes inmaculada. Dailh la observa incrédulo, en un descuido se había mordido. En realidad era inevitable dadas las circunstancias. Palpó su dentadura y constató lo que ya había empezado a sospechar: algunos dientes le crecían cada noche unos milímetros. La anterior había sido especialmente productiva, puesto que ya no podía esconder los colmillos superiores tras sus labios.
La rabia le invadía, necesitaba volver a la normalidad. Cerró los párpados con fuerza e intentó concentrarse en buscar una solución adecuada. Escuchó los pasos de su madre que se acercaban a la puerta del dormitorio y a continuación el golpeteo en la puerta. Irritado, respondió con un escueto: «estoy ocupado». En ese momento recordó la lima eléctrica de su madre, esa con la que se arreglaba las uñas y que giraba como un taladro.
Escondió la boca detrás de una mano y abrió la puerta con cautela. Se aseguró de que el pasillo estuviese vacío y caminó silencioso los metros que le separaban del cuarto de su madre. Una vez dentro revolvió todo hasta encontrar la lima en un cajón del armario. Enchufó el aparatito al tomacorriente del tocador y lo encendió. Se preguntó si dolería. Por un momento se entretuvo considerando la posibilidad de aceptar su nueva dentadura, y por ende su condición y evitarse así la molestia de aquella absurda castración, pero la sonrisa que observaba desde el espejo le convenció de que la decisión era correcta.
El dolor del primer contacto le puso los pelos de punta. Dailh desenchufó de un tirón la lima y la arrojó al suelo con rabia. Alcanzó la puerta en dos zancadas y comenzó a recorrer la casa, rápido como un cazador, husmeando por los rincones, buscando a su madre.
Cuando la descubrió en la cocina, su mirada horrorizada le indicó que era consciente de su nueva naturaleza, observó su miedo plasmado en las pupilas encogidas y encontró embriagadora la sensación de poder. Un olor irresistible en el ambiente le sacudió y reconoció en él la atracción de la sangre. Sin poder evitarlo manchó su camisa nuevamente.
domingo, 21 de febrero de 2010
Lluis
Belisa Bartra
Él está sentado frente al ordenador, observa la pantalla con frustración evidente. Hace ya más de una hora que busca un programa de simulador de vuelo por toda la casa. El clima caliente, húmedo no le ayuda a tranquilizarse. Lluís retira la mirada del monitor y gira suavemente la cabeza hacia el estante con libros que tiene a un lado, lo hace muy lentamente, como si el cd que busca estuviese escondiéndose de él y de esa manera sigilosa él consiguiese atraparle. Pero no está, a pesar de la minuciosa búsqueda, no lo encuentra.
Cierra los ojos y comienza a sentir el calor, es una sensación que envuelve su cuerpo lánguidamente. Puede sentir la humedad como poco a poco le envuelve, incluso diríase que le está presionando, cada vez más, apretándose contra Lluís. Una enorme gota de sudor resbala de su frente, baja por su nariz y cae al suelo. Él abre los ojos y mira la gota. Es grande, podría ser el océano para un país de microbios, de hecho, seguramente en la caída han muerto varios.
Ha muerto un país de microbios, un país lleno de seres vivos, latentes, han muerto porque él ha cerrado los ojos y se ha concentrado en su sensación de calor. Ahora Lluís piensa que su cuerpo empapado en calor es un gran planeta de microbios, y que probablemente, con este infernal clima morirán todos.
Genocidio. He cometido genocidio, piensa mientras recibe el impacto fresco y delicioso de la ducha. Probablemente miles de microfamilias han muerto sólo porque he tenido el deseo de ducharme, es sólo un deseo, incluso frívolo, si tomamos en cuenta el hecho terrible de que miles de seres vivos, que familias enteras han muerto, justo ahora.
Mientras restriega la esponja enjabonada por su cuerpo, no puede evitar escuchar lamentos y lloros, gritos desgarradores de madres desesperadas, huérfanos berreantes, la esponja barre pueblos enteros, el jabón envenena a los pocos sobrevivientes... nadie ha quedado vivo.
Lluís comienza ha deslizar con violencia la áspera esponja enjabonada contra su piel, que empieza a enrojecer rápidamente. Los he matado, les he asesinado...
- ¡Lluís! - se escucha una voz lejana, acolchada, que viene de lejos.
- ... - Lentamente comienza el hombre a abrir los ojos, el agua templada corre por su piel herida, por su planeta erosionado, baja la vista lentamente, recobrando el control del universo para observar un mar rojo que envuelve sus pies. - Yo...
- Lluís... ¿estás bien? ¿Con quién hablas? - increpa la voz, esta vez más cercana y menos acolchada, con un cierto matiz de alarma – Coño!! Responde, ¿estás bien?
- Si... eh... ¿qué quieres? - y agrega con tono malhumorado - ¿qué no ves que me estoy duchando? Con este desgraciado clima no estoy tranquilo ni en la puta ducha.
- Nada... bueno, es que encontré tu simulador de vuelo, estaba en tu mesita de noche.
Las lágrimas se deslizan por su cara, y al aterrizar en el resto de su geografía lastimada siente un escozor de felicidad. Ha nacido un nuevo mundo.
Él está sentado frente al ordenador, observa la pantalla con frustración evidente. Hace ya más de una hora que busca un programa de simulador de vuelo por toda la casa. El clima caliente, húmedo no le ayuda a tranquilizarse. Lluís retira la mirada del monitor y gira suavemente la cabeza hacia el estante con libros que tiene a un lado, lo hace muy lentamente, como si el cd que busca estuviese escondiéndose de él y de esa manera sigilosa él consiguiese atraparle. Pero no está, a pesar de la minuciosa búsqueda, no lo encuentra.
Cierra los ojos y comienza a sentir el calor, es una sensación que envuelve su cuerpo lánguidamente. Puede sentir la humedad como poco a poco le envuelve, incluso diríase que le está presionando, cada vez más, apretándose contra Lluís. Una enorme gota de sudor resbala de su frente, baja por su nariz y cae al suelo. Él abre los ojos y mira la gota. Es grande, podría ser el océano para un país de microbios, de hecho, seguramente en la caída han muerto varios.
Ha muerto un país de microbios, un país lleno de seres vivos, latentes, han muerto porque él ha cerrado los ojos y se ha concentrado en su sensación de calor. Ahora Lluís piensa que su cuerpo empapado en calor es un gran planeta de microbios, y que probablemente, con este infernal clima morirán todos.
Genocidio. He cometido genocidio, piensa mientras recibe el impacto fresco y delicioso de la ducha. Probablemente miles de microfamilias han muerto sólo porque he tenido el deseo de ducharme, es sólo un deseo, incluso frívolo, si tomamos en cuenta el hecho terrible de que miles de seres vivos, que familias enteras han muerto, justo ahora.
Mientras restriega la esponja enjabonada por su cuerpo, no puede evitar escuchar lamentos y lloros, gritos desgarradores de madres desesperadas, huérfanos berreantes, la esponja barre pueblos enteros, el jabón envenena a los pocos sobrevivientes... nadie ha quedado vivo.
Lluís comienza ha deslizar con violencia la áspera esponja enjabonada contra su piel, que empieza a enrojecer rápidamente. Los he matado, les he asesinado...
- ¡Lluís! - se escucha una voz lejana, acolchada, que viene de lejos.
- ... - Lentamente comienza el hombre a abrir los ojos, el agua templada corre por su piel herida, por su planeta erosionado, baja la vista lentamente, recobrando el control del universo para observar un mar rojo que envuelve sus pies. - Yo...
- Lluís... ¿estás bien? ¿Con quién hablas? - increpa la voz, esta vez más cercana y menos acolchada, con un cierto matiz de alarma – Coño!! Responde, ¿estás bien?
- Si... eh... ¿qué quieres? - y agrega con tono malhumorado - ¿qué no ves que me estoy duchando? Con este desgraciado clima no estoy tranquilo ni en la puta ducha.
- Nada... bueno, es que encontré tu simulador de vuelo, estaba en tu mesita de noche.
Las lágrimas se deslizan por su cara, y al aterrizar en el resto de su geografía lastimada siente un escozor de felicidad. Ha nacido un nuevo mundo.
lunes, 1 de febrero de 2010
Boletus
Rocío
Nueve cincuenta de la noche en el Hipercor. La voz en off de una señorita avisó del cierre inminente mientras yo corría desquiciado por los pasillos.
─Setas, por favor –le dije sin resuello a una clienta que encontré en uno de los pocos pasillos no desiertos-. ¿Sabe dónde están las setas deshidratadas?
Con un gesto indicó mi derecha. Me dirigí allí y comencé a revisar una a una todas las estanterías. El efluvio de un perfume femenino anunció la entrada de una mujer en ese mismo pasillo y no pude evitar contemplarla con curiosidad.
Era una chica joven, de melena oscura, no especialmente bonita. Iba caminando al tiempo que repasaba cada producto con aire dubitativo. Cuando llegó a mi altura, pude aspirar con plenitud el aroma frutal que emanaba de su cuerpo. Era delicioso. La vi ponerse de puntillas para alcanzar un bote de cristal y, galante, adelanté mi mano para ofrecérselo.
─ ¡Que suerte! Era el último –sonrió ella, mientras me enseñaba la etiqueta. Se me hizo un nudo en la garganta. Era un tarro de 200 gramos de boletus edulis deshidratadas. Las mismas que Laura me había enviado a buscar con urgencia.
─Qué casualidad –intenté no parecer demasiado ansioso-. Yo buscaba ésas mismas.
─Oh.
Me miró con sus grandes ojos oscuros y me pareció que valoraba si aquél no sería un torpe intento por mi parte de ligar con ella.
─Mi novia está preparando un risotto de setas –me apresuré a añadir-. He corrido como un loco para que no me cerraran el hiper.
Entonces sonrió divertida y supe que aquello iba a arreglarse. Con un gesto mecánico despejó hacia atrás su cabello y me llegó una nueva vaharada de su perfume. Me encontré aspirándolo como si fuera oxígeno.
─Supongo que podemos compartirlas. Pero antes habrá que pagarlas –dijo con sorna, dirigiéndose a la caja. Le seguí sin rechistar pero ella rechazó los ocho euros por la mitad del tarro.
─Ah, no. Invito a esta parte del risotto de setas.
Una vez fuera del Hipercor, hechas ya las presentaciones (soy Nacho, yo Rebeca), se negó a darme mi parte vaciándola en una bolsa. En su piso tenía muchos tarros de cristal y podía ofrecerme uno a medida.
Durante el camino a pie no pude evitar la pregunta:
─Rebeca, ¿qué perfume usas?
─¿Te gusta?
─Creo que sí.
─¿Crees? ¿No estás seguro?
─Es que…
No sabía muy bien cómo explicar que Laura me había desacostumbrado a los olores intensos. Le parecía chabacano que mi presencia se anunciase con una fuerte colonia y no había parado hasta conseguir una marca que me perfumase con discreción. En cuanto a la propia Laura, sólo podía aspirar su aroma si pegaba, literalmente, la nariz a su cuello.
Por fortuna, Rebeca no aguardó mi respuesta y llegamos a su apartamento, que también fue un asalto a la pituitaria. Nada más entrar, nos envolvió el intenso olor del búcaro de flores en la entrada y, en la cocina, los fruteros y las bandejas de verduras aportaron la guinda al festín olfativo.
Mientras Rebeca iba seleccionando botes, me encontré haciendo una comparativa con la aséptica cocina de Laura, donde todos los alimentos estaban herméticamente conservados en táper, sellados al vacío o habían sido adquiridos en su versión liofilizada o deshidratada.
─¿Por qué has comprado los boletus deshidratados?
Rebeca se detuvo un instante en su búsqueda y giró para enfrentar mis ojos.
─Bueno, se conservan durante más tiempo y tienen un sabor más intenso cuando los rehidratas.
─Entonces, ¿no lo haces para que no huelan?
─¿Perdón?
─Olvídalo.
Dos minutos más tarde estaba en la calle, con mi ración de boletus edulis. Comprobé la hora: eran las diez y veinte. Laura debía estar histérica. Contemplé el tarro en mi mano y, ya a salvo de la mirada de Rebeca, lo olisqueé; no fuese a ser que antes hubiese conservado pepinillos en vinagre y mi novia se enfadara por la mezcla de olores.
No, no olía a pepinillos. Olía a ella, a Rebeca. Su perfume acariciaba el tarro que había manipulado y, caí en la cuenta, también a mí. Acerqué la manga de mi abrigo a la nariz y tuve que rendirme a la evidencia. Ése era el aroma de Rebeca, mezcla de flores y frutas.
─Y ahora, ¿qué hago? –me lamenté en voz alta.
Marqué un número de móvil.
─Cariño, no he encontrado los boletus. Se llevaron el último tarro que quedaba delante de mis narices. Lo siento. Oye, otra cosa. No me encuentro bien. Estoy un poco mareado, debe ser por la carrera. Tranquila, seguro que después de echarme un rato se me pasa. Mañana hablamos. Sí, que no pasa nada. Mañana te veo.
Colgué y seguí caminando. En la primera papelera del camino dejé caer el tarro de boletus. Ahora empezaba a entender por qué Laura tenía tanto miedo a los perfumes poderosos.
Nueve cincuenta de la noche en el Hipercor. La voz en off de una señorita avisó del cierre inminente mientras yo corría desquiciado por los pasillos.
─Setas, por favor –le dije sin resuello a una clienta que encontré en uno de los pocos pasillos no desiertos-. ¿Sabe dónde están las setas deshidratadas?
Con un gesto indicó mi derecha. Me dirigí allí y comencé a revisar una a una todas las estanterías. El efluvio de un perfume femenino anunció la entrada de una mujer en ese mismo pasillo y no pude evitar contemplarla con curiosidad.
Era una chica joven, de melena oscura, no especialmente bonita. Iba caminando al tiempo que repasaba cada producto con aire dubitativo. Cuando llegó a mi altura, pude aspirar con plenitud el aroma frutal que emanaba de su cuerpo. Era delicioso. La vi ponerse de puntillas para alcanzar un bote de cristal y, galante, adelanté mi mano para ofrecérselo.
─ ¡Que suerte! Era el último –sonrió ella, mientras me enseñaba la etiqueta. Se me hizo un nudo en la garganta. Era un tarro de 200 gramos de boletus edulis deshidratadas. Las mismas que Laura me había enviado a buscar con urgencia.
─Qué casualidad –intenté no parecer demasiado ansioso-. Yo buscaba ésas mismas.
─Oh.
Me miró con sus grandes ojos oscuros y me pareció que valoraba si aquél no sería un torpe intento por mi parte de ligar con ella.
─Mi novia está preparando un risotto de setas –me apresuré a añadir-. He corrido como un loco para que no me cerraran el hiper.
Entonces sonrió divertida y supe que aquello iba a arreglarse. Con un gesto mecánico despejó hacia atrás su cabello y me llegó una nueva vaharada de su perfume. Me encontré aspirándolo como si fuera oxígeno.
─Supongo que podemos compartirlas. Pero antes habrá que pagarlas –dijo con sorna, dirigiéndose a la caja. Le seguí sin rechistar pero ella rechazó los ocho euros por la mitad del tarro.
─Ah, no. Invito a esta parte del risotto de setas.
Una vez fuera del Hipercor, hechas ya las presentaciones (soy Nacho, yo Rebeca), se negó a darme mi parte vaciándola en una bolsa. En su piso tenía muchos tarros de cristal y podía ofrecerme uno a medida.
Durante el camino a pie no pude evitar la pregunta:
─Rebeca, ¿qué perfume usas?
─¿Te gusta?
─Creo que sí.
─¿Crees? ¿No estás seguro?
─Es que…
No sabía muy bien cómo explicar que Laura me había desacostumbrado a los olores intensos. Le parecía chabacano que mi presencia se anunciase con una fuerte colonia y no había parado hasta conseguir una marca que me perfumase con discreción. En cuanto a la propia Laura, sólo podía aspirar su aroma si pegaba, literalmente, la nariz a su cuello.
Por fortuna, Rebeca no aguardó mi respuesta y llegamos a su apartamento, que también fue un asalto a la pituitaria. Nada más entrar, nos envolvió el intenso olor del búcaro de flores en la entrada y, en la cocina, los fruteros y las bandejas de verduras aportaron la guinda al festín olfativo.
Mientras Rebeca iba seleccionando botes, me encontré haciendo una comparativa con la aséptica cocina de Laura, donde todos los alimentos estaban herméticamente conservados en táper, sellados al vacío o habían sido adquiridos en su versión liofilizada o deshidratada.
─¿Por qué has comprado los boletus deshidratados?
Rebeca se detuvo un instante en su búsqueda y giró para enfrentar mis ojos.
─Bueno, se conservan durante más tiempo y tienen un sabor más intenso cuando los rehidratas.
─Entonces, ¿no lo haces para que no huelan?
─¿Perdón?
─Olvídalo.
Dos minutos más tarde estaba en la calle, con mi ración de boletus edulis. Comprobé la hora: eran las diez y veinte. Laura debía estar histérica. Contemplé el tarro en mi mano y, ya a salvo de la mirada de Rebeca, lo olisqueé; no fuese a ser que antes hubiese conservado pepinillos en vinagre y mi novia se enfadara por la mezcla de olores.
No, no olía a pepinillos. Olía a ella, a Rebeca. Su perfume acariciaba el tarro que había manipulado y, caí en la cuenta, también a mí. Acerqué la manga de mi abrigo a la nariz y tuve que rendirme a la evidencia. Ése era el aroma de Rebeca, mezcla de flores y frutas.
─Y ahora, ¿qué hago? –me lamenté en voz alta.
Marqué un número de móvil.
─Cariño, no he encontrado los boletus. Se llevaron el último tarro que quedaba delante de mis narices. Lo siento. Oye, otra cosa. No me encuentro bien. Estoy un poco mareado, debe ser por la carrera. Tranquila, seguro que después de echarme un rato se me pasa. Mañana hablamos. Sí, que no pasa nada. Mañana te veo.
Colgué y seguí caminando. En la primera papelera del camino dejé caer el tarro de boletus. Ahora empezaba a entender por qué Laura tenía tanto miedo a los perfumes poderosos.
viernes, 1 de enero de 2010
Naturaleza muerta
Rocío
Rosas devoradas por hormigas. Margaritas llorando lágrimas negras. Tulipanes atacados por escorpiones.
Uno a uno, la profesora le fue mostrando los dibujos a la mujer que se encontraba sentada frente a ella, en su despacho.
—Señora Dávalos…
—Marta, por favor –interrumpió con suavidad su interlocutora—. Llámeme sólo Marta.
—Marta, la he hecho venir porque Pablo me preocupa.
La madre dejó de observar los dibujos para enfrentar la mirada de la profesora.
—¿En qué sentido le preocupa mi hijo?
La otra se rebulló en el asiento.
—Usted ha visto lo que Pablo dibuja. Es monstruoso, totalmente impropio de un niño de diez años.
Se detuvo un instante y prosiguió, con un tono más suave:
—Pablo tiene talento para dibujar, de eso no hay duda. Ha debido heredarlo de usted, por lo que me cuenta. Señora Da.., quiero decir, Marta, ¿usted qué pinta?
—Naturalezas muertas.
La profesora animó el rostro.
—Usted mejor que nadie puede encauzar la afición de su hijo. Sinceramente, no sé de dónde saca esas visiones de pesadilla. No hay nada parecido en la televisión, lo sé porque tengo una hija de su edad.
La madre de Pablo había vuelto a tomar los dibujos en sus manos y los contemplaba pensativa.
—¿Puedo llevármelos?
—Supongo. Sí, lléveselos, por favor.
Al ver que hacía ademán de levantarse, la detuvo con un gesto.
—Sólo una cosa más, Marta.
La madre se sentó nuevamente y sus ojos grises volvieron a clavarse en la profesora.
—Es un poco violento para mí hacerle esta sugerencia, pero pienso en el bien de Pablo. Yo… estoy al corriente de lo que sucedió con su marido, Marta. Me preguntaba si Pablo llegó a ir a la consulta de un psicólogo.
—No.
La profesora se revolvió en el asiento, carraspeó y dijo:
—Quizá podría ser una buena idea. Todo ese talento desperdiciado… Sí, creo que podría ayudarle.
—¿Alguna cosa más?
La madre de Pablo ya se había levantado sin aguardar respuesta y la profesora no la retuvo.
—Puede irse, Marta. Le agradezco que haya venido. Por favor, piense en lo que le he dicho.
En casa olía a aguarrás. Pablo debía haber estado limpiando los pinceles sin abrir las ventanas. Marta atravesó el zaguán.
—Pablo, he llegado.
El niño apareció en el pasillo, el pelo zanahoria completamente alborotado, la cara pecosa enrojecida.
—¡Ya era hora! No encuentro la llave del estudio.
—La tengo en el bolso. Mira lo que traigo.
Marta le entregó a Pablo los tres dibujos que le había requisado la profesora.
—¿Te los dio “La Pelos”?
—Pablo, no llames así a tu tutora. Sí, acabo de estar con ella.
Se dirigió a la cocina y Pablo la siguió.
—¿Qué te dijo?
Marta dejó el abrigo y el bolso sobre una silla y se puso el delantal que colgaba de un gancho de la espetera. Seleccionó unos pepinos del cajón de verduras del frigorífico, tomó un cuchillo y empezó a trocearlos sobre la mesa.
—Dijo que tenías talento.
—¿En serio?
Las rodajas de pepino eran finas como láminas. Pablo sacó un plato y empezó a colocarlas dentro, formando el dibujo de una flor.
—Pero me temo que no le gustan mucho los temas que eliges. Dice que deberías probar con las naturalezas muertas.
—¿Naturalezas muertas?
La madre se detuvo un instante y alzó la vista.
—Sí, ya sabes. Bodegones, mesas donde aparecen pepinos, piezas de caza, una jarra de agua, flores.
Pablo dejó de colocar las rodajas y se limpió las manos en el pantalón.
—Dame la llave, mamá. No pude entrar esta tarde al estudio, y he tenido que ponerme a limpiar pinceles.
—¿Te gustaría hablar?
—¿De qué?
Retomó el cuchillo y troceó cuatro rodajas más antes de proseguir.
—Podrías hablar con alguien que no fuera yo, ¿sabes? Hablarle de tus dibujos, del colegio, de mí, de tu padre.
La última palabra fue un susurro.
—Por favor, mamá, déjame la llave. Prometo que no tocaré nada. Quiero ver el último cuadro. ¡Por favor!
Marta se limpió los dedos en el delantal, y luego se lo quitó.
—¿Has oído lo que te he dicho?
—Sí, mamá. ¡La llave!
—Iré contigo. Eres capaz de arrancar la tela de un tirón.
La madre abrió el bolso que descansaba en la silla, buscó en su interior, y sacó la llave. Luego cruzó la cocina, acompañada de los saltos de Pablo, avanzó por el pasillo y se detuvo al llegar a la habitación del fondo.
Al abrir la puerta les llegó un fuerte olor a pintura y aguarrás. Las ventanas estaban opacadas, pero aún dejaban pasar suficiente claridad como para distinguir los bultos rectangulares apoyados contra la pared y el caballete en el centro, cubierto con una sábana blanca.
Pablo la retiró con impaciencia y luego retrocedió para observar el cuadro desde lejos.
—¿Qué flores son ésas, mamá?
—Moradas, son lilas.
—Hay unas tijeras en la mesa.
—Sí.
—¿Manchadas de sangre y llenas de moscas?
—Sí.
Pablo se acercó de nuevo, inspeccionó los detalles y volvió junto a su madre, que contemplaba el cuadro sin variar el gesto.
—Mamá, no voy a pintar naturalezas muertas. Me gustan mucho más tus cuadros, ¿sabes?
—Pero hijo –replicó Marta, mientras le guiaba fuera del estudio y cerraba de nuevo la puerta con llave—. No hay tanta diferencia, ¿sabes?
Y mientras se alejaba por el pasillo de regreso a la cocina, repitió:
—No hay tanta diferencia.
Rosas devoradas por hormigas. Margaritas llorando lágrimas negras. Tulipanes atacados por escorpiones.
Uno a uno, la profesora le fue mostrando los dibujos a la mujer que se encontraba sentada frente a ella, en su despacho.
—Señora Dávalos…
—Marta, por favor –interrumpió con suavidad su interlocutora—. Llámeme sólo Marta.
—Marta, la he hecho venir porque Pablo me preocupa.
La madre dejó de observar los dibujos para enfrentar la mirada de la profesora.
—¿En qué sentido le preocupa mi hijo?
La otra se rebulló en el asiento.
—Usted ha visto lo que Pablo dibuja. Es monstruoso, totalmente impropio de un niño de diez años.
Se detuvo un instante y prosiguió, con un tono más suave:
—Pablo tiene talento para dibujar, de eso no hay duda. Ha debido heredarlo de usted, por lo que me cuenta. Señora Da.., quiero decir, Marta, ¿usted qué pinta?
—Naturalezas muertas.
La profesora animó el rostro.
—Usted mejor que nadie puede encauzar la afición de su hijo. Sinceramente, no sé de dónde saca esas visiones de pesadilla. No hay nada parecido en la televisión, lo sé porque tengo una hija de su edad.
La madre de Pablo había vuelto a tomar los dibujos en sus manos y los contemplaba pensativa.
—¿Puedo llevármelos?
—Supongo. Sí, lléveselos, por favor.
Al ver que hacía ademán de levantarse, la detuvo con un gesto.
—Sólo una cosa más, Marta.
La madre se sentó nuevamente y sus ojos grises volvieron a clavarse en la profesora.
—Es un poco violento para mí hacerle esta sugerencia, pero pienso en el bien de Pablo. Yo… estoy al corriente de lo que sucedió con su marido, Marta. Me preguntaba si Pablo llegó a ir a la consulta de un psicólogo.
—No.
La profesora se revolvió en el asiento, carraspeó y dijo:
—Quizá podría ser una buena idea. Todo ese talento desperdiciado… Sí, creo que podría ayudarle.
—¿Alguna cosa más?
La madre de Pablo ya se había levantado sin aguardar respuesta y la profesora no la retuvo.
—Puede irse, Marta. Le agradezco que haya venido. Por favor, piense en lo que le he dicho.
En casa olía a aguarrás. Pablo debía haber estado limpiando los pinceles sin abrir las ventanas. Marta atravesó el zaguán.
—Pablo, he llegado.
El niño apareció en el pasillo, el pelo zanahoria completamente alborotado, la cara pecosa enrojecida.
—¡Ya era hora! No encuentro la llave del estudio.
—La tengo en el bolso. Mira lo que traigo.
Marta le entregó a Pablo los tres dibujos que le había requisado la profesora.
—¿Te los dio “La Pelos”?
—Pablo, no llames así a tu tutora. Sí, acabo de estar con ella.
Se dirigió a la cocina y Pablo la siguió.
—¿Qué te dijo?
Marta dejó el abrigo y el bolso sobre una silla y se puso el delantal que colgaba de un gancho de la espetera. Seleccionó unos pepinos del cajón de verduras del frigorífico, tomó un cuchillo y empezó a trocearlos sobre la mesa.
—Dijo que tenías talento.
—¿En serio?
Las rodajas de pepino eran finas como láminas. Pablo sacó un plato y empezó a colocarlas dentro, formando el dibujo de una flor.
—Pero me temo que no le gustan mucho los temas que eliges. Dice que deberías probar con las naturalezas muertas.
—¿Naturalezas muertas?
La madre se detuvo un instante y alzó la vista.
—Sí, ya sabes. Bodegones, mesas donde aparecen pepinos, piezas de caza, una jarra de agua, flores.
Pablo dejó de colocar las rodajas y se limpió las manos en el pantalón.
—Dame la llave, mamá. No pude entrar esta tarde al estudio, y he tenido que ponerme a limpiar pinceles.
—¿Te gustaría hablar?
—¿De qué?
Retomó el cuchillo y troceó cuatro rodajas más antes de proseguir.
—Podrías hablar con alguien que no fuera yo, ¿sabes? Hablarle de tus dibujos, del colegio, de mí, de tu padre.
La última palabra fue un susurro.
—Por favor, mamá, déjame la llave. Prometo que no tocaré nada. Quiero ver el último cuadro. ¡Por favor!
Marta se limpió los dedos en el delantal, y luego se lo quitó.
—¿Has oído lo que te he dicho?
—Sí, mamá. ¡La llave!
—Iré contigo. Eres capaz de arrancar la tela de un tirón.
La madre abrió el bolso que descansaba en la silla, buscó en su interior, y sacó la llave. Luego cruzó la cocina, acompañada de los saltos de Pablo, avanzó por el pasillo y se detuvo al llegar a la habitación del fondo.
Al abrir la puerta les llegó un fuerte olor a pintura y aguarrás. Las ventanas estaban opacadas, pero aún dejaban pasar suficiente claridad como para distinguir los bultos rectangulares apoyados contra la pared y el caballete en el centro, cubierto con una sábana blanca.
Pablo la retiró con impaciencia y luego retrocedió para observar el cuadro desde lejos.
—¿Qué flores son ésas, mamá?
—Moradas, son lilas.
—Hay unas tijeras en la mesa.
—Sí.
—¿Manchadas de sangre y llenas de moscas?
—Sí.
Pablo se acercó de nuevo, inspeccionó los detalles y volvió junto a su madre, que contemplaba el cuadro sin variar el gesto.
—Mamá, no voy a pintar naturalezas muertas. Me gustan mucho más tus cuadros, ¿sabes?
—Pero hijo –replicó Marta, mientras le guiaba fuera del estudio y cerraba de nuevo la puerta con llave—. No hay tanta diferencia, ¿sabes?
Y mientras se alejaba por el pasillo de regreso a la cocina, repitió:
—No hay tanta diferencia.
sábado, 19 de diciembre de 2009
La sombra de Babel (ejercicio sobre "La sombra", de Poe
Mirta Leis
Diciembre se refleja en el rostro de los transeúntes. Los niños llenan las calles con sus risas acompañando las canciones navideñas que brotan de cada una de las vidrieras. Un ramillete intermitente impregna todo con brillantes colores y los árboles de las plazas se ponen el traje de luces para imitar a las estrellas. El mundo se apresta a cambiar de milenio y las más variadas formas de esperar su arribo se suceden en todas partes.
En la zona vieja de la ciudad de Ptolemáis, un grupo de amigos se reúne en un noble palacio. Los siete se sientan silenciosos en torno a una mesa de ébano de gruesas patas torneadas. Candelabros encendidos, cortinas de pana, poltronas sobre un piso de mayólicas y algún cuadro de dudoso estilo adornan la sala. A un costado del salón, Zoilo, el más joven de todos, yace en un lujoso ataúd, sobre una alfombra púrpura, justo debajo del acceso. La única puerta del lugar, es de bronce fundido, fue construida hace tiempo por Corinnos, el artesano.
El silencio es uno más de los participantes de aquella singular reunión. Los oscuros cortinados impiden el paso de las luces de la calle. La música, el destello de colores, la luna y las estrellas tampoco han sido invitados, en su lugar penden negras colgaduras desde el techo, que dibujan un escenario barroco y tétrico a la vez.
Oínos, el dueño de casa, y sus amigos beben el rojo vino de Chíos, y entre cada sorbo sienten sobre sí el peso de los tiempos de peste y de miseria plagados de señales.
El milenio toca a su fin, y tal vez, cada uno de ellos deba rendir cuentas de su paso por la vida, tal como seguramente lo hace Zoilo en este mismo momento.
La penumbra pesa sobre sus cabezas tanto como sus pensamientos. Los rostros preocupados se reflejan en el brillo del ébano donde se apoyan las copas del elixir de uvas.
Afuera, el bullicio evoca miles de festejos, adentro del salón, en cambio, el silencio reina y la atmósfera es pesada e indescifrable. El Mal palpita y se teme, la ansiedad y la angustia compiten como oscuros designios, que se presienten , escondidos, en aquella vigilia de cuerpos laxos y agudizados sentidos. El imperio del vino se opaca en el reinado absoluto del miedo.
De pronto, aquellos colgajos parecen pesar sobre cada una de las cabezas de los amigos, y la palidez de sus rostros asustados se refleja insidiosa en el brillo de la mesa.
Nadie dice palabra, todos sienten el miedo del otro. Entonces, con la locura y la histeria en dominio, lanzan una interminable seguidilla de canciones y de risas cual vano intento de alejar el Mal que les acecha.
Desde su ataúd, Zoilo parece acompañarlos con aquella expresión indefinida que denota en sus facciones demacradas por la peste. Oínos cree por un momento que los ojos del muerto están fijos en él, y huye del miedo canturreando a viva voz las canciones del hijo de Teos.
El cansancio que vence al guerrero fue acabando con las voces de los amigos, que poco a poco fueron entonando melodías inaudibles, mientras el vino, rojo como la sangre, se secaba en las copas.
Fue entonces cuando la vieron.
Parecía escurrirse lentamente hacia abajo cubriéndolo todo con su enorme presencia.
Ella, majestuosa e impertérrita, descendió de entre los colgajos oscuros del techo y se posó justamente, delante de la puerta, frente al ataúd de Zoilo.
Fue tomando forma casi humana, pero densa y oscura, terrible e indescifrable. No era un hombre ni un Dios, no era nada conocido, pero estaba allí, imponiéndose, aterrándolos.
— ¿Cuál es tu nombre?, ¿Dónde está tu morada?— pregunta Oínos, y ella, cadenciosa le responde: — Me llamo Sombra y las catacumbas de Ptolemais , que bordean el impuro canal de Caronte , son mi morada.
Y se queda allí, divertida al verlos levantarse acuciados por el terror. Los ojos de los siete amigos se abren desmesurados y se tiñen de rojo, el sonido de sus corazones retumba en el salón y el sudor se hiela en sus pálidas pieles.
Advierten que la sombra no tiene una sola voz, sino todas las voces de sus muertos. En su figura ven, como en un tétrico film, a su amigo, su madre, sus hermanos, con sus voces y su pasado, con sus miserias y sus miedos, con el horror y el sarcasmo…ellos comprenden por fin, que su hora ha llegado.
Diciembre se refleja en el rostro de los transeúntes. Los niños llenan las calles con sus risas acompañando las canciones navideñas que brotan de cada una de las vidrieras. Un ramillete intermitente impregna todo con brillantes colores y los árboles de las plazas se ponen el traje de luces para imitar a las estrellas. El mundo se apresta a cambiar de milenio y las más variadas formas de esperar su arribo se suceden en todas partes.
En la zona vieja de la ciudad de Ptolemáis, un grupo de amigos se reúne en un noble palacio. Los siete se sientan silenciosos en torno a una mesa de ébano de gruesas patas torneadas. Candelabros encendidos, cortinas de pana, poltronas sobre un piso de mayólicas y algún cuadro de dudoso estilo adornan la sala. A un costado del salón, Zoilo, el más joven de todos, yace en un lujoso ataúd, sobre una alfombra púrpura, justo debajo del acceso. La única puerta del lugar, es de bronce fundido, fue construida hace tiempo por Corinnos, el artesano.
El silencio es uno más de los participantes de aquella singular reunión. Los oscuros cortinados impiden el paso de las luces de la calle. La música, el destello de colores, la luna y las estrellas tampoco han sido invitados, en su lugar penden negras colgaduras desde el techo, que dibujan un escenario barroco y tétrico a la vez.
Oínos, el dueño de casa, y sus amigos beben el rojo vino de Chíos, y entre cada sorbo sienten sobre sí el peso de los tiempos de peste y de miseria plagados de señales.
El milenio toca a su fin, y tal vez, cada uno de ellos deba rendir cuentas de su paso por la vida, tal como seguramente lo hace Zoilo en este mismo momento.
La penumbra pesa sobre sus cabezas tanto como sus pensamientos. Los rostros preocupados se reflejan en el brillo del ébano donde se apoyan las copas del elixir de uvas.
Afuera, el bullicio evoca miles de festejos, adentro del salón, en cambio, el silencio reina y la atmósfera es pesada e indescifrable. El Mal palpita y se teme, la ansiedad y la angustia compiten como oscuros designios, que se presienten , escondidos, en aquella vigilia de cuerpos laxos y agudizados sentidos. El imperio del vino se opaca en el reinado absoluto del miedo.
De pronto, aquellos colgajos parecen pesar sobre cada una de las cabezas de los amigos, y la palidez de sus rostros asustados se refleja insidiosa en el brillo de la mesa.
Nadie dice palabra, todos sienten el miedo del otro. Entonces, con la locura y la histeria en dominio, lanzan una interminable seguidilla de canciones y de risas cual vano intento de alejar el Mal que les acecha.
Desde su ataúd, Zoilo parece acompañarlos con aquella expresión indefinida que denota en sus facciones demacradas por la peste. Oínos cree por un momento que los ojos del muerto están fijos en él, y huye del miedo canturreando a viva voz las canciones del hijo de Teos.
El cansancio que vence al guerrero fue acabando con las voces de los amigos, que poco a poco fueron entonando melodías inaudibles, mientras el vino, rojo como la sangre, se secaba en las copas.
Fue entonces cuando la vieron.
Parecía escurrirse lentamente hacia abajo cubriéndolo todo con su enorme presencia.
Ella, majestuosa e impertérrita, descendió de entre los colgajos oscuros del techo y se posó justamente, delante de la puerta, frente al ataúd de Zoilo.
Fue tomando forma casi humana, pero densa y oscura, terrible e indescifrable. No era un hombre ni un Dios, no era nada conocido, pero estaba allí, imponiéndose, aterrándolos.
— ¿Cuál es tu nombre?, ¿Dónde está tu morada?— pregunta Oínos, y ella, cadenciosa le responde: — Me llamo Sombra y las catacumbas de Ptolemais , que bordean el impuro canal de Caronte , son mi morada.
Y se queda allí, divertida al verlos levantarse acuciados por el terror. Los ojos de los siete amigos se abren desmesurados y se tiñen de rojo, el sonido de sus corazones retumba en el salón y el sudor se hiela en sus pálidas pieles.
Advierten que la sombra no tiene una sola voz, sino todas las voces de sus muertos. En su figura ven, como en un tétrico film, a su amigo, su madre, sus hermanos, con sus voces y su pasado, con sus miserias y sus miedos, con el horror y el sarcasmo…ellos comprenden por fin, que su hora ha llegado.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Un cuento de Poe como modelo para desarmar
Sombra
Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.
El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.
En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.
Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»
Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.
Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.
El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.
En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.
Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»
Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.
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